sábado, 2 de octubre de 2010

+ 02-10-10 + Reencuentro

Después de días esperando para partir, fue ayer cuando me puse en marcha. Con mis heridas más que cicatrizadas y con prácticamente toda la movilidad de mi brazo, ya estaba dispuesto para volver a la 'Iglesia'. De buena mañana, hablé con Andrés y le dije que había llegado la hora de mi partida. Él no tardó en ayudarme en los preparativos. Lo primero que hizo fue, junto a su tía, apartar víveres y agua para aprovisionarme en mi viaje. Yo les dije que no hacía falta que me dieran muchos víveres, que el viaje no era muy largo, pero que si les sobraba bastante agua, que me llenaran todas las botellas que pudiese cargar. Así lo hicieron. Me llenaron tres botellas de litro y medio y varias pequeñas. De comida me dieron varios botes de conserva de alubias y lentejas y varios trozos de embutido. Luego, Andrés me llevó al almacén de armas y comenzó a llenarme cajas con munición. Acto seguido, me dijo "Creo que será mejor que dejes aquí tu viejo rifle y aceptes este regalo. Tómalo en agradecimiento por todo lo que has hecho por nosotros y por las molestias que has sufrido. Se que no es mucho, pero te puede sacar de un apuro que tu viejo rifle Benelli quizás no resuelva". Entonces me hizo entrega del Dragunov que empuñe el día del asalto al campamento chabolero. La verdad, tenía razón. Este rifle era mucho mejor y superior en todos los aspectos que mi otro rifle. Le agradecí el regalo no sin antes intentar rechazarlo por educación. Andrés insistió, alegando que tenían muchos más de los que iban a necesitar. Ya había terminado prácticamente mi petate cuando le dije a Andrés que tenía que hacer algo antes de marcharme. Quería visitar la tumba de Eusebio y su hijo. Quería despedirme. Se que no los conocí tanto como para tener un estrecho lazo de afecto, pero sentía en mi interior que debía despedirme antes de marchar. Aunque solo fuera por agradecimiento a su hospitalidad. Desde que todo empezó, no he encontrado a mucha gente que me haya abierto las puertas de su casa sin intentar degollarme después. Andrés, con una mirada que expresaba agradecimiento, me contestó que por supuesto que me llevaría. Y así lo hizo. Cuando terminé de preparar mis pertenencias, Andrés me condujo por los pasillos del refugio hasta una de las salidas de este. Andamos por un pequeño huerto hasta llegar a las tumbas. Ante dos bultos de tierra removida, se alzaban dos cruces de madera con una pequeña chapa del mismo material en el que ponía el nombre y apellidos de ambos. Permanecí frente a estas, en silencio. Andrés tampoco pronunció ni una palabra. Después de unos minutos de silencio, en el que solo se escuchaba ulular al viento, busque a mi alrededor. Miré el suelo, de aquí allá, hasta que encontré lo que buscaba. En este mar de tierra donde no había ni siquiera arbustos, encontré un par de amapolas que crecían juntas y solitarias. Las arranqué y puse una en cada tumba. Luego dije a Andrés "Me hubiera gustado haberles dejado un ramo o una corona de flores, pero ya entiendes...". Él me contestó algo que apenas escuché. En ese momento, estaban pasando miles de cosas por mi cabeza. Por unos instantes, pensé que con mucha probabilidad, yo jamás tendré un entierro. Que Eusebio y Manuel eran afortunados, ya que yo, cualquier día muero en un cruce de caminos lleno de merodeadores y mi funeral se verá reducido a vagar como un podrido más. Eso era algo que hasta la fecha no había comenzado a atormentarme y ahora me doy cuenta de lo horrible y triste que debe de ser.

Cuando volvimos al refugio, cargué el petate a mi espalda y en el hombro el rifle. El refugio estaba desierto y Andrés me acompaño hacía la otra salida. Mientras andaba por el estrecho pasillo camino de la salida, iba pensando que me habría gustado despedirme de la mujer de Eusebio y de todos los demás. Mi sorpresa fue que, al salir del refugio, esperándome en el exterior estaban todos, incluidos los niños. Estaban allí para darme la despedida. No pude evitar que se me saltaran las lágrimas. La mujer de Eusebio se me acercó y me dio un fuerte abrazo, el cual respondí. Cuando se separó, sacó de su delantal un bulto de tela, el cual empezó a abrir. Era un bonito y gran machete, de empuñadura de hueso de animal, reluciente hoja y funda de cuero. Me lo entregó, diciendo "Era de Eusebio. Siempre lo llevaba con él y le tenía un gran cariño. Se que él, allá donde este, estará contento que seas tú quién lo lleves a partir de ahora. Llevatelo como una recompensa a toda la ayuda que nos has prestado". Intente no aceptarlo, pero me insistió "Por favor, acéptalo o me enfadaré. Yo tengo todas las demás pertenencias de Eusebio y esto te hará más falta a ti que a mi". No pude seguir rechazándolo y lo acepté. Lo até a mi cinturón. Después, con lágrimas en los ojos, se me acercó la mujer más anciana, la suegra de Eusebio. Esta me dio dos besos y me dijo "Cuídate, hijo". La mujer del difunto Manuel me miró y me dijo adiós tímidamente con la mano. Su rostro no había variado ni un ápice desde que se había enterado de la noticia de que su esposo había muerto. Andrés dijo a los niños "Chicos, ¿que se dice?". Los niños dejaron de juguetear y me dijeron "¡Adiós, Erik!". El más pequeño me sacó la lengua en símbolo de burla. Entonces pronuncié unas palabras antes de partir. Fueron breves y concisas: "Gracias por todo a vosotros. Nunca os podré agradecer suficiente lo que habéis hecho por mi. Es algo difícil de encontrar en los tiempos que corren. Cuidaros mucho, por favor. Espero que algún día nos volvamos a ver, y espero que ese día haya acabado todo esto. Adiós". Andrés de me acercó y me abrazó, mientras decía "Suerte, hermano. Y cuídate mucho. Aquí tienes las llaves de tu nuevo coche. Lo tienes en el borde de aquél camino. Hasta la próxima". Con las llaves en la mano, los ojos empapados de lágrimas y sin girar la cabeza hacía atrás, caminé en dirección al vehículo. Había transitado más de la mitad del camino, cuando escuché unos gritos a mi espalda. Me giré rápidamente y vi a alguien correr hacía mi. En un primer momento, me costó reconocer de quién se trataba, pero no tardé en distinguir que era la hija de Andrés, la niña de la insulina. Esta corría hacía mi mientras gritaba mi nombre. No entendí que ocurría hasta que llegó a mi altura y se lanzó a mis brazos, abrazándome. Yo me agaché y la abracé también. Me dijo "¿Por qué te vas? ¡No te vayas, porfa! Quédate con nosotros". Yo, impresionado por esta situación que no esperaba, le expliqué a la niña "Lo siento, pero no puedo. Me gustaría mucho quedarme con vosotros, pero debo de irme. Hay alguien esperándome no muy lejos de aquí y tengo que ir junto a esa persona. No te enfades, ya veras como algún día vuelvo a visitaros, ¿vale?". La niña me miró a los ojos y me puso algo en la mano mientras dijo "Cuídalo mucho, porfa" y me dio un beso en la mejilla. Después, salió corriendo de vuelta al refugio. Miré lo que me había dado. Era un pequeño osito de peluche desgastado y con remiendos. No pude evitar sonreír y mirar como la niña se alejaba corriendo. Los demás seguían en la puerta del refugio y yo les alcé el brazo diciéndoles adiós. Ellos me devolvieron el gesto. Guarde el osito en la mochila y seguí mi camino hacía el coche. Este era un todo-terreno azul. Me subí y emprendí mi camino sin parar de pensar en la niña y el regalo que me había hecho.

La noche me sorprendió a pocos kilómetros de mi destino. Aunque en mi camino no encontré a muchos merodeadores, decidí pasar la noche en el coche y esperar a que amaneciera para seguir mi camino. Fue una medida de seguridad para no tener sorpresas inesperadas en plena noche. Aparqué en el arcén y no tardé en dormirme. No se que hora era exactamente, creo que las 23:30, cuando me desperté sobresaltado. Una potente luz cegadora me deslumbraba. Me sentí desubicado y desenfundé mi pistola del pantalón, pero la puerta del vehículo se abrió y una mano me sacó al exterior, derribandome en el suelo. Ante mi se erguía un individuo que no podía ver bien por culpa de la luz. Este le dio una patada a mi pistola, alejándola. Cubriendo la luz con mis manos, pude ver algo mejor al individuo. Este llevaba un rifle con el que me estaba apuntando. Su cabeza estaba cubierta por un casco y su rostro por una máscara antigas. Llevaba un uniforme... ¡del ejército español! Este, con voz grave, dijo "No intentes nada o dispararé. Ponte de pie muy lentamente". Obedecí y apareció otro individuo más, que sin dejar de apuntarme se dirigió a mi coche y comenzó a rebuscar entre mis pertenencias. El primero dijo"Quién eres, de donde vienes y a donde vas". Contesté una verdad a medias: "Me llamo Erik y solo busco un lugar seguro y alimentos, nada más". Contestó "Sí, claro, y has permanecido todo este tiempo vagando. ¿Pretendes que nos creamos eso? Eres un saqueador, ¿verdad? Pon las manos sobre el capó del coche y no te muevas". No contesté y puse las manos sobre el coche. Mientras me cacheaba y quitaba el machete, comencé a pensar una historia más convincente. No sabía quienes eran, si realmente eran militares o no, por lo tanto, no iba a descubrir la ubicación de Belén y los demás ni la del refugio de Andrés. Mientras me cacheaba, pregunté "¿Y quienes sois vosotros y que queréis exactamente?". Su contestación fue esperanzadora "Somos soldados del ejercito de resistencia, campeón". El individuo que husmeaba mi coche salió diciendo "Solo lleva un rifle, todo lo demás, objetos sin importancia. No parece saqueador. José, agacha un poco el foco, que nos deslumbras". Ese tal José era un tercero que no había visto. Bajo el foco y entonces pude ver con más claridad a mis captores. Subido en un jeep militar y dirigiendo el foco, estaba el tercer individuo. Los tres llevaban atuendo militar. El que me había cacheado dijo "Mira, te vamos a dar la última oportunidad. Si nos cuentas la verdad de quién eres, te dejaremos marchar. Si nos mientes otra vez, te vamos a juzgar como saqueador y/o maleante, y eso esta penalizado con la muerte, así que te daremos un tiro en la cabeza en el borde de la carretera para que te coman los perros salvajes hasta que te reanimes. Tú decides". Parecían militares de verdad, así que decidí contarles la verdad. Comencé desde mi marcha de la Iglesia para buscar a Iván, pasando por mi estancia en el refugio, hasta el día de hoy. Los supuestos militares se miraron entre ellos y uno se pronunció: "Cuentas una historia bastante convincente y te vamos a creer. La verdad, no hemos encontrado nada en tu coche que te incrimine como saqueador o maleante, así que puedes estar tranquilo. A todo esto... ¿Como son esos individuos de ese tal Skull Korps?". Les di una descripción bastante detallada y se miraron entre ellos. Entonces, mientras dejaba sobre el capó del coche el machete y algunas pertenencias mías, dijo "Tenemos constancia de esos individuos. Llevamos un tiempo siguiendo sus pasos para conocer que traman. Se mueven por Tarragona y alrededores. También se han dejado ver por Salou y el parque de atracciones PortAventura. Cuando lleguemos a Reus informaremos a nuestros superiores de que son peligrosos y tomaremos medidas". Aproveché para preguntarles sobre Iván, les di una descripción detallada y les pregunté si lo habían visto. La respuesta fue negativa: "No. Al menos, no tenemos constancia sobre la persona que nos describes. De todas formas, nosotros no hemos realizado el seguimiento a ese grupo. Solo he leído los informes y por ello estamos al tanto. Aunque no lo creas, son muchos los grupos de individuos que merodean por los alrededores de Reus. Muchos de ellos merodean y se marchan, por lo tanto, los ignoramos. Pero los que intentan interferir en la paz de la ciudad o aquellos que tenemos constancia de que realizan actos delictivos, de esos tenemos orden de encargarnos y acabar con ellos. Daremos informe de lo que nos has relatado y si el superior da el visto bueno, una unidad se encargara de esos tipos". Asombrado por la organización que parece haber en Reus, les pedí que me informaran sobre la situación de la ciudad. Me contestaron sin ponerme trabas. "¿La situación? Hmm... Pues como siempre. Hace unos días que las tareas de limpieza y desinfección del perímetro oeste terminaron y ya ha sido habilitado para nuevos evacuados, pero el ensanchamiento de la ciudad continua. Las tareas de reparación de la valla norte siguen en proceso, la limpieza semanal de infectados en las vallas se han tenido que posponer... No sé que más quieres saber, esta todo prácticamente como siempre". Le hablé de nuestra intención de llegar a Reus y entrar a formar parte de la comunidad, a lo que me respondió "Claro que podéis. Pero la cosa no es tan simple. Si bien esta ciudad fue establecida para la evacuación de civiles, no todos pueden entrar. Eso ya lo conoceréis cuando lleguéis, pero tranquilos, son unos requisitos muy básicos y no tenéis nada que temer. Te informo que para llegar a Reus desde esta zona, solo es posible hacerlo desde la carretera de Tarragona. Alguien se entretuvo volando todos los accesos que llevan a la ciudad desde esta zona". La teoría que barajó Eusebio de que pudieron ser los militares de Reus los que volaron las carreteras que llevan a la ciudad se descarta después de esta revelación. Pero entonces, ¿quién puede haber hecho esto? Sigo sin entenderlo. Que clase de intereses pueden haber creados para realizar esto. Después de esto, los militares me explicaron que se encontraban por esa zona ya que venían de cierta misión de reconocimiento de la cual se negaron a darme más detalles. Me sorprendió que no se quitaran las máscaras antigas en ningún momento de la conversación. ¿Por qué llevaban estas? ¿Era un método para evitar el contagio de lo que coño sea que transforma a las personas en muertos andantes? Ni idea. Tampoco tuve tiempo de preguntárselo, ya que no tardaron en marcharse al poco de recibir un mensaje por los walkies. Diciéndome un "Nos tenemos que marchar. Ten cuidado, esta zona no es segura. Y esperamos que tú y los tuyos lleguéis sin problemas a Reus" se subieron al vehículo y se marcharon en la oscuridad. Ya solo y pensando en todo lo que me habían hablado, me metí al coche hasta que conseguí dormirme. Esto no me fue fácil.

