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miércoles, 12 de enero de 2011

+ 12-01-11 + Medidas desesperadas

Es increíble con la rapidez que se ha vuelto a llenar el edificio de esas cosas inmundas. A las escasas horas de nuestro intento fallido de escape, el rellano ha vuelto a estar igual de repleto o más. Lo he podido comprobar con mis propios ojos, ya que no he quitado ojo de la mirilla en estos días. Decenas de merodeadores campando de nuevo a sus anchas, agolpándose por las escaleras, restregándose sanguinolentos por las paredes del rellano... Una locura. Y ahí fuera, la cosa ha cambiado, pero para peor. Es imposible calcular el número de merodeadores que rodean el edificio, agolpándose en la puerta. Una jodida marea de seres que se pierden allá donde la vista no llega. ¿Como puede ser? ¿Qué les hace venir hasta aquí? Son estúpidos y poco inteligentes, pero la falta de inteligencia la compensan fuertemente con un extraño sexto sentido. Es como si deambulasen sin rumbo hasta que se topan con una horda de congéneres que se agolpan sobre algún lugar, y entonces piensan "¡Anda! ¡Aquí hay comida!", sumándose a la multitud. Resulta gracioso, ya que esto debe ser un remanente de sus antiguas vidas. Los seres humanos, antes de que todo esto comenzase, actuábamos de manera muy similar. ¿Quién no ha ido paseando por la calle y, al ver una muchedumbre agolpándose sobre algo, se ha unido a la turba para curiosear? Por eso digo que ese extraño sexto sentido es casi seguro un remanente de sus antiguas vidas. Suena estúpido, pero es la explicación más lógica que encuentro.

Tras nuestra frustrada incursión, los días han pasado lentos y angustiosos. El saber que tenemos tan cerca una horda todavía más numerosa, acechando, muriéndose por darnos caza y roer nuestros huesos, nos ha puesto los nervios a flor de piel. El que más ha sufrido esto ha sido Iván. Se ha pasado todos estos días andando de aquí para allá, murmurando, maldiciendo, asomándose al balcón en busca de una idea que nos sacara de esta improvisada cárcel. Intentar establecer dialogo con él ha sido prácticamente imposible. El mero hecho de ofrecerle su ración diaria de alimento era suficiente para crisparlo. En varias ocasiones casi se enzarza con Eduardo en una fuerte discusión de esas que nunca acaban bien. Todo este tiempo que he pasado junto a él me ha hecho conocerlo hasta tal punto que me resulta algo 'fácil' amainar su ira. Y menos mal que he sabido evitar las discusiones a tiempo, ya que si llega al punto álgido de su rabia, le importa tres pepinos que hayan cuantos quieran merodeadores tras la puerta, que se pone a vociferar y a dar golpes sin miramiento alguno. Antonio se las ha visto y deseado para esquivar a Iván. Desde que tuvo el breve enfrentamiento con él, en el que casi lo golpea, el estar en la misma habitación que él le ha producido un profundo pavor. A la mínima que lo veía por el pasillo o en el salón, se iba a toda prisa a otra estancia. La verdad es que me sabía mal verlo padecer de esa forma, ya que queráis que no y a pesar de todo, no hemos dejado de ser unos simples invitados, pero ahora, me es indiferente. Las cosas han cambiado mucho en apenas unos días.