Me desperté con las primeras luces del alba. Los cantos de los pájaros resonaban por todas partes y esto me trajo viejos recuerdos. Recuerdos de un pasado no muy lejano en el que se podía vivir más o menos tranquilo. Hacia tiempo que no me percataba de pequeños detalles como este. Arranqué el vehículo y me puse en marcha. Tardé tan solo un par de horas en llegar a mi destino. 'La iglesia del fin de los tiempos'. Conforme me iba acercando al vehículo, dentro de mi crecían las ansias de volver a abrazar a Belén. La zona esta tal cual la había dejado hace unos meses, sin ningún cambio significativo. Nada más llegar al aparcamiento del edificio, aparqué justo en frente de la puerta del edificio y paré el motor. Un par de personas que estaban en la puerta se me quedaron mirando y no tardaron en meterse en el edificio, cuchicheando. Cargué todas mis pertenencias y salí del coche prácticamente corriendo. Debía encontrar a Belén cuanto antes. Entré al edificio y ande rápidamente por los pasillos camino a la habitación. De repente, ha aparecido Esther, vestida con la estúpida túnica. Esta, al verme, ha reaccionado de manera que no podía haber imaginado. Mientras exclamaba mi nombre, a comenzado a correr hacía mi. Le iba a preguntar por Belén, pero no me ha dado tiempo, ya que ha dicho "¡Has vuelto! ¡No me lo puedo creer! ¡Tengo que hablar contigo sobre un asunto! Y ya de paso, quiero pedirte disculpas por todo lo ocurrido entre nosotros...". He tenido que interrumpirla, preguntándole sobre Belén. Ella me me ha contestado que se encontraba en la habitación. Sin perder tiempo, he dejado atrás a Esther y me he dirigido a la habitación. A mis espaldas escuchaba a Esther decir que luego la buscase sin falta. Cuando he llegado a la puerta de la habitación, he cogido el pomo y antes de girarlo, he respirado hondo. Belén iba a sufrir un shock en cuanto me viera. Conté hasta tres y giré el pomo, abriendo la puerta. La habitación estaba iluminada. Al fondo de esta, sentada en la cama, estaba Belén. Ella levantó la mirada y se quedó petrificada al verme. Parecía que estaba viendo a un fantasma. Entonces, de un salto se ha puesto en pie y ha exclamado "¡Dios mio! ¡Erik!". Corriendo hacia mi, se ha lanzado a mis brazos. Se ha puesto a llorar desconsoladamente, diciendo "Pensaba que estabas muerto... Lo pensaba... Dios... Había perdido toda esperanza...". Abrazándola fuerte le he dicho que ya estaba de vuelta, que no tenía que preocuparse por nada. Belén me ha mirado a los ojos y me ha soltado una bofetada. Sabía que lo haría. Entonces me ha dicho "No lo vuelvas a hacer. Jamás me vuelvas a abandonar. Por nada en el mundo" y me ha besado en los labios. Todo lo que ha ocurrido después, el reencuentro en más profundidad y demás, no se puede contar y queda entre Belén y yo, ya me entendéis... jeje.

Tumbados en la cama, le he relatado todo mi periplo. Desde mi estancia en la casa de los ancianos pasando por el refugio. Cada palabra mía era escuchada por Belén con mucha atención. Cuando he llegado a la parte de Reus, Belén se ha quedado muda. No daba crédito. Me pidió que se lo repitiera y así lo he hecho. Entonces, ha dicho "Es la mejor noticia que me has podido dar, cariño. La mejor. ¿Sabes lo que significa eso? ¡Que aun hay esperanzas de dejar todo esto atrás! Podemos construir una nueva vida...". Verla de nuevo con esa alegría ha sido una nueva inyección de ánimo. Hemos estado un buen rato hablando sobre ello y entonces le pregunté como había transcurrido todo en mi ausencia y si había vuelto Iván. La respuesta fue un mazazo. "Las cosas han transcurrido con normalidad, dentro de lo que cabe. La buena noticia es que desde que te marchaste, no han habido más ataques de merodeadores. Pero Iván... no ha vuelto. Y si me dices que no lo has encontrado, creo que los dos ya sabemos que quiere decir esto. No te tortures, Erik, has hecho lo que has podido. Más de lo que deberías. Ahora tenemos otro problema...". He mirado a Belén, temiendo lo peor. "...hace unos días que Eduardo salió a buscarte". El mundo se me ha caído a los pies al oír esto. "Me encontraba muy mal desde tu partida. Y con el paso del tiempo, al ver que no aparecías, fui a peor. Eduardo cuido mucho de mi, hizo todo lo posible para que no lo estuviera pasando tan mal. No paró de darme ánimos, diciéndome que seguro que estabas vivo, que solo habías sufrido un contratiempo y nada más... Todos me ayudaron, pero Eduardo fue el que más. Él tambien se sentía muy mal por tu ausencia y decidió salir a buscarte, igual que tú habías hecho por Iván. Yo le dí el visto bueno y le pedí por favor que te encontrara. Ahora que se que tenía razón y me siento tan culpable de haberle permitido marchar...". No he podido decir nada al respecto. Yo hice exactamente lo mismo. Ahora me siento terriblemente mal por todo lo que ha desencadenado el haberme marchado. Hice todo esto por encontrar a Iván, misión en la que he fracasado, y solo he conseguido que ahora sean dos amigos los que están desaparecidos. Se que Eduardo sabe cuidar muy bien de si mismo y se que no le va a ocurrir nada, pero no sé. Iván también sabe cuidar muy bien de si mismo y mirar, hace meses que no ha vuelto. No sé... Supongo que solo nos queda esperar. El inconveniente es que hasta que no aparezca Eduardo, no podemos marcharnos camino a Reus. Otro contratiempo más.

He permanecido en la habitación un buen rato hasta que hemos decidido levantarnos. Me picaba la curiosidad lo que me había dicho Esther y en ese momento he pensado en ir a buscarla. Se lo he comentado a Belén y me he ido a dar una vuelta a ver si veía a Esther. No he tardado en encontrarla. Estaba sentada en la escalinata de la entrada. Al verme, ha comenzado a mirar a todos los lados y se me ha acercado a toda prisa. Ni siquiera me ha dado tiempo a preguntarle que quería, ha comenzado a hablar a toda prisa: "Erik, gracias a Dios que has vuelto. Hay muchas cosas que debes saber. Y no son nada buenas. Estabas en lo cierto y comienzo a pensar que corremos peligro...". En ese momento, Esther se ha callado en seco y ha fijado su mirada a mi espalda. No entendía que pasaba y ella a continuado: "...ahora no te puedo contar nada. Me vigilan muy de cerca. Nos vigilan a todos. Tenemos que vernos de noche. Te dejaré una nota por bajo de la puerta de tu habitación, ahí te diré donde quedar para hablar. Y es importantisimo que no le digas nada a nadie de todo esto, sobretodo, no hables de nada con Juanca". Sin entender nada, le he dicho un "Pero..." que no ha escuchado, ya que ha dado media vuelta y se ha marchado. Entonces me he girado y he visto de quien se había asustado. Era Miguel. Venía hacía mi, sonriendo. Todavía sigo sin entender nada. ¡Esther era seguidor de Miguel! ¿A que se debe todo esto? Miguel ha llegado a mi posición y ha exclamado "¡Erik! ¡Hermano! ¡Estas de vuelta! No sabes cuanto me alegro de ello. Dios te ha traído sano y salvo. ¿Que tal tu periplo? ¿Encontraste lo que buscabas?". Ante mi respuesta negativa, ha continuado "Si no has encontrado lo que buscabas es porque el altísimo no ha querido. No te preocupes por ello, lo importante es que estas de vuelta en la comunidad. Hay muchas novedades desde que te fuiste. Deja que te las muestre". Me ha pedido que lo acompañara y lo he seguido hasta la capilla. Al entrar, he descubierto toda esta zona llena de sacos de obra, ladrillos y un gran agujero en el suelo. Miguel ha comenzado a decirme "Te preguntaras que es esto. Te explicó. Al poco de irte, Dios se puso de nuevo en contacto conmigo. De nuevo me hizo nuevas revelaciones. Te confieso que estaba muy preocupado por ello, ya que como bien sabes, Dios dejo de comunicarse conmigo. Y el motivo de esto era el que yo me temía. Estaba enfadado con nosotros. Por ello nos mandó a sus huestes para que nos atacaran. No estaba conforme con como estaban marchando las cosas aquí. Yo le he pedido perdón en mi nombre y en el de todos vosotros. Él a aceptado nuestro arrepentimiento y me ha pedido varias cosas. Una de esas cosas es esto. Quiere una gran remodelacion de la capilla. Quiere que en el centro de esta haya un pequeño foso, una pequeña estancia para que el gran día, SU gran día, demos una misa en su honor y allí dentro puedan asistir a la susodicha un gran número de sus huestes...". No se que cara ha visto en mi al decir eso, pero en seguida ha dicho "Tranquilo, hermano, tranquilo... Esto no debe de preocuparte. Solo debes comprender que ellos son también sus hijos. Solo quiere que estén presentes en el gran día. Yo estaré oficiando la gran misa y no tenéis nada que temer. Yo velaré por la seguridad de todos y ellos solo estarán allí dentro, sin poder salir. Dios lo quiere así, hermano, y debemos obedecer su palabra. Ahora, lo más importante es tener acabadas las obras para dicho día. Cuando este esté cerca, os lo comunicaré. Mientras tanto, puedes participar en las obras, hermano Erik. Nos serás de gran ayuda". ¡Y un cuerno voy a participar! ¿Que cojones es eso de construir un foso para llenarlo de merodeadores y dar una misa? Este hombre pierde la cordura a pasos agigantados. Solo espero que cuando llegué su gran día, nosotros ya estemos en Reus. Aunque no sé cuando será ese día, pero las obras del foso están prácticamente acabadas, al menos, a simple vista. Es un foso bastante grande, ubicado entre el altar de Miguel y los bancos de los fieles. No sabría deciros de cuentos metros es de largo ni de profundo, pero ocupa bastante. A simple ojo, ahí pueden caber más de cien merodeadores apelotonados. Que locura...

Ya ha llegado la noche y no paro de pensar en todas las novedades que me han asaltado nada más llegar. Hace unas horas que María, Hans, Elena y hasta Thor han venido a darme la bienvenida y apenas les he podido hacer caso, ya que permanezco ausente, sumergido en pensamientos. La noticia de que Eduardo se ha marchado a buscarme, las palabras y el rostro de miedo de Esther, la obra esquizofrénica de Miguel... No se que se ha trastocado el día que yo me marché de aquí, pero las cosas no están funcionando como siempre. Por ello, me arrepiento mucho de haberme marchado. Quizás, si no me hubiese marchado, ahora comprendería muchas de las cosas que están pasando y no llego a comprender. Solo nos queda esperar a que Eduardo llegué pronto, sano y salvo...

Cuanto antes nos vayamos y lleguemos a Reus, mejor para todos. Este no es nuestro sitio. Ni nunca lo fue.


- Erik -


miércoles, 22 de septiembre de 2010

+ 22-09-10 + Una verdadera tragedia

Ha pasado un tiempo desde mi última entrada, más de dos meses para ser exactos. Ha sido mucho tiempo. Muchos de vosotros habréis pensado que mi ausencia estaba debida a que había muerto. Lo comprendo. Es lógico, ya que después de mi última entrada, las cosas no pintaban demasiado bien. Os voy a relatar que ocurrió tras la entrada del 17 de julio, entonces lo comprenderéis todo.

El día 18 fui despertado por Eusebio algo temprano. No recuerdo bien la hora exacta. Este cuanto apenas me dirigió la palabra y solo me dijo que el desayuno estaba en la mesa, que en cuanto acabase, fuera a buscarlo. Así lo hice. Me tomé el dichoso café con sabor a rayos y fui en su busca. Busqué por los pasillos del refugio y hasta en los exteriores, pero ni rastro. No di con él hasta que encontré a su mujer, ya que fue su ella quién me condujo hasta la habitación donde él se encontraba. Al abrir la puerta, me lo encontré sentado ante una pequeña mesa, realizando algo sobre esta. La luz aquí era muy tenue, pero no tardé en ver todo lo que guardaba esa habitación. Era un verdadero arsenal de armas. Prácticamente amontonadas, habían armas de todas clases. Escopetas, rifles, ametralladoras... de todo tipo. También habían varías cajas de madera cerradas y apiladas. Eusebio me invitó a pasar y yo entré observando detalladamente la sala, entonces le dije "Vaya, no sabía que estabais tan bien equipados. Sois una caja de sorpresas". Esperaba al menos una sonrisa por su parte, pero no, totalmente serio, me contestó "Gran parte del arsenal proviene de un cargamento que iba para Reus. Lo encontramos en una furgona militar, en plena autovía. Al parecer, los lentos se interpusieron entre Reus y los militares que llevaban el cargamento. Al menos, eso deducimos, ya que los militares estaban en la furgona con las tripas fuera, ya me entiendes... Necesito que me ayudes a hacer unas cosas". Cuando dijo que le ayudara, me fijé en que estaba haciendo en esa pequeña mesa. Encima de esta, había una extraña máquina con una palanca, la cual estaba manipulando. Le pregunté "¿En que quieres que te ayude? A todo esto, ¿que es esa máquina y que haces con ella?". Su respuesta fue "Esta máquina que tú llamas sirve para recargar munición, y es lo que estoy haciendo. Necesito que mientras yo hago esto, rellenes aquellas botellas de vidrio con gasolina y les pongas un trapo en la boca. Cócteles molotov, vamos...". Lo miré extrañado, pero no sé de que me extrañaba, ya que sabía de que iba el tema y para que quería que hiciera eso. Me puse manos a la obra y, mientras Eusebio recargaba munición, yo me dediqué a llenar botellas de cristal con gasolina. Cuando preparé la séptima botella, me dijo que no hacía falta que llenara más, que eran más que suficientes. Dudé en preguntar, ya que se notaba que no era su mejor día, pero quería saber cual era el plan a seguir, así que le pregunté "¿Cual es el plan a seguir? ¿Lo habéis pensado?". Como si yo no hubiese hablado, rellenó una bala con pólvora, la preparó y la ensambló con la máquina, entonces me contestó "¿Cual es el plan? Fácil y sencillo. Vamos a darles caza como a jabalís. Los vamos a sacar de su madriguera y los vamos a abatir uno a uno. Ese es el plan". Yo me quedé un poco sorprendido por su contestación. Era un plan muy poco elaborado y, por lo tanto, peligroso. Le pregunté si estaba seguro de hacerlo así. En que mala hora pregunté. Eusebio me lanzó una mirada que casi me fulmina y entonces me gritó"¡¿Que si estoy seguro?! ¡¿Me preguntas que si estoy seguro?! ¡Mi nieta esta agonizando en la habitación de al lado y te atreves a preguntarme eso! ¡Por supuesto que lo estoy! ¡Que no te quepa la menor duda de ello!". No sé que cara se me quedo en ese momento, pero Eusebio se quedo callado unos segundos y en seguida se disculpo. Me dijo que lo perdonara, que estaba muy alterado por la situación y que yo no tenía culpa. Le acepté las disculpas. Se como se siente uno en su pellejo.

Pasaron las horas y Eusebio paso todo el día en la habitación. Yo le estuve ayudando en todo lo que pude. Entonces apareció Andrés. Este venía con las armas en la mano y por lo visto había estado vigilando desde la lejanía el campamento de los traficantes. Andrés comenzó a decirle a Eusebio "No ha habido ningún movimiento extraño en el campamento, tío. Están todos allí, incluido Josué. (según me explicó Eusebio, Josué fue quién nos trató en nuestra visita al campamento) No han salido del campamento para nada, salvo los críos, que han estado correteando por el exterior. Ni siquiera han salido a cazar ni a hacer incursiones a Tarragona. Quizás hoy no hagan nada, aunque queda mucho día por delante. El primo se ha quedado allí, vigilando. Si hay algún movimiento raro, me lo comunicará por walkie". Eusebio le preguntó"¿Habéis mirado lo que te dije?", a lo que contestó "Sí, es tal cual pensábamos. El material lo tienen en una de las chabolas de la entrada, junto donde cierran los negocios. Tendremos que iniciar el fuego por la zona oeste, ya que es la zona más alejada y el fuego tardará en llegar hasta donde guardan la mercancía. Nos dará tiempo a encontrar y sacar las cajas sin problemas". A partir de aquí, no logro recordar mucho más. No se que hice durante el mediodía ni a principios de la tarde. Lo siguiente que recuerdo es durante bien entrada la tarde, a pocas horas del ocaso. Había llenado mi petate con la munición y preparado el rifle, cuando Eusebio entró a mi habitación y me dijo "No pensaras utilizar ese rifle para esto, ¿verdad? Espera, te voy a traer algo mejor". No comprendí que tenía de malo mi rifle. Cuando volvió, me lanzó otro rifle, algo más largo y con mira telescópica. Me dijo "Este te vendrá mejor, sobretodo, para el papel que vas a jugar en todo esto. Cuando lleguemos al campamento, te explicaré. Además, tiene más capacidad de munición que el que tú llevas. Venga, coge lo que tengas que coger, que nos vamos". Cuando salió de la habitación, observé detenidamente el rifle y no tardé en reconocerlo. Era un fusil Dragunov. Lo sé porque, hace unos años, leí artículos sobre este rifle, pero jamás pensé que tendría oportunidad de tener uno entre mis manos. Quién me lo iba a decir a mi por aquellos años... Trasteé durante unos minutos el arma para familiarizarme con el fusil y su mecanismo y, cuando comprendí más o menos el funcionamiento, me lo colgué del hombro y salí de la habitación. Cuando llegué al salón, me encontré con un panorama muy desolador, el cual me entristeció. Andrés, su primo y Eusebio estaban con las mujeres y los niños. Las mujeres lloraban y los abrazaban, mientras que los niños hacían preguntas sin comprender nada. Vi como Andrés besaba a uno de los niños mientras este preguntaba que a donde iba. El niño más mayor dijo "Se van y no volverán. Morirán como todos mueren, como murió mi papá". El silencio se hizo en la sala y nadie se atrevió a replicar. El corazón se me encogió al ver a ese niño pronunciar esas palabras. Eusebio contestó "Claro que volveremos. No nos va a pasar nada, ya verás, enano". Yo me alejé del salón rumbo al exterior, pensando en las palabras de Eusebio y en que desearía que Belén hubiese estado ahí para que se despidiera de mi y me pidiese que volviera sano y salvo. Vaya... que nostalgia sentí... Indescriptible.