Hoy ha salido un día esplendido. No sé porque, pero tenía la ligera esperanza de que llovería brindándonos una nueva oportunidad para intentar escapar. No ha sido así. He permanecido parte de la mañana en el balcón, acompañado de Belén. Juntos no hemos parado de darle vueltas al asunto en busca de la esperada solución a nuestro problema. Yo no conservaba esperanzas de que tras días y días de darle vueltas al asunto ahora se me fuese a ocurrir algo por obra divina. Ya habíamos barajado todas las opciones habidas y por haber. Susana, ayudada por Esther, estaban dividiendo las escasas raciones de víveres que quedaban. Quién iba a decir que esa efímera tranquilidad se iba a ver truncada. Días y días velando por que nadie del grupo hiciese el más ligero ruido que pudiese alertar a los merodeadores que permanecían en la escalera para que la niña lo truncase todo. No tengo derecho a culparla, es solo eso, una niña. En todo caso tengo que buscar responsables entre nosotros, que somos los que deberíamos de haber estado más pendientes de ella. Marta, ajena a la realidad, estaba jugando. No sé como, pero por lo visto ha cogido una de la sillas y la ha situado junto al mueble de salón. Se ha subido en esta para intentar coger un pequeño osito que colgaba de una figurilla y ha ocurrido lo peor. La figurilla de porcelana se ha precipitado al suelo, realizando un estrepitoso ruido a la vez que se partía en mil pedazos. Al escuchar esto no he podido evitar saltar de la silla. La sangre se me ha congelado en las venas y he girado la cabeza con la extraña sensación de que todo a mi alrededor transcurría a cámara lenta. Mis sienes retumbaban hasta tal punto que parecían que me iban a estallar. He podido ver a la niña encaramada a la silla devolviendome la mirada con su inocente rostro. Esther y Susana se tapaban la boca evitando así soltar un grito. Eduardo e Iván no han tardado en hacer aparición en el salón. Yo, sin perder tiempo, he entrado a toda prisa y me he quedado quieto, agudizando el oído. El silencio era sepulcral. ¿Era posible que semejante ruido no hubiese sido detectado por los merodeadores?. Iván ha hecho ademán de propinarle un azote a la niña, pero he sujetado su brazo con fuerza, evitándolo. Este me ha devuelto la mirada con la ira reflejada en sus ojos, pero no ha habido tiempo para más. Un fuerte golpe ha resonado en la puerta de la entrada. El corazón se me ha desbocado. Dos nuevos golpes le han seguido, dando paso a una lluvia de fuertes embistes sobre esta. Asustados, hemos corrido hasta llegar al recibidor. Estábamos perdidos. Esa puerta no iba a aguantar mucho tiempo, y aunque lo hiciese, estábamos en una ratonera. Sin comida apenas podíamos resistir mucho tiempo más encerrados. Antonio ha hecho acto de presencia y apenas ha podido articular una palabra. La puerta se tambaleaba por cada embiste recibido al tiempo que los desagradables gemidos de los ansiados merodeadores inundaban la casa. Marta ha proferido un grito y Esther se ha apresurado a taparle la boca, intentando tranquilizarla, inútilmente. Eduardo, Iván y yo nos hemos lanzado sobre los parapetos que obstaculizaban la puerta y hemos ejercido fuerza sobre estos. Aunque era algo inútil, ha sido lo único que se nos ha ocurrido. Belén, acompañada de Susana, se han dirigido a toda prisa en busca de las armas. "¿Alguna idea?" ha preguntado Eduardo nerviosamente. Ninguno hemos sabido contestarle. Si en tantos días no se nos ha ocurrido algo, bajo presión, menos. Los embistes eran cada vez más y más fuertes. Los muebles temblaban cada vez más violentamente. Mientras sujetaba el aparador, he dirigido una furtiva mirada a Iván. Sus descomunales músculos de los brazos se tensaban con fuerza a la vez que su rostro dibujaba una expresión meditabunda. No ha tardado en romper su silencio: "Eduardo, ¿crees que podrás seguir aguantado esto tu solo?". Desconcertado, le ha devuelto la mirada. "Eh... Sí. Pero si me ayuda Antonio sería mucho mejor". Este, plantado inmóvil tras nosotros, ha reaccionado, captando la indirecta. "Sigueme, Erik, ¡vamos!" ha exclamado Iván, soltando los muebles y dejando hueco a Antonio. Yo también he soltado y esto se ha hecho notar, ya que el mobiliario parapetado ha