Esperé en el exterior, junto a los coches, hasta que los tres salieron. Vi que en sus rostros habían lágrimas. No me atreví a pronunciar ni una palabra, solo me metí en uno de los coches y permanecí en silencio. Eran momentos muy duros para ellos, así que me mantuve al margen. Como el día anterior, yo subí en el utilitario, pero esta vez fue Eusebio quién subió en mi coche, poniéndose él al volante. Andrés y el primo subieron a la ranchera. Mientras nos poníamos en marcha, Eusebio sacó de su bandolera algo y me lo dio. Cuando miré que era descubrí que eran dos granadas de piña. Me dijo "No se si sabrás utilizarlas. Es tan fácil como quitar la anilla y lanzar. Eso sí, date aire para lanzarlas o no lo contarás". Fue una explicación que no me hacía falta. Quién no conoce el mecanismo de una granada de mano. Transitamos con los coches por la vía que transitamos el día anterior. De vez en cuando observaba a Eusebio. Estaba muy nervioso. Su labio superior temblaba ligeramente cada cierto tiempo. Llevábamos un poco conduciendo, cuando la ranchera se paró delante nuestra. Pensé que estábamos cerca del campamento, pero no lo divisé por ningún lado. Al parecer, habíamos parado muy alejados del campamento con la intención de no ser divisados por estos. Bajamos del coche y Eusebio habló: "Bien. Lo que vamos a hacer es simple. Erik, tú iras junto a mi hijo a aquella pequeña colina. Quiero que os apostéis allí con los rifles y en cuanto comiencen a salir, los elimináis. Indiferentemente quienes sean. Andrés y yo bordearemos el poblado y con los cócteles los haremos salir. Esa sera la señal para que comencéis a disparar. Después y bajo vuestra cobertura, cuando todo este más o menos limpio, entraremos a por el material. Se que mi hijo tiene buena puntería con el rifle, solo espero que tú también la tengas, Erik. Vamos, cada uno a sus puestos". Entonces, Andrés se nos acercó rápidamente y nos dijo antes de que nos alejásemos "Josué es mio. No lo matéis si lo tenéis a tiro". Asentí con la cabeza y el hijo de Eusebio y yo corrimos en dirección a la colina. Estaba un poco alejada y ya estaba comenzando a anochecer. Mientras corríamos, le pregunté "Por cierto, ¿como te llamas? Se que no es un buen momento para este tipo de preguntas, pero es que todavía no sé tú nombre". Este me contestó "Manuel. Me llamo Manuel". Yo dije prácticamente en voz baja "Como un viejo amigo...". Tardamos un poco en llegar a la colina, pero cuando lo hicimos, nos movimos ocultos en el follaje de los arboles y buscamos un buen puesto de tiro. Yo me situé tumbado frente a un reborde de piedra. Este me serviría de parapeto si desde el campamento nos descubrían y nos disparaban. Manuel se situó a un par de metros de mi, también tumbado y con su rifle de precisión a punto. Desde esta posición divisábamos todo el poblado chabolero. Preparé la mira de mi rifle con el aumento adecuado y comencé a husmear todo el poblado. Lo que vi fue lo siguiente. A pocos metros de la entrada del poblado había un individuo sentado sobre una vieja nevera. Este estaba fumando y con un fusil de asalto a su lado. En la puerta de una de las chabolas que tiraba humo por la chimenea, habían tres viejas gordas pelando lo que parecían patatas. Más adentro del poblado, paseaban unos tres individuos, los cuales, con sus armas colgadas del hombro, conversaban y reían. Luego busqué la posición de Eusebio y Andrés. Me costó encontrarlos. Los pude ver corriendo, ocultándose tras los matorrales y un ribazo. Estaban algo alejados del poblado, pero lo suficiente cerca para atacar. Manuel me habló "¿Nervioso, Erik?", a lo que contesté "Un poco. Pero no es la primera vez que hago esto, así que estoy un poco inmunizado en lo que se refiere a nervios". Manuél, sin dejar de mirar por la mira de su rifle, me dijo "Te envidio. Yo estoy acojonado. Nunca he disparado contra un hombre vivo, pero espero que sea tan fácil como disparar a un jabalí o a un lento". Permanecí en silencio, pero repliqué "Bueno, es algo más complicado. Pero más difícil es conllevarlo en la conciencia durante el resto de nuestros días". Su respuesta me sorprendió por la crudeza: "Para mi, en este caso, eso es lo de menos. No voy a tener ningún remordimiento en acabar con todos los que pueda. Y no voy a tener compasión ni miramiento en si disparo a una mujer o a un niño. No espero que lo comprendas, pero si estuvieras en nuestro lugar, lo entenderías. Los de ese poblado no son humanos, son alimañas, bestias salvajes. Ellos con nosotros harían lo mismo. De hecho, ya nos han hecho mucho daño y les voy a hacer pagar por ello". En ese mismo instante fuimos alertados por gritos que provenían del campamento. Cuando miré, descubrí la zona oeste en llamas. Varías chabolas estaban ardiendo y la gente salía de las casas para ver que ocurría. Pude divisar a Andrés y a Eusebio como lanzaban un par de cócteles más y retrocedían. Era la señal. Lo primero que hice fue abrir fuego contra el individuo que tenía más a tiro, el que hace unos minutos estaba sentado encima de la nevera desguazada. Este ya estaba en pie, con su arma en mano y observando que ocurría. Situé la cruceta de mi mira sobre su cabeza y apreté el gatillo. El retroceso del arma hizo que la culata del rifle golpeara mi hombro violentamente, pero pude ver como mi bala impactaba en el blanco. Le acerté justo en la cabeza y vi como su cabeza estallaba. Manuel me dijo "Buen disparo", pero yo sentí un profundo asco hacia mi persona. Tuve que mentalizarme que esa gente era como es el Skull Korps. Gente sin escrúpulos, gente que hacía daño a otra gente, personas que sobraban en este mundo. Solo así reuní fuerzas para seguir disparando. Manuel efectuó varios disparos que creo que acertaron en el blanco. Busqué un nuevo objetivo y lo encontré en varios individuos que corrían hacía el fuego. Efectué varios disparos, de los cuales, solo dos acertaron en el blanco. Uno de estos individuos cayó malherido al suelo, pero no lo rematé. Mi punto de mira pasó por encima de mujeres y niños, pero no disparé. No pude. Manuel si lo hizo. Él disparaba a todo lo que se cruzaba por su mira telescópica. Vacié mi cargador y me dispuse a cargar este. Mientras introducía las balas una a una, desde el poblado sonaron disparos. Mis temores se confirmaron cuando Manuel me gritó "¡Mierda! ¡Los han descubierto y están disparando! ¡Date aire en cargar, joder!". Cargué lo más rápido que pude y volví a apuntar con mi arma. Vi como los hombres se apostaban en parapetos en la zona norte y disparaban. Sus disparos iban dirigidos a Eusebio y Andrés, los cuales corrían entre los matorrales, ocultándose y devolviendo el fuego. Dirigí mis disparos hacía aquellos hombres apostados y Manuel hizo lo mismo. Los que estaban a la vista fueran abatidos, pero nos fue imposible acertar a aquellos que se escondían en las casas. Entonces fue cuando desde la posición de Eusebio y su sobrino salió un fogonazo seguido de un proyectil que impactó en una de las chabolas, la cual explosionó y salto a trozos. Acababan de utilizar un lanzacohetes de mano. Manuel gritó de alegría y en ese mismo instante, una ráfaga de balas alcanzó nuestra posición. Yo agaché la cabeza mientras las balas impactaban en las piedras y me saltaban trozos de estas. Le grité a Manuel que nos habían descubierto, pero cuando lo miré... cuando lo miré estaba tumbado bocabajo y con media cabeza destrozada por un impacto de bala. Los maldecí todo lo que pude y más, mientras que una nueva ráfaga de balas llegaba hasta mi posición. Si no cambiaba de posición era hombre muerto, así que retrocedí arrastrándome entre los matorrales y busqué nueva posición de tiro. Mi nueva posición fue en un ribazo, entre unos arbustos y bajo un pino, en el lateral de la colina. Desde aquí busqué a quienes nos habían descubierto y disparado. No tardé en encontrar a quienes eran. Desde el techo de varias chabolas se encontraban apostados varios hombres con ametralladoras pesadas de posición. Estos hijos de puta se habían estado preparando bien para un asalto de este tipo. Uno de estos individuos seguía disparando con la ametralladora a mi antigua posición. Le apunté y disparé, pero mi disparo no le alcanzó y este descubrió mi nueva posición. Mientras lo encañonaba de nuevo, él me disparó una ráfaga que no me dio de milagro e impactó por mi alrededor. Una o unas de estas balas impactaron en el tronco del pino donde yo me resguardaba, partiendolo y cayéndome el árbol prácticamente encima. Menos mal que este pino era un árbol joven y no pesaba lo suficiente como para aplastarme. Disparé de nuevo y esta vez si que alcancé a mi objetivo. El individuo cayó derribado y se quedó colgando de la ametralladora. Otra nueva explosión hizo saltar por los aires otra chabola. Mientras los individuos de las ametralladoras centraban su fuego en Andrés y Eusebio, yo los fui eliminando uno a uno con disparos certeros. Cuando acabé con ellos, los disparos en el campamento cesaron. Ahora reinaba la calma entre el fuego y los escombros. Dudé en si seguir ahí agazapado o bajar. De repente, escuché algo que provenía de mi antigua posición. Era como una voz. Pensé que era imposible que Manuel siguiera vivo, ese tiro había sido mortal de necesidad. Subí la colina silenciosamente, entonces descubrí que la voz provenía del walkie de Manuel. Con cuidado, di la vuelta al cuerpo y le desenganché el walkie del cinturón. Volvió a sonar la voz. Era Eusebio, diciendo "¿Manuel? ¿Estáis por ahí?". Contesté un "Sí" y me dijo "Bajar al poblado con cuidado. Parece que hemos acabado con todos, pero no nos podemos fiar. Nos encontraremos en la chabola donde guardan el material". No tuve valor a decirle que Manuel estaba muerto. Me guardé el walkie y comencé a bajar colina abajo. Cuando llegué abajo, dejé el rifle entre unos matojos y saqué mi pistola. Para esta ocasión era más cómodo y ligero utilizar la pistola. Poco a poco me fui acercando al poblado. Parecía una fosa común. Los cadáveres estaban desperdigados por todas partes y tenía que ir sorteándolos a mi paso. Cuando llegué al punto de reunión, me sobresalté al ver que de esa chabola salía alguien. En seguida apunté mi arma, pero era Andrés, el cual me dijo "Eeeh, baja el arma, forajido. ¿Donde esta Manuel?". No supe que contestar, pero mi silencio habló más que si lo hubiese dicho claramente. Su cara se transformó por momentos. Me dijo "No le digas nada a mi tío. No todavía". De la chabola salió Eusebio y se me quedó mirando. En ese instante pensé que había escuchado todo, pero no. Dijo "¿Y mi hijo, Erik?". No sabía que decir. Andrés se me adelantó, diciendo "Se ha quedado en la colina. Nos esta cubriendo". No sé hasta que punto es bueno mentir en estos asuntos, ya que tarde o temprano hay que decir la verdad y entonces el golpe es más fuerte. Andrés dijo "Voy a por la ranchera. La cargamos y nos vamos pitando de aquí" y se alejó. Eusebio me pidió que le ayudara a sacar las cajas de la chabola. Al entrar, vi allí tendido en el suelo el cadáver de aquel gordo que se reía a carcajadas de nosotros en nuestra anterior visita. Este tenía un tiro en la cabeza. Comencé a ayudar a Eusebio a bajar cajas y mirar el interior de estas. Al final dimos con las que buscábamos. Dos grandes cajas repletas de cajetillas de insulina. Seguimos buscando y encontramos una más. Cogimos las cajas y las sacamos al exterior. Estábamos dejándolas en el suelo, cuando un ruido nos sorprendió. Miramos rápidamente al frente, pero no nos dio tiempo a nada. Absolutamente a nada. Del techo de la chabola más cercana a nosotros había una ametralladora apuntándonos, la cual soltó una ráfaga de plomo. Pude ver como la mayor parte de los disparos impactaron en el cuerpo de Eusebio, el cual salió volando hacía atrás envuelto en sangre. Las últimas balas de la ráfaga fueron para mi. Sentí como el plomo candente me atravesaba el hombro, parte del brazo y el muslo derecho. Caí derribado al suelo. Desde aquí y aguantando como podía el intenso dolor, levanté el brazo para apuntar mi pistola, pero era imposible. Sentía un tremendo peso en el brazo que me impedía levantarlo y apuntar. En la ametralladora pude ver a Josué. Su mirada era una mirada cargada de odio. Por su frente brotaba un reguero de sangre que había empapado su camiseta. Me dedicó estas palabras "Mardito hijo de una hiena" y movió la ametralladora, encañonándome. No tuvo tiempo a más. Antes que él disparara, una bala atravesó su cabeza, seguido del sonido de un disparo lejano. Su cadáver cayó de lo alto de la chabola al suelo. En ese momento, me retorcí de dolor en el suelo mientras me apretaba con fuerza la herida del hombro. Por si fuera poco, un par de cadáveres que había a mi alrededor comenzaron a reanimarse. Me arrastré hasta la pared de una de las chabolas y empuñando la pistola con mi mano izquierda, les disparé. Necesité nueve disparos para acabar con los dos merodeadores. La ranchera con Andrés al volante hizo aparición. Este bajo con un Dragunov en sus manos y corrió hacía mi. Me preguntó que si estaba bien y me dijo que él había abatido a Josué. Cuando descubrió el cadáver de su tío, estalló a llorar. Tardo en calmarse, pero cuando lo hizo, me subió a la parte trasera de la ranchera y cargó las cajas. Después se subió al vehículo y comenzó a conducir rumbo al refugio. Yo pasé todo el camino retorciéndome de dolor.

Cuando llegamos al refugio, me sacó de la parte trasera del vehículo y cargó conmigo a hombros. Pude ver el tremendo charco de sangre que había dejado en la ranchera. Mientras me llevaba por los pasillos del refugio, vi a las mujeres al fondo de este. Estas comenzaron a chillar y Andrés les gritó que escondieran a los niños. Llegamos al salón y Andrés me tumbó sobre la mesa. Las tres mujeres comenzaron a preguntar por Eusebio y Manuel, y Andrés gritó "¡Muertos! ¡Todos muertos!". Ellas estallaron a llorar y la mujer de Eusebio se apoyó en una esquina de la habitación, dejándose caer. Continuó en un tono más relajado "Y si no hacemos algo por este chico, también estará muerto en breves. Traerme agua limpia, pólvora del almacén y gasas, muchas gasas". Ninguna se movió, era como si no lo hubieran escuchado. Lo siguiente que recuerdo es a Andrés lavándome las heridas y diciéndome "Tienes suerte, la bala del brazo y el muslo te han dado de refilón. Sin embargo, la del hombro te ha impactado de lleno, pero aún así, has seguido teniendo suerte. La bala te ha atravesado y ha hecho orificio de salida. Muerde este trapo, esto te va a doler". Me metió un trapo en la boca y con una navaja abrió una bala. Vertió la pólvora en la herida del hombro y la prendió con un mechero. No me dio tiempo a nada, solo a pegar un berrido y a retorcerme, mientras el me sujetaba con fuerza y me decía "Aguanta. Esto ha sido para cauterizarla. Cortará la hemorragia". El dolor fue tan intenso que me desmayé. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una cama que no era la mía. Una habitación mucho más decente. Al abrir los ojos, descubrí junto a mi cama a una niña de cabellos rubios, observándome. Me asusté e intenté moverme, pero un punzante dolor recorrió mis heridas. Esta niña, al ver mi reacción, cogió una muletas y se fue a toda prisa por la puerta. En seguida apareció Andrés, el cual me dijo "Vaya, ya estas despierto". Le pregunté cuanto tiempo había estado dormido, Su contestación me dejo boquiabierto: "Casi dos días. Los has pasado delirando, pero al final, conseguimos que te bajara la fiebre. Por cierto, esa niña era mi hija". Le dije que me alegraba que su hija estuviese bien por fin y el se sentó a los pies de mi cama. Comenzó a hablarme: "Si, ha mejorado bastante desde que tiene su insulina. Pero aún no esta bien del todo. Quiero agradecerte todo lo que has hecho por nosotros y siento haberte tratado tan mal desde que llegaste. Se que no tengo escusa, pero espero que al menos comprendas la situación por la que estaba pasando. Mi hija se moría y yo no podía remediarlo. Al final, hemos podido solucionarlo, pero a que precio...". Aquí agachó la cabeza y derramó varias lágrimas. Le pregunté que tal lo estaban llevando los demás. Me miró y me dijo "¿Tú como crees? Pues fatal. Mi tía intento suicidarse ayer. Le quité el cuchillo de las manos cuando se iba a cortar las venas. La mujer de Manuel no ha salido de la habitación desde entonces, ni siquiera para atender a sus hijos. Me toca vigilarla para que no haga ninguna locura. Mi abuela no habla con nadie. Los niños no paran de preguntar por el abuelo y los hijos de Manuel, por su padre. Se ha roto la familia. Es el segundo golpe que nos llevamos desde que mi otro primo murió en Tarragona. No se si superaremos esto. Y yo tengo que sacar fuerzas de donde no las tengo, porque ahora yo soy el líder de la familia y si me desmorono yo, todo se ira a la mierda. Espero que no pases nunca por mi situación. Ayer tuve que volver al campamento de nuevo para acabar con el cadáver reanimado de mi tío, coger el cadáver de Manuel y darles sepultura a ambos. ¿Como crees que me siento yo después de hacer todo esto? Como una puta mierda. Y encima me siento culpable. No paro de pensar que era yo y solo yo quién debió solucionar el tema de mi hija. Así, al menos, ellos estarían vivos y mi familia solo habría tenido que soportar una perdida en el peor de los casos. Si no fuera el pilar de la familia, ahora mismo me volaría los sesos. Pero no puedo. Ni puedo ni debo". Después de esta pequeña charla, en la que lo intenté consolar, Andrés se marchó de la habitación y yo me quedé a solas con mis dolores.

Los días han pasado muuuuy lentos. Demasiado. He pasado varias semanas encamado, sin apenas moverme y con fuertes dolores. Después, comencé a hacer pequeñas salidas para comer en el salón. Luego comencé a pasear por el refugio. Hace unas pocas semanas que he salido a los exteriores del refugio. Tras tantas semanas aquí encerrado sin ver la luz del sol, cuando por fin salí, apenas podía abrir los ojos. Me dolían horrores, ya que estaban acostumbrados a la oscuridad. Mis heridas ya han mejorado bastante, sobretodo la herida del hombro. No hace mucho, Andrés me quitó los puntos. Me esta quedando una cicatriz horrenda, pero eso es lo de menos. Con respecto a los ánimos de todos, la cosa no ha mejorado mucho. La mujer de Eusebio es prácticamente un alma en pena y su madre, más de lo mismo. Normal, se ha desquebrajado la familia. La mujer de Manuel tampoco es una excepción, pero ella ha canalizado su dolor centrándose en sus hijos. Hace todo lo posible para que estos no tengan tiempo en lamentar la perdida de su padre. Ella carga con las penas de todos ellos. Y Andrés... Andrés se mantiene muy ocupado en velar por todos. Lo noto aliviado por ver a su hija bien, pero hundido por la perdida de su tío y su primo. Por otro lado, es espectacular el cambio que ha realizado este chico desde que lo conocí. Ha pasado de ser una persona irascible a alguien que se preocupa por todos. Ahora, su trato conmigo es exquisito. En todo este tiempo que he estado aquí, no ha parado de preocuparse por mis heridas y cambiarme las gasas periódicamente.
Desde que me levanté de la cama y comencé a volver a la normalidad, he estado meditando algo. Voy a abandonar la búsqueda de Iván. En cuanto salga de aquí, me voy directo de vuelta al lado de Belén y los demás. Es mucho tiempo que no saben nada de mi, algo que no entraba en mis planes, y Belén lo estará pasando mal. Es posible que me haya dado por muerto. Lo siento mucho por Iván, pero he hecho todo lo que ha estado en mi mano. Además, con el tiempo que ha pasado, si no ha vuelto a la 'Iglesia' es que le ha ocurrido algo. Me duele pensarlo, pero es lo que hay.

Tal cual veo mi estado y como he mejorado, creo que esta semana o la siguiente podré retomar mi rumbo. No ansío otra cosa que volver junto a Belén y poder besarla. Paciencia... Es cuestión de unos pocos días.


- Erik -


sábado, 17 de julio de 2010

+ 17-07-10 + Seres sin escrúpulos

He pasado una noche terrible. No os lo podéis ni imaginar. Este colchón mugriento me ha dejado la espalda hecha un verdadero asco. Encima, las ratas que deambulan por esta habitación se lo han pasado de miedo molestándome. En una de las pocas ocasiones que me he podido dormir, me he despertado con uno de estos roedores encima de mi pecho, olisqueandome la ropa, mientras otras dos ratas me mordisqueaban los zapatos. Yo no se quién se ha asustado más, si yo al descubrir al roedor encima mía o ella, que la he lanzado contra la pared mientras yo soltaba un grito de sobresalto. Después de esto, me ha costado volver a conciliar el sueño y mientras daba pequeñas cabezadas, no he quitado ojo del rincón donde se han ido corriendo estos animalitos. Estos asomaban el hocico de vez en cuando. Cuando al final he podido volver a dormirme, he tenido una pesadilla, para rematar la noche. No recuerdo muy bien que he soñado, pero se que no era algo bueno. En mi sueño aparecía Miguel y su sequito de hermanos, Belén también, la cual lloraba desconsoladamente y Eduardo, el cual estaba tendido en el suelo, bocabajo. No recuerdo más, ni siquiera que pasaba en el sueño. Como siempre, quiero pensar que solo se trata de un sueño, nada más. La cuestión es que cuando me he despertado de la pesadilla, me he descubierto de pie en medio de la habitación. Por unos largos segundos me he sentido desubicado a la vez que desesperado. Hasta que me he conseguido ubicar, no he sabido donde me encontraba y he intentado abrir la puerta una y otra vez mientras en mi mente repetía "Belén, Belén...". Por lo demás, nada que destacar. No ha entrado Eusebio a despellejarme y cocinarme como he temido en algún momento. De todas formas, no he bajado la guardia.

Eusebio ha venido a abrirme la puerta a las 8, tal como dijo. Un hombre puntual y, lo más importante, un hombre de palabra. Cuando me ha abierto me ha saludado con un "Buenos días, Erik. ¿Qué tal has dormido?". Yo, sentado en mi camastro como un preso en un calabozo, le he respondido que mejor no preguntara. No me ha sentado muy bien que se haya reído y me haya dicho "Espero que las ratas no te hayan molestado mucho". No es que me haya dicho algo ofensivo, pero cuando paso una mala noche me molesta hasta que me den los buenos días, así que imaginaros que me suelten comentarios jocosos. No he tardado en levantarme y salir de mi pequeño calabozo. Al salir al pasillo esperaba ver algún rayo de luz, pero no ha sido así. No estoy acostumbrado a vivir en un refugio subterráneo de estos. He seguido a Eusebio hasta el salón principal, donde estaba la mujer de Eusebio y su suegra. Estas estaban sirviendo unas tazas de café en la mesa. Cuanto apenas me han mirado de reojo. Mientras daba el primer sorbo de café, el cual sabía a rayos, Eusebio me ha asaltado diciendo "Luego te acompañaré a por un vehículo, ya que lo necesitaras para seguir con tu camino. Tenemos varios agenciados, así que puedes elegir el que más te guste". Esto no ha sido una indirecta para que me marche, sino una directa en toda regla. No me ha quedado otra que darle las gracias. Después de esto, hemos comenzado a conversar de varios temas, en los cuales le he preguntado más cosas sobre Reus. La verdad, no me ha contado nada relevante salvo una cosa. Me ha dicho que si quiero ir allí, solo hay un camino que llega hasta Reus. Y es la carretera que comunica Tarragona con Reus. Me ha dicho que todas las demás carreteras que no son esta han sido dinamitadas. Esto no me coge por sorpresa, ya lo descubrimos cuando intentamos ir hacía allí. A mi pregunta de si sabe quién ha dinamitado todos los accesos que llevan a Reus, me ha contestado "Ni idea. Tal vez fue el ejército que tiene la base en Reus. ¿El motivo? Pues quizás con intención de frenar a los lentos y que no se acerquen a la ciudad, o lo mismo para evitar que lleguen nuevos refugiados. Quién sabe, a lo mejor ya han excedido el cupo de refugiados y no quieren más personas. Sea quién haya sido, ha hecho esto con el fin de incomunicar a Reus, al menos, desde esta zona. Yo solo sé que cuando dinamitaron las carreteras, escuchamos las explosiones desde el refugio. Esto ocurrió hace unos meses, en plena noche y las explosiones se produjeron en intervalos de una hora. Al día siguiente, nos encontramos varias carreteras destrozadas. Con el tiempo, descubrimos que todas las destruidas son las que llevan a la ciudad. Si te sirve de algo, aún queda un acceso, que sepamos, que lleva Reus y que por lo que sé, no esta destruido, al menos, hasta donde yo lo he transitado. Es la carretera que comunica Tarragona con Reus. Pero como ya te dije ayer, pisar Tarragona es una locura. Esta infestada". Si es el único camino transitable, creo que nos arriesgaremos. Hemos pasado por cosas peores. Además, con precaución no tenemos nada que temer. Cuando zanjamos la conversación de Reus, le pregunté si conocía a los de 'La iglesia del fin de los tiempos'. Su respuesta fue que no, así que me tocó hablarle de ellos y de Miguel. Eusebio no tardó en llegar a una clara conclusión, la cual, cada día que pasa, la creo más: Miguel oculta algo. Y eso significa que no es de fiar. También siento miedo por una cosa, y es que Eusebio me ha dicho "Yo de ti no estaría tranquilo de haber dejado a mi mujer y mis amigos con ese tipo". Esto me ha hecho recapacitar y comienzo a pensar que buscaré a Iván unos días más y si mi tarea no da frutos y no lo encuentro, abandonaré la búsqueda y volveré a por los demás.

Mi conversación con Eusebio ha finalizado cuando por el pasillo de entrada han aparecido toda la caterva de niños, corriendo y gritando. Mientras estos saludaban a su abuelo, ha entrado Andrés y el hijo de Eusebio. Estos iban cargados con bidones y varias bolsas, en las que destacaba una pequeña bolsa de tela, la cual llevaba Andrés. Estos han dejado los trastos en el suelo y Eusebio les ha preguntado "¿Como ha ido la cosa?". Andrés, con su habitual tono de mala hostia, ha contestado "Mal. Fatal. Solo hemos conseguido dos bidones y esto. No será suficiente. No lo van a aceptar". Este ha lanzado sobre la mesa el pequeño saco y Eusebio lo ha cogido y ha mirado el interior, diciendo "Quizás sí. Se optimista. Si no nos sirve, optaremos por el otro plan. Ese es nuestro último recurso. Saldrá bien, no te preocupes". En ese momento no he entendido nada de nada. ¿De que hablaban? ¿A que se referían con 'no lo van a aceptar'? ¿Que había en ese saco? Muchas preguntas y no podía formular ninguna. No era prudente, y menos, con Andrés delante. Cuando han terminado de hablar, Andrés se ha ido a ver a su hija y Eusebio se ha guardado el pequeño saco en la chaqueta, este me ha dicho "Bueno, chico, ¿preparado para seguir tú camino? Vamos, coge tus cosas y te llevaré a por tu nuevo vehículo". Él me estaba echando y yo no he podido aguantar la tentación de saber de que habían estado hablando, así que le he preguntado. Ante mi pregunta, Eusebio, que se acababa de poner en pie, se ha quedado quieto durante unos segundos y después se ha vuelto a dejar caer sobre la silla, diciendo "Ay, Erik, eres un tipo muy preguntón. A ver, que veo que te corroe el no saber que hay en el saco. Mira..." Cuando ha volcado sobre la mesa el pequeño saco, de este han caído varias pulseras y collares de oro, junto a un par de anillos del mismo metal, un reloj y un fardo de billetes atados con una goma elástica. Cuando he visto esto solo he podido exclamar "¿Para que queréis esto? Esto ya no tiene valor. ¿Sois saqueadores?". Él me ha contestado con una sonora carcajada y me ha dicho "¿Saqueadores? Te aseguro que no. Hoy por hoy, a esto le damos el mismo valor que tú le acabas de dar, o sea, ninguno. Pero lo necesitamos. Al igual que necesitamos esos bidones de gasolina que ha traído mi hijo y mi sobrino. Verás, hay algo de lo que no te he hablado. Y si no lo he hecho no ha sido por ocultártelo, sino que es un tema espinoso que nos esta haciendo mucho daño. Pero visto que quieres saberlo, hago el esfuerzo. Te cuento. A varios kilómetros de aquí, cerca de Mont-Roig, hay un pequeño campamento. Sí, has oído bien, un campamento, si así se le puede llamar. Más que campamento, la palabra más acertada es asentamiento chabolero. Aquí viven varias familias hacinadas desde mucho antes de que comenzara todo esto. Estas familias nunca tuvieron buena fama en el pueblo, ya que se dedicaban a ciertas actividades ilegales, como venta de droga y armas. Allí no se acercaba ni la policía. Cuando todo esto comenzó, estas personas no tuvieron problemas en repeler a todos los lentos que se acercaban, ya que en sus chabolas tenían y tienen un verdadero arsenal de armas. Con todo este desorden y sin ley, todo este tiempo se han estado dedicando al saqueo y al pillaje. En poco tiempo consiguieron saquear todos los comercios, farmacias y el ambulatorio de Mont-Roig. Hasta se han atrevido con Tarragona. Todo lo que tenga valor y pueden llevárselo a su campamento, se lo llevan. ¿Y sabes lo peor de todo? Que con todo lo que han saqueado este tiempo, ahora lo están utilizando para hacer negocio. Sí, sí, para hacer negocio. Quieren asegurarse un buen patrimonio para cuando todo esto acabe. ¿Y sabes con que hacen negocio? Con todo tipo de cosas de primera necesidad, sobretodo, con medicinas y armas. Curioso, ¿verdad?, A pesar de todo, siguen viviendo como antes. Pues bien, ¿y sabes quienes, desde hace un tiempo, son sus principales compradores? Reus. No los culpes de hacer negocios con esta basura, es simple necesidad. Les es más fácil obtener medicinas y demás útiles comprándole a esta gente que haciendo nuevas incursiones en Tarragona. Mejor pagar con dinero que ya no sirve que con la vida de hombres en una peligrosa incursión. Bueno, aquí es donde entramos nosotros. Al igual que Reus, nos vemos obligados a hacer negocio con ellos. Estas joyas y gasolina son para realizar una compra a los individuos de este campamento. Como te dije ayer, mi nieta esta enferma y necesita insulina. Una insulina que no encontramos en ningún lado, ya que esta basura ha saqueado todas las farmacias del pueblo. Así que por desgracia y desde no hace mucho, hemos tenido que recurrir a hacer negocio con ellos. Las joyas las sacamos de donde podemos, normalmente, desvalijando a los lentos. Ellos ya no necesitan esto, nosotros sí. Hay muchos de ellos que van cargados de joyas y con dinero en los bolsillos. Solo basta con abatirlos y quitarles todo lo que lleven encima. De eso se trata y eso es lo que han hecho esta mañana mi hijo y mi sobrino. Pero hace unos días que nos ha surgido un problema. La última vez que fuimos a comprarles insulina, no les pareció suficiente el pago que teníamos acordado y, a parte de quitarnos las joyas y el dinero que les llevábamos, no nos dieron la medicina. Nos dijeron que, a partir de ese día, el pago tenía que ser el doble o no nos darían las dosis de insulina. Y aquí estamos, con mi nieta muriéndose en una cama por culpa de esa basura sin escrúpulos. Ya hemos reunido el pago que nos piden y hoy vamos a ir allí para intentar que nos vendan el medicamento". Cuando me ha contado esta historia, me he quedado muy sorprendido. Había visto muchas cosas desde que todo acabo, como caníbales, saqueadores, psicópatas... pero esto ya es demasiado. Gente que se dedica a hacer negocio con material de primera necesidad... muy fuerte. No se como la gente tiene esta facilidad para entregarse tan fácilmente a lo malo. Todavía no he visto un grupo de gente que se dedique a limpiar las calles de podridos o a salvar personas que están aisladas en refugios. Lo que le he dicho a Eusebio ha sido lo siguiente "Todavía no puedo comprender como hay gente que se comporta así. Mi grupo y yo nos hemos encontrado con individuos de este tipo, muy similares. Ojalá me equivoque, pero creo que estos individuos os van a dar problemas. Así que quiero que aceptes mi oferta: os voy a acompañar. En caso de que las cosas se pongan feas, os vendrá bien un arma más de vuestro lado. Es lo menos que puedo hacer en agradecimiento por vuestra hospitalidad". Eusebio se ha quedado pensativo durante unos segundos y ha hecho el amago de rechazar mi oferta, pero he insistido. Entonces ha aceptado y ha dicho "Gracias. Saldremos en seguida. Ahora mismo te entrego tu arma para que la tengas lista".

No ha tardado en entregarme mi rifle y mi pistola. En seguida he cargado de munición las dos armas y he estado listo para salir. Eusebio me ha llamado a los pocos minutos para irnos y lo he seguido por los pasillos del refugio hasta la salida. Cuando hemos salido por la portezuela al exterior, el sol me ha deslumbrado, cegandome. Allí he visto a Andrés y al hijo de Eusebio, el primero con un rifle de caza y el segundo con una escopeta. También llevaban los bidones de combustible, los cuales han comenzado a cargar en la parte trasera de una ranchera. Andrés, al verme, se ha acercado a mi y me ha dicho "Que sepas que desapruebo que vengas con nosotros, forastero. Si por mi fuese, tú nunca habrías pisado nuestro refugio. Así que dedícate a cerrar el pico y a no hacer nada, salvo que te ordenemos lo contrario. Esto no es un juego, así que no te hagas el duro". Yo le he respondido con un ligero movimiento de cabeza. Una vez han cargado los trastos en la ranchera, el hijo de Eusebio y yo hemos subido a un Ford que había aparcado detrás de la ranchera, mientras Andrés y su tío se han montado en la ranchera. No hemos tardado en ponernos en marcha. Hemos permanecido todo el camino siguiendo a la ranchera sin ni siquiera dirigirnos una palabra. Hemos transitado por un camino de tierra durante una media hora más o menos. Pasado este tiempo, he divisado el dicho campamento. En el borde del camino se extendían una serie de chabolas, pegadas las unas con las otras. Estas estaban fabricadas de infinidad de elementos: trozos de madera, láminas de metal, trozos de tejado de fibra de vidrio, plásticos, sabanas, vallas... era un asentamiento chabolero en toda regla. Conforme nos íbamos acercando, teníamos que ir sorteando la basura que había desperdigada por el camino. Había hasta una lavadora despiezada ahí en medio. De repente, la ranchera paró delante de nosotros e hicimos lo mismo con nuestro vehículo. Cuando bajamos del coche, pude observar todo con más detalle. Casi me pongo las manos en la cabeza al ver que de la chimenea de una de las chabolas salía humo. ¿Como se atrevían a hacer esto? ¡Esto es un reclamo para los merodeadores! Por los alrededores de las chabolas habían varias gallinas y perros correteando. Entonces ha sido cuando he notado como se apoyaba en mi cabeza el cañón de un arma. No me he girado, he permanecido inmóvil. Entonces ha sonado una voz, diciendo "¿Pero tú quie' ere'? Tú ere' nuevo" (os escribo tal cual nos ha hablado y habla este individuo). He seguido sin girarme, entonces Eusebio ha hablado por mi "Tranquilo, es un amigo. Venimos a zanjar el negocio, ¿recuerdas?". El otro, mientras apartaba el arma de mi cabeza, ha contestado "No nos guzta la gente nueva. Debería' zaberlo". Aquí ha sido cuando he podido girarme y ver quién era el que me había encañonado. Este hombre, de tez muy morena, pelo largo, mal vestido y desaliñado, me ha devuelto la mirada, sonriéndome. Su sonrisa ha dejado al descubierto su sucia dentadura, en la cual faltaban varias piezas dentales. De su cuello colgaban varios cordones gordos de oro y una gran medalla. Ha guardado su pistola en el pantalón y ha dicho "A ve' que noz traei'". Los cuatro lo hemos seguido en dirección a las chabolas. Entonces me he percatado de que en la puerta de las chabolas había un montón de gente observándonos. Hombres armados, mujeres con bebés en brazos, niños... y todos conel mismo patrón de estética que el primero que he visto. Este nos ha conducido hasta el interior de una de las chabolas. Al pasar entre la multitud, varios niños se han lanzado sobre mi arma y me la han intentado quitar de las manos. Han parado de hacer esto cuando un hombre mayor que había junto a ellos ha golpeado a uno de los niños, gritándoles "¡¡ 'taros quietos!!". Cuando hemos entrado en la chabola, casi me tapo la nariz a causa del olor que hacía aquí. Era una mezcla de olores horrible, como de suciedad y humedad. Al fondo de la chabola se alzaba una pila de cajas y en medio de la habitación, una pequeña mesa con una balanza romana. Junto a esta, había un hombre bastante gordo sentado. Este nos miraba y se reía con una sonrisa repugnante. El individuo al que habíamos seguido ha comenzado a decir "A ve', tres bidone' de gazolina y que maz traei'...". Eusebio ha sacado de su bolsillo la bolsa de tela y se la ha entregado. Este ha volcado el contenido sobre la balanza, quitando el reloj y los billetes. Ha mirado el peso del oro, ha contado los billetes y ha observado el reloj. Acto seguido, ha tirado el reloj al suelo y lo ha pisado, diciendo "E'te relo' no vale. E' una mierda. ¿Me dai' 70 euro', tre' bidone', un relo' de mierda y cuatro colgante' que cazi no pezan? ¿Me tomái' por tonto? ¡E'to no e' suficiente! ¡Trae'me mas! ¡Mas! ¡O no o' damo' la medicina!". El gordo de la silla ha comenzado a reír más fuerte, prácticamente a gritos. Eusebio ha comenzado a pedirle por favor que aceptara eso por las medicinas, pero solo ha conseguido que este chillará más. Andrés ha intentado intervenir, pero su primo lo ha detenido. He podido ver como Andrés cogía con fuerza su arma y los miraba con cara de odio. Entonces, el individuo ha gritado "¡¡Llevaro'lo de aquí!!" y las cortinas de la chabola se han abierto, entrando varios hombres, los cuales nos han cogido por los brazos y, a la fuerza, nos han sacado. Todos los que habían fuera han comenzado a reír y otros a insultarnos. Los niños hasta nos han golpeado y tirado piedras. Los que nos han cogido a la fuerza nos han arrastrado y nos han empujado. Yo he caído al suelo. Entonces, el otro ha salido de la chabola y nos ha gritado "¡¡Fuera!! ¡¡Y no volvai' sin el pago completo!!". Entre Eusebio, su sobrino y yo, hemos conseguido frenar a Andrés, que estaba insultando y quería ir a por él. Como hemos podido, lo hemos metido en el coche y nos hemos montado en los vehículos, emprendiendo la marcha de vuelta al refugio.

En cuanto hemos llegado al refugio y hemos bajado de los coches, Andrés se ha dejado caer al suelo y ha estallado a llorar. Eusebio y el sobrino han intentado consolarlo, mientras Andrés, entre sollozos, decía "Mi hija... mi hija... se me muere y no puedo hacer nada...". Eusebio le ha dicho "Sobrino, te juro que tu niña va a tener su insulina, solo tiene que aguantar un día más, solo un día más. Te lo prometo...". Cuando me he percatado, en la puerta del refugio estaba toda la familia, incluido los niños. Las mujeres estaban llorando. Como hemos podido, hemos cargado con Andrés y lo hemos llevado a su habitación. Este ha intentado zafarse de nosotros, pero no se lo hemos permitido. Cuando lo hemos metido en la cama, su primo y la esposa de este, su tía y su abuela se han quedado con él, consolándolo, mientras Eusebio ha salido de la habitación. Yo sobraba en ese momento, así que he salido también de la habitación. Aquí ha sido cuando Eusebio, con lágrimas en los ojos, me ha dicho "Erik, si sigues queriendo ayudarnos, quédate una noche más. Mañana te vamos a necesitar. Si por el contrario te quieres ir ahora, tienes la puerta abierta. Pero necesito saberlo ahora mismo". Le he contestado que cuenten conmigo para lo que necesiten. Me ha dicho "Gracias. Eres un buen tipo. Te lo recompensaré". Después de decir esto, se ha alejado pasillo abajo. Le he dicho "¿Que tengo que hacer?". Él, sin darse la vuelta, ha contestado "Mañana a primera hora lo sabrás. Solo te digo que mañana mi nieta va a tener la insulina. Hasta entonces, descansa y guarda fuerzas". No me hace falta saber más. Ya se de que va el tema.

El día ha pasado rápido y sombrío. Y no ha sido sombrío por la oscuridad del refugio, sino por los ánimos de todos los miembros de esta familia. Me he sentido como un fantasma deambulando por el refugio, invisible a ojos de todo el mundo. Eusebio ha permanecido todo el día encerrado en su habitación. Lo único que ha dado un toque de vida al refugio han sido los niños, correteando de una lado a otro, ajenos a todo. Cuando ha llegado la hora de la cena, solo han aparecido las mujeres, los niños y el sobrino de Eusebio. Pero yo he sido el único, junto a los niños, que se ha atrevido a pegar bocado. He dejado el plato a mitad porque me he sentido avergonzado por ser el único adulto que conservaba el apetito en ese momento. Al final, Eusebio se ha dejado ver a las 22:30 y el motivo ha sido para acompañarme a la habitación. Tenía muy mala cara. Como si hubiese estado llorando. Y lo comprendo. Cuando me ha conducido hasta a mi habitación, me ha dado las buenas noches y yo le he ido a entregar mis armas. Me ha contestado "No hace falta. Ya no. Sé que podemos confiar en ti. Hasta mañana, hijo" y ha cerrado la puerta. Ni siquiera ha echado el cerrojo. Desde esto, aquí me encuentro, con mis amigas las ratas, las cuales parecen estar esperando a que me duerma, y dándole vueltas a la cabeza.

A pesar de que Eusebio no me ha dicho que pretende que hagamos mañana, me lo imagino. Y tengo una sensación muy extraña dentro de mi. Nunca antes he sentido esta sensación. Y esto me preocupa. Es como si algo malo fuese a ocurrir mañana...


- Erik -


viernes, 16 de julio de 2010

+ 16-07-10 + Cazador cazado

Hoy, después de repostar combustible en la única gasolinera que me he encontrado en el camino, he descubierto algo bastante interesante. Llevo varios días en los que no he encontrado signos de vida en mi camino, pero mientras extraía combustible del surtidor, he escuchado el ruido de un motor. El sonido era de una moto. Me he quedado atónito durante unos segundos, intentando averiguar la procedencia del sonido. Por más que he mirado en las carreteras colindantes no he visto el vehículo. No he perdido tiempo, he llenado el depósito a mitad, me he montado en la moto y he tomado rumbo a la autovía. Cuando he llegado a la siguiente salida, la cual llevaba a un pueblo llamado "Mont-Roig del Camp", me he desviado por esta carretera comarcal. El motivo es que el vehículo que oído no transitaba por la autovía, si no por una carretera próxima a la gasolinera y esta salida era la más cercana. He conducido por aquí durante unos minutos, esquivando a unos pocos merodeadores que me ido encontrando. Al final, he llegado a una rotonda. Mi sorpresa ha sido que la entrada a esta estaba parapetada con tierra y escombros. La entrada y todas las salidas de la rotonda. He dejado la moto con el caballete puesto, he apagado el motor y he bajado a inspeccionar. Era imposible que el vehículo que he escuchado haya transitado por aquí. Me he equivocado. Viendo el montón de tierra y escombros que bloqueaba la carretera me he dado cuenta de que se trataba de una barricada. De entre los cascotes y tierra también habían sacos amontonados. ¿Quién y con que fin había hecho esto? He bordeado la barricada y he inspeccionado los siguientes parapetos. Habían dos que hasta tenían alambre de espino. Esta claro que esto no lo han hecho para frenar a los merodeadores, ya que sería inútil porque estos no tienen problemas para bordearlo como yo he hecho saliendo de la carretera. Esto esta hecho para frenar a viajantes. Ha sido entonces cuando me he percatado de lo que había en el centro de la glorieta. Bajo una pequeña estatua ornamental de unos toros, había un cadáver, el cual parecía de un merodeador, atado en la base de mármol de la estatua. De su cuello colgaba un cartón que parecía escrito. Mientras me he ido acercando, he podido ir viendo más detalles. Atadas con finas cuerdas y colgando de todos los extremos y salientes de las dos estatuas, habían al menos una decena de cabeza cercenadas. Parecían de merodeador, pero esto es imposible saberlo. Era muy tétrico ver como se mecían con el viento. Me produjo escalofríos. Cuando llegué frente a la estatua, observe el cadáver del cartel. En este ponía: "Forasteros, no sois bienvenidos. Marcharos por donde habéis venido". El cadáver se reanimó momentos antes de que acabara de leer la frase. Este abrió los ojos, los cuales clavó en mi, y comenzó a gemir agonizantemente. Rápidamente lo encañone con mi arma, pero no disparé, ya que estaba bien atado y no podía soltarse de sus ataduras. Ahora, en frío, me alegro de no haber disparado, ya que estoy casi seguro de que en la casa de los ancianos me asaltó esa horda de merodeadores porque fueron atraídos por mis disparos. Di media vuelta y me dirigí hacía mi moto. Para mi sorpresa, había alguien junto a mi moto. Estaba agachado junto a esta y de espaldas. He empuñado el rifle y lo encañonado mientras avanzaba hacía él. Cuando he estado lo suficientemente cerca, le he gritado "¡Eh! ¡tú! ¡¿que haces en mi moto?!". Al oír mi grito, este individuo se ha girado. Y mi sorpresa ha sido el descubrir que ese individuo era un niño de apenas 12 años. Cuando me ha visto apuntándole a puesto una cara de pena que me ha conmovido el alma. Entonces he bajado el rifle y le he dicho que se tranquilizase, que no le iba a hacer daño. El niño, de pelo castaño y la cara sucia, me ha mirado a los ojos y ha transformado su cara de pena en una cara de diablillo, con una picara sonrisa en la boca. Ha abierto su mano derecha y me ha enseñado algo. En sus manos tenía una pequeña navaja y acto seguido ha dirigido la mirada a la parte baja de mi moto. Yo no entendía nada, entonces he mirado a donde él miraba y lo he comprendido todo. Las ruedas de mi moto estaban rajadas. El puto niño me acababa de pinchar las ruedas. Le he gritado "¡¡Niño de los cojones!! ¡¿Por qué has hecho eso?!". Este, soltando una sonora carcajada, ha echado a correr en dirección campo a través. Le he gritado que no corriera, que no le iba a hacer nada. Pero el niño me ha hecho caso omiso y ha seguido corriendo. Entonces he salido corriendo detrás de él.

El niño me sacaba una distancia increíble y era rapidísimo y muy ágil. Saltaba los matojos y demás obstáculos con mucha facilidad, mientras que a mi me costaba una barbaridad. Mientras corría, tuve un traspiés que casi me hace caer al suelo, pero por suerte he podido mantener el equilibrio y seguir con la marcha. Este se interno en una pequeña arboleda. Me costó llegar aquí una eternidad. Como pude, atravesé todos los matojos y me libré de las ramas de un rosal que me han dejado los brazos y las piernas hechos un asco. Cuando crucé la arboleda, divisé al niño. Este estaba bastante lejos y se encontraba saltando un muro de hormigón. El muro que saltaba parecía que era de una fábrica. En menos de dos segundos se encaramó al muro y se perdió tras de él. Fatigado y exhausto, emprendí de nuevo la carrera. En realidad, no sé muy bien porque me he encabezonado tanto en perseguir a este niño. Esta claro que no iba a conseguir una explicación convincente de porque había hecho lo que ha hecho, pero quizás ha sido porque es un niño y he sentido compasión por él al mismo tiempo que también quería averiguar si estaba solo o acompañado. Cuando he llegado al muro, he trepado por él como he podido, costandome el triple de lo que le ha costado al niño. Una vez encaramado a este, he saltado al otro lado y he buscando la ruta que había podido seguir el niño. Me encontraba en un gran patio de una fábrica de neumáticos. Delante de mi se alzaban dos inmensas naves de trabajo. Seguí mi instinto y me dirigí hacía el edificio más grande. Cuando llegué y crucé la puerta, me encontré en una inmensa sala polvorienta, con maquinaria pesada. Anduve por la sala vigilando todos los rincones. Al fondo de la sala, sobre una cinta transportadora, vi al niño de marras. Estaba gateando y metiéndose en el interior de la gran máquina. Le grité que se detuviera, que podía ser peligroso y acudí rápidamente para impedirlo. Cuando llegué, el niño ya se había metido en el interior y, cautelosamente, me asomé por la abertura de la maquinaria. Allí dentro, acurrucado y con la navaja en la mano, estaba el crío. Le alenté a salir, pero este me contestó sacándome la lengua en tono burlón. Me dispusé a entrar a sacarlo cuando desde mi espalda, una voz infantil me chilló "¡Ni lo intentes, capullo!". Me giré y vi a dos niños. Uno de ellos me estaba apuntando con una escopeta que era casi más grande que él. El otro sostenía un gran palo macizo. El de la escopeta me ordenó que tirara el arma. Hice caso omiso e intenté negociar. Les dije que no quería hacerle nada malo a su amigo, que solo estaba de paso e intentaba ayudar. El niño de la escopeta, de unos 13 años, le ordenó al otro que me quitara el arma. Me sentí ridículo viendo como un crío de 11 años me desarmaba. Pero no me podía arriesgar a hacer nada, un niño con un arma es tan peligroso o más que un adulto. Otra voz sonó. Provenía del piso superior, de una pasarela flotante. Cuando miré, vi a dos niños más, ambos apuntándome, uno con un fusil automático y otro con un tirachinas. El del fusil parecía de unos 15 años, pero el otro, el canijo del tirachinas, no sobrepasaría los 11. El más pequeño dijo "Borja, mira esto" y acto seguido descargó su tirachinas. Pude ver como la piedra surcaba el espacio aéreo de la fábrica y me impactaba en el hombro. El dolor me recorrió la zona y me dejé caer al suelo con la mano en la zona del impacto. Mientras yo casi me retorcía de dolor, toda la turba de críos se reían a carcajadas, hasta el que hace un momento lo había estado persiguiendo, el cual ya había salido de su escondite. Dos proyectiles de tirachinas más me impactaron nuevamente, esta vez en el abdomen y cabeza. El impacto de la cabeza me hizo una brecha y no tardó en brotar la sangre y correr por mi cara. Pero lo niños siguieron riéndose. Ahora comprendo el dicho de que los niños pueden llegar a ser muy crueles. El niño del fusil gritó "¡Basta! ¡Rober, átalo de pies y manos!". Este saco de su bolsillo varias bridas y me las puso en las manos y en los pies. Mientras él hacía eso, yo intenté hacerles comprender a los niños que no era un enemigo, que me dejaran marchar. Solo conseguí que el niño del palo me "acariciara" con este. Por suerte, un niño de 11 años no tiene ni la fuerza ni la destreza con una palo que puede tener un adulto. Aun así, los golpes fueron dolorosos. Una vez inmovilizado, los niños de la pasarela superior bajaron y se reunieron con los demás. Entonces, comenzaron a preguntarme que hacía aquí, que quién era. Yo me expliqué, pero como niños que son, aunque jugasen a ser adultos, ni me comprendieron ni me prestaron atención. El niño de la navaja se dedicó a hacerme burla y a hacer bailes absurdos mientras yo hablaba. Esto desvió la atención de todos y no me escucharon. Entonces comenzaron a hablar de que hacer conmigo. Esto me heló la sangre. El niño del palo dijo "Eh, eh, chicos, esto es mejor. Podíamos chafarle la cabeza con una piedra grande. ¿Nunca habéis visto lo que hay dentro de la cabeza? Yo sí, una vez, ¡y es asqueroso!". Otro dijo "No, no, mejor lo abrimos con la navaja de Charly. Yo podría hacerlo, lo he visto hacer a mi padre con los cerdos". Otro "Podíamos decírselo a los demás... (esto me dio una ligera esperanza, la cual se desvaneció con lo siguiente) O no, mejor, lo atamos a un palo y hacemos puntería con las armas, disparandole". Entonces el más mayor habló "No, yo decidiré lo que haremos. Traer un merodeador". Todos los niños menos este se alejaron corriendo entre risas. No podía ser que estuvieran planeando lo que me temía. En ese momento pensé que iba a morir de la misma forma que dejé morir a aquel caníbal que me capturó en Valencia. Le pregunté al niño que pretendían hacer con un merodeador y él me contestó "Divertirnos". Le rogué que no lo hicieran, que me soltaran. Hasta le pedí que si querían diversión, que me soltaran las ataduras para poder luchar con el merodeador, que de esta forma sería más divertido para ellos. Él me contestó "No, queremos que te coma. Si te defiendes no tiene gracia. Nuestros padres siempre nos han impedido que veamos como comen los 'lentos'. Ahora lo vamos a poder ver". Entonces le dije que si sus padres estaban vivos, que si había adultos con ellos. No me contestó. No tardó en oírse los gritos de los demás niños. Decían "¡Por aquí, 'lento' cara de culo!", "¡A que no me pillas, tonto!" y "¡Aquí tienes comida, feo!". Los niños entraron y pude ver como lanzaban piedras al exterior. Rápidamente, todos los niños incluyendo el que me custodiaba subieron escaleras arriba y tomaron posiciones en la barandilla para observar bien la escena. Por la puerta no tardó en entrar un merodeador. Este, de movimientos torpes y consumido por la putrefacción, comenzó a observar la sala. En seguida fijo sus ojos en mi. Yo, tendido en el suelo, me mantuve quieto como una piedra con la esperanza de que no me distinguiera. Pero de nada sirvió. Con un sonoro gemido y con un paso torpe hacía mi indicó que ya sabía donde ir. Por cada paso que daba, sus roídos ropajes de chaqueta y pantalón de vestir a cuadros le bailaban en su escuálido cuerpo. Yo empecé a chillarle a los niños que por favor lo evitaran, pero estos se reían y hasta animaban a gritos al merodeador. Era como quién ve una pelea de boxeo y anima a su favorito. Cada paso lento que daba comprendía que estaba condenado, pero aun así, seguí gritando e intentando soltarme de las bridas. Estaban muy fuertes y era imposible soltarse, pero yo seguí hasta que comencé a notar que me estaban haciendo sangre en las muñecas. Ya estaba a apenas dos metros de mi y los niños estaban más ansiosos, gritando vítores. El merodeador dejo caer sus rodillas al suelo y puso sus zarpas sobre mi espalda. Poco a poco, empezó a acercar su cabeza con la boca abierta hacia mi cuello. Por cada movimiento que hacia acercándose, podía oír todas las articulaciones de su cuerpo crujir violentamente. Yo intenté propinarle un rodillazo, pero me era imposible, las ataduras me tenían limitado. Intenté rodar por el suelo, pero el merodeador me tenía fuertemente agarrado. En ese instante ya podía oler su pútrido aliento. Tenía su boca a centímetros de mi cara. Era imposible escapar. Entonces fue cuando ocurrió el milagro. Una voz resonó diciendo "¡Me cago en dios!" y sonó un disparo. La bala impacto al merodeador en la cabeza y me salpicó toda la cara de mejunje sanguinolento. Este cayó desplomado encima mía. Reptando, me lo quité de encima y vi en la puerta a mi salvador. Un hombre adulto que empuñaba un rifle de caza. Acto seguido, este le gritó a los niños "¡Que cojones habéis hecho, hijos de puta!" y corrió por las escaleras en dirección a los críos. Estos empezaron a colarse por un agujero de una puerta, pero el hombre pudo atrapar a dos de ellos, entre los cuales estaba el mayor de todos. Les quitó las armas mientras estos decían "¡No hemos hecho nada! ¡Abuelo, no nos pegues!". El adulto se quitó la correa y comenzó a azotarlos. Mientras los niños lloraban e intentaban esquivar los correazos, a mi me invadió una risa nerviosa. No me podía creer que estuviera vivo. Si hubiese tardado unos segundos más, estaría muerto y vagando sin rumbo como un merodeador más. Cuando el hombre acabó de azotarlos, los cogió de la oreja y bajo hasta mi posición.

Cuando llegó a mi lado, le expresé mi agradecimiento y le conté lo sucedido, lo que habían hecho los niños y lo que pretendían. Luego le pedí que me soltara de las ataduras. Él me contestó "Tranquilo, cada cosa a su debido tiempo. Sobre lo que han hecho estos niños, obtendrán su castigo. Y uno doble además por adentrarse a zona prohibida para ellos. Desde que les dejamos ir armados se creen vaqueros, así que tendremos que empezar a pensar si es buena idea que tengan armas o no. Bueno, a lo que íbamos, ¿quién eres, que haces aquí, que buscas...?". Le expliqué todo, desde a donde voy hasta de donde vengo. Este hombre de aspecto de pueblo me escuchó sentado en un cascote de piedra y me interrumpió innumerables veces para hacerme más preguntas. Cuando acabé, sacó una navaja de su bolsillo y me cortó las bridas. Entonces me comentó "Mira, vamos a hacer una cosa. Te voy a llevar a nuestro refugio. Obviamente, tu arma estará a mi recaudo y ahora mismo voy a inspeccionar todos tus enseres en busca de más armas. Cuando esté seguro de que no eres peligroso aparentemente, te vendaré los ojos y yo te guiaré hasta nuestro escondite. Por motivos de seguridad, no quiero que veas el camino. Cuando lleguemos, te prestaremos una habitación y te daremos de comer y beber. Cuando llegué la hora de dormir, dormirás bajo llave. Espero que comprendas porque hago esto así. Seguridad. Por el contrario, puedes marcharte por donde has venido. Eso sí, tu arma me la quedaré yo. Tú decides". Lo estudié lo más rápido que pude. Era una opción muy arriesgada, pero este hombre parecía de fiar. Ya estaba en sus manos, pero con los ojos vendados o encerrado en una habitación lo estaría más. Por el contrario, podía obtener mucha información valiosa de él. Además, mi moto estaba inservible y en varias horas caería la noche, así que accedí. Cuando registró mi mochila, encontró mi pistola, la cual se guardó en el pantalón. Después de asegurarse de que no llevaba más armas, sacó una venda y me vendó los ojos. Me llevó al exterior y, una vez allí, me dio varias vueltas para desorientarme. La verdad es que lo consiguió. Entonces, ordenó a los dos niños sádicos que me cogieran de la mano y me guiaran junto a él. Por el camino, comencé a formularle preguntas. La primera fue si habían visto a Iván, del cual le di una breve descripción. Su respuesta me asombró y me llenó de esperanza: "Vimos a un chico que entra en la descripción que dices. Grandote, con pañuelo en la cabeza, con una Harley... Sí. Hace poco menos de un mes. Lo vimos husmeando en una gasolinera que hay a unos pocos kilómetros de aquí. Él no nos vio. Nosotros íbamos a coger combustible cuando lo vimos. Repostó, rebuscó en el área de servicio y se marchó. Fue hacía el norte, en dirección a Tarragona. Por su bien espero que no vaya hacía allí. Es un hervidero de muertos". O sea, pasó por aquí y estuvo en la gasolinera que yo he estado hoy. ¡Voy en buen camino!. Después le pregunté que me contará como iban las cosas por los alrededores y por qué Reus había caído. Su respuesta me lleno más aun de esperanza y sorpresa a partes iguales: "Pues bien, como te dicho, Tarragona es un hervidero. Al menos, la zona Este. Ya intentamos entrar para conseguir alimentos y nos fue imposible. Conforme te vas adentrando al interior de la ciudad, los infectados van doblándose en número. Allí cayó mi hijo hace meses" Aquí ha habido unos segundos de silencio. Le he dado mis condolencias pero él ha seguido hablando. "Sobre lo que dices de Reus, no se de donde te has sacado que ha caído. Sigue en pie y conservando a todos los refugiados". ¿Comprendéis porque digo que me he llenado de esperanza y sorpresa? Me muero por contárselo a Belén y los demás. Sabía que Miguel nos había mentido. Después de oír lo de Reus, exclamé un fuerte "¡¿Qué?! ¡No puede ser! ¡Nos dijeron que había caído!" a lo que respondió "Pues quién te lo ha dicho os ha mentido. No ha caído y sigue como el primer día. Si no me equivoco, con más terreno que cuando nosotros nos marchamos. Cuando nos fuimos, habían comenzado una expansión, limpiando calle por calle la zona no segura y ensanchando el perímetro seguro de las vallas...". Lo interrumpí diciendo "¿Como? A ver si he entendido bien... ¿Tú y los tuyos habéis estado en la ciudad segura de Reus? ¿Y que hacéis que no seguís viviendo allí?". Su respuesta fue contundente: "Pues mira, cosas que pasan. Yo he nacido en el pueblo de 'Mont-Roig'. Mi mujer e hijos también. Toda mi familia. Al principio de todo, con la confusión que había nos dejamos llevar por el pánico mediático y acudimos a Reus como miles de personas más. Nos enteramos de que estaban evacuando allí a la gente por un mensaje de radio. Entramos allí a la semana de que Reus se estableciera como zona segura y los militares tomarán el control total de la ciudad. Nos trataron muy bien. Nada más llegar, nos pusieron en cuarentena y nos hicieron pasar controles médicos para asegurarse de que no estábamos infectados. ¿Sabes? Allí no entra nadie sin pasar esos controles. Cuando se aseguraron de que estábamos limpios, nos hicieron firmar una pila de papeles y nos adjudicaron unos pisos. Allí todo funciona como funcionaba antes de todo esto. Hay leyes, oficios, comercios... todo supervisado por el ejercito. A parte, no he visto zona más segura que esa. Y ahora viene porque nos marchamos. ¿Sabes por qué? Porque somos gente de pueblo, no de ciudad. Siempre lo fuimos y siempre lo seremos. Añorábamos nuestro pueblo, el monte, todo. Y la vida de la ciudad nos estresaba. También tuvimos otras muchas discrepancias que nos llevaron a desertar de la ciudad, pero la principal fue esa, que no cambiábamos nuestra tierra y forma de vida por estar más seguros. Nosotros hemos sido cazadores toda la vida, así que no tenemos problemas en generarnos la seguridad nosotros mismos. Te aseguro que es más peligroso y difícil matar un jabalí que a un merodeador. Ya estamos llegando. En seguida te quito la venda".
Esto es algo que no he comprendido. Se van de la, posiblemente, única ciudad segura de España porque ¿les gusta vivir en el campo? ¿como se come eso? No lo entiendo. Absurdo totalmente. Y tampoco he entendido a que se refería con las discrepancias. No he podido hacerle más preguntas al respecto en ese momento.

No hemos tardado en llegar a su famoso refugio. Los niños me han soltado y este hombre me ha quitado la venda mientras me decía "Por cierto, me llamo Eusebio. ¿Tú?". Le he contestado y me ha dicho que le siguiera. He observado a mi alrededor. Estábamos frente a un pequeño caserón rodeado de campo. A lo lejos he podido divisar un pueblo, el cual he podido suponer que era el famoso pueblo de 'Mont-Roig'. Cuando Eusebio me ha dado la espalda, uno de los críos, el más pequeño, me ha sacado la lengua y me ha dado una patada en la espinilla, después, ha salido corriendo. Os juro que si pudiera, a ese niño le iba a dar unos cuantos azotes. A ese y a los otros cuatro. He seguido a Eusebio hasta las proximidades de la casa. Entonces ha comenzado a apartar unos matojos del suelo y ha dejado al descubierto una portezuela metálica incrustada en el suelo. La ha abierto y a comenzado a descender por unas estrechas escalinatas. Le he seguido y le he preguntado que si esto era un sótano. Él me ha dicho "No. Es un antiguo refugio antiaéreo de la guerra civil. El último propietario de la casa lo reformó en los años 60-70 y lo hizo más habitable y confortable. Era un antiguo ex-legionario obsesionado con el tema de la guerra fría y un posible ataque nuclear contra España. Estaba loco. Quien se iba a molestar en tirar una bomba nuclear contra este poblacho... Al menos nos ha venido bien este sitio para refugiarnos. Sígueme". Caminamos por un angosto pasillo. Este estaba iluminado por bombillas que colgaban del techo de tierra. El pasillo se adentraba descendiendo ligeramente. Al final, llegamos a una pequeña sala iluminada con una tenue luz. El techo estaba apuntalado por grandes maderos. En el centro de la sala había una mesa y varias sillas. Al fondo de la habitación había una puerta metálica. Eusebio se acercó a esta y la abrió. Yo le seguí por otro largo y estrecho pasillo. Cuando llegamos al final de este, Eusebio dijo "Traigo visita". Me situé junto a él y observé donde me encontraba. Ante mi se extendía una gran sala de unos 10x10 metros, reforzada por varias vigas de obra metálicas. En la sala habían varios sillones y hasta un aparador. Sobre este había una radio. En el centro de la sala, frente a una gran mesa, habían cinco personas, las cuales tenían clavados sus ojos en mi. En un extremo de la mesa, una mujer mayor que estaba pelando patatas sobre un bol, a su lado, una mujer de unos 45 años. En el otro extremo, un chico de unos 30 años junto a una chica de edad similar. De pie junto a ellos, otro chico de la misma edad. Este último preguntó "¿Quién es?". Eusebio comenzó a explicar todo lo ocurrido, pero él no le dejo terminar. En un tono de voz elevado, comenzó a vociferar "¡Esto es una locura! ¡¿Ahora alojamos a forasteros?! ¡¿Entonces para que nos arriesgamos en montar toda la parafernalia de la rotonda?! (al oír esto, miré a Eusebio. Me sigue sorprendiendo que hayan sido ellos los que montaron todo eso en la rotonda) Con todos mis respetos, tío... ¡eres un maldito ignorante! ¡No me extraña que el primo muriese en Tarragona!". Después de esto, cogió su escopeta, que estaba en la mesa, y se marchó por un oscuro pasillo no sin antes lanzarme una mirada asesina. Eusebio me miró y después miró a todos los presentes. La mujer de unos 45 años se pronunció: "No es prudente lo que has hecho. Siento reconocer que en eso mi sobrino tiene razón. Pero lo hecho hecho esta. Que cené con nosotros y después llévalo al almacén. Allí hay un colchón donde podrá dormir. Enséñale el refugio mientras nosotras preparamos la cena". Eusebio me invitó a acompañarle. Le pude ver afectado después de todo lo que le había dicho ese individuo. Entonces le pregunté si habían sido ellos los que habían puesto todo aquello en la rotonda. Me contestó en tono apagado. "Sí. Lo hicimos entre mi sobrino, hijos y yo. El motivo fue para alejar a los forasteros de aquí. No nos fiamos de nadie. A ti también te incluyo en el bote, así que no te engañes por nuestra hospitalidad. Por cierto, espero que disculpes a mi sobrino Andrés. Tiene muy mala leche y no se corta ni un pelo. Dos de los niños que te han asaltado hoy son hijos suyos. Los otros dos son hijos de mi hijo, el que estaba en la sala. El más mayor, de mi hijo el que murió...". Eusebio me enseño todo el refugio. Este era laberíntico, lleno de pasillos, salas y pequeñas habitaciones improvisadas. Hasta hay una segunda salida. El lugar es muy oscuro, ya que no entra nada de luz del exterior. El sitio parece muy seguro y oculto. Me llamó la atención algo. Estaba hablando con él junto a una puerta de una habitación cuando esta se abrió y apareció Andrés. Este nos miró con desprecio y cerró la puerta. Mientras cerraba esta, me pude fijar en el interior. Era una pequeña habitación alumbrada por una tenue luz. Al fondo había un pequeño camastro donde me pareció ver a alguien tapado. No me dio tiempo a ver más. Andrés terminó de cerrar la puerta y se marchó. No pude resistir la curiosidad y le pregunté a Eusebio "¿Esto es otra habitación? ¿De quién es?". Él me miró y contestó: "Sí, pero no te la puedo enseñar. Esta mi nieta, la hija de Andrés. Esta bastante enferma... Es diabética y se nos ha acabado la insulina. Va a peor cada día... y no podemos darle su insulina porque no encontramos. Hasta hace unas semanas no teníamos problemas para conseguir, pero ahora, imposible. El tiempo corre en nuestra contra".

La tarde pasó rápido. Esta la pasé junto a Eusebio y su otro hijo, ayudandoles a poner combustible al generador de electricidad del refugio. No me quitaron ojo ni me dieron la espalda en ningún momento. Cuando llegó la hora de cenar, nos sentamos en la mesa mientras la mujer de Eusebio y su suegra servían la mesa. Nos sirvieron un cocido de conejo con patatas, el cual estaba riquísimo. El momento de la cena ha sido muy incomodo. Salvó unas pocas preguntas que me ha hecho la mujer de Eusebio y el griterío de los niños, nadie más habló. Andrés ni siquiera apareció a cenar. Por lo visto, esta muy molesto con mi aparición y que haya decidido quedarme esta noche. No se fía de mi. Ni él ni nadie. Y no les culpo. Al terminar la cena, Eusebio me llevó hasta la que sería mi habitación. Cuando abrió esta y encendió la bombilla, pude ver como unas ratas corrieron a esconderse entre unos sacos de patatas. Era una sala grande, repleta de sacos, latas de comida, garrafas de agua y enseres varios. De detrás de los sacos sacó un sucio colchón con una manta y lo dejo caer en el suelo. Antes de irse me dijo: "Como te dije, voy a cerrarte con llave hasta mañana a las 8. Te agradecería que no comas nada de la comida que aquí hay. Tenemos los víveres racionados. Por el agua, no te preocupes. Bebe toda la que quieras. La de las garrafas esta limpia y ha sido hervida, así que puedes beber tranquilo. Y si necesitas hacer tus necesidades, haz uso de aquel cubo. Eso si, mañana a primera hora no olvides vaciarlo. Que descanses". Tras de él ha cerrado la puerta y he podido oír como ha echado los cerrojos exteriores. De esto hace unas horas y aquí estoy, sentado sobre un polvoriento colchón, con una mugrienta manta y viendo como las ratas corren de un lado a otro. He estado husmeando entre los trastos y he encontrado un pequeño cuchillo. Me lo he guardado en el pantalón. Ellos no son los únicos que no se fían. Yo tampoco me termino de fiar de ellos, así que mejor guardar una carta en la manga por si acaso. Parecen buena gente, pero los he conocido más hospitalarios que han resultado ser psicópatas.

Todavía me duelen los golpes y heridas de esta tarde. Al menos, la brecha de mi cabeza ha cerrado bien, aunque también me duele. Putos niños...
Voy a intentar dormir. Si nada me lo impide, mañana retomaré mi marcha. Este descanso no me va a hacer daño, al contrario. Además, sabiendo que Reus sigue en pie, voy a dormir más feliz que nunca. Aunque ese sentimiento de felicidad es contrarrestado por el pensar que Miguel nos mintió y no sé con que fin. Eso me preocupa, ya que Belén y los demás siguen allí.

Buenas noches.


- Erik -