empezado a temblar con fuerza. He seguido a Iván bajo la atenta mirada de las chicas. Este ha buscado desesperadamente el hacha y cuando lo ha encontrado, se ha dirigido a Susana: "¿Cuantos edificios lindan con este?". La joven ha meditado la respuesta y ha contestado "Unos tres... creo". "Perfecto. Erik, coge cualquier herramienta como un martillo, destornillador... ¡Lo que sea!". He buscado desesperadamente hasta encontrar una pequeña maza. No he podido evitar preguntarle que planeaba, a lo que ha contestado "Algo que descarte por ruidoso y lo reservaba como medida desesperada". Tras finalizar la frase, ha abierto de una patada la puerta de nuestra habitación y ha retirado bruscamente una de las camas. Alzando con fuerza el hacha, lo ha dirigido con todas sus fuerzas contra la pared. Un gran trozo de yeso se ha descorchado de esta a la vez que ha repetido la misma acción. Ya entendía cual era su plan. Estaba abriendo una vía de escape a través de la pared. Aunque al principio me ha parecido algo descabellado y lento, he comprendido que era la única opción en ese momento. Como he podido, he comenzado ha propinar mazazos yo también, pero con cuidado de que no me cortase la mano u otra parte de mi cuerpo con el hacha. Apenas hemos tardado en desyesar parte de la pared y dejar los ladrillos al descubierto. Llegar hasta ese punto nos había supuesto un gran esfuerzo; tan solo bastaba con mirarnos. Estábamos empapados de sudor y ni siquiera habíamos empezado. De la frente de Iván manaba sudor a borbotones, como si de una fuente se tratase. Pero a pesar de ello, no cejamos en nuestro empeño. De nuestro éxito dependían las vidas de todo el grupo. Aunque los ladrillos se desquebrajan, era una tarea ardua y costosa, pero daba sus frutos. Un pequeño agujero ya dejaba al descubierto el otro lado de la pared. Eduardo ha dado un grito. Me visto obligado a dejar lo que estaba haciendo y he acudido a toda prisa a la llamada. No ha hecho falta que me dijese nada, he comprobado con mis propios ojos el porque ha gritado. La puerta ya estaba cediendo. Gran parte de esta estaba astillada y las bisagras a punto de saltar. Era cuestión de tiempo que la derribaran.

He vuelto a toda prisa con Iván al tiempo que Esther, Belén y Susana se sumaban a la contención de la puerta; no sin antes reforzar el parapeto con múltiples enseres que realmente poco o nada iban a hacer. Iván ya había abierto un agujero considerable en la pared, pero no lo suficiente ancho para caber uno de nosotros. Esto no se ha dado hasta el momento que he sumado fuerzas con mi mazo y hemos desquebrajado aun más la pared. El agujero ha sido lo suficientemente ancho como para pasar a duras penas. En cuanto lo hemos hecho, Iván con más dificultades que yo, nos hemos encontrado en la casa contigua. Esta olía intensamente a cerrado con un ligero matiz a moho. Una fina película de agua corrompida inundaba el suelo de la casa. Chapoteando, nos hemos dirigido a toda prisa por el salón en busca de una nueva pared que picar. Esta casa pertenecía al mismo edificio, así que era absurdo escapar por la puerta de esta. Habríamos estado en las mismas que antes. Sumergido en la penumbra de la casa y con sumo cuidado de no toparnos con algún viejo morador, hemos localizado la nueva pared a picar. Sin perder tiempo, nuestras herramientas han comenzado a abrir una nueva brecha en la pared. A causa de la humedad, el yeso se ha desprendido rápido y nos ha facilitado el trabajo. Mientras Iván picaba los ladrillos, he vuelto sobre mis pasos y he llamado a Belén. Le he pedido que cogiera todas las armas y demás enseres y los fuese trasladando por el agujero. Así lo ha hecho. Apenas ha terminado de hacerlo, cuando ha cundido la histeria. Un fuerte sonido de derrumbe se ha hecho eco cuando cogía la última mochila. Y es que los merodeadores han terminado deribando la puerta. He podido ver como Eduardo y todos los demás retrocedían hacía el salón totalmente alarmados. Debido al shock, no recuerdo bien que he hecho en ese momento, pero creo que he cogido a Belén de un zarpazo y la he arrastrado a través del agujero. A mi espalda Iván seguía picando la pared, en la cual ya había comenzado a abrir un pequeño agujero, aunque no lo suficientemente grande como para que pasáramos a través de este. Tras Belén, ha pasado Marta ayudada por Esther. En ese justo instante, a través del agujero, he podido ver como hacían aparición los primeros merodeadores arrastrándose sobre los parapetos. Eduardo los ha golpeado con una silla mientras Susana y Esther atravesaban el agujero. Eduardo, a trompicones, ha soltado la silla y huido de la cada vez más numerosa horda. Entre todos le hemos ayudado a pasar. Nos disponíamos a intentar taponar el agujero cuando nos hemos percatado de algo: faltaba Antonio. Este estaba al otro lado de la pared, siendo rodeado por gran cantidad de merodeadores. Lo hemos llamado y este no ha tardado en correr hacía el agujero. Agachándose, ha metido la cabeza y, entre nerviosos murmullos, ha intentado pasar el cuerpo. No sé como, quizá se ha enganchado la ropa o cinturón con algo, pero el caso es que no ha pasado ni más de la mitad del cuerpo. Ha sido horroroso verlo gimotear al tiempo que manoteaba violentamente. Entre todos lo hemos cogido y tirado de él con toda nuestras fuerzas, pero ha sido inútil, estaba bien clavado en algo. Antonio nos ha suplicado una y otra vez que lo sacáramos de allí, pero por más que lo hemos intentado, no hemos podido. Justo en ese momento, Susana nos ha gritado que nos quitásemos del medio. No me preguntéis porque, pero le hemos hecho caso. Tras decir "Padre..." y quedarse callada, ha cogido carrerilla y ha corrido hacía él, chillando "¡Vete al infierno!". Todos nos hemos quedado perplejos al tiempo que le propinaba un fuerte empujón, devolviéndolo por el agujero de nuevo a la casa. Antonio ha rodado por el suelo un par de metros y varios merodeadores que permanecían a su alrededor se han abalanzado sobre él. No podéis ni imaginar lo horrible que ha sido contemplar esa escena. Aun puedo ver a esos merodeadores; como el cadáver de una disecada anciana le mordía el vientre y... le sacaba los intestinos, mientras un mutilado adolescente le devoraba el cuello... y sus gritos desgarradores... no me los quito de la cabeza.
Mientras Eduardo corría un gran mueble y taponaba el agujero, le he gritado a Susana: "¡¿Estas loca?! ¡¿Qué has hecho?! ¡Era tu padre!" y me he preparado para propinarle una bofetada. No lo hecho, ya que sus palabras han frenado mi mano. Entre desesperados sollozos, ha dicho "¡¡Ese hijo de puta cobarde era mi padre y me violaba cada noche!! ¡¡Desde que yo tenía 7 años!! ¡¡Tú no sabes nada de lo que yo he sufrido, no puedes hablar!!". Me he quedado muerto al escuchar esas palabras. El silencio se ha apoderado de la sala, solo roto por los hachazos de Iván y los lloros de Marta. No he sabido que contestar, solo me he quedado quieto, viéndola llorar amargamente. Justo en ese instante, Iván ha gritado "¡Ya esta! ¡Vamonos cagando hostias!". Al girarme he descubierto que había abierto un gran agujero en la pared por el cual él ya estaba pasando. No era momento de seguir con el debate, debíamos marcharnos a toda prisa, ya que los merodeadores ya estaban golpeando el mueble que taponaba el agujero. Sin tiempo que perder, nos hemos dirigido hasta el agujero y comenzado a pasar uno a uno.

Hemos corrido por el nuevo salón que se extendía ante nosotros. La distribución de las paredes nos delataba que se trataba de una casa emplazada en la finca colindante. El sobresalto ha sido generalizado cuando el cadáver que permanecía tendido sobre un sofá, se ha levantado torpemente saliendo a nuestro encuentro. Iván ha sido el encargado de darle pasaporte con el astillado filo del hacha. Una luz de esperanza nos ha iluminado cuando Susana ha dicho "¡El portal de esta finca da a la calle paralela!". Aquello ha sido el empuje que necesitábamos, ya que saliendo por la calle paralela evitábamos ser vistos por la tremenda horda que se agolpaba en la finca en la que hemos estado recluidos. Hemos recorrido el iluminado pasillo hasta llegar a la puerta de la casa. Como era de esperar, estaba cerrada con llave. Pero no se trataba de una puerta robusta, sino todo lo contrario, endeble y frágil. No nos ha supuesto un gran esfuerzo desquebrajarla con el hacha como si fuese una hoja de papel de fumar. Los primeros merodeadores no han tardado en colarse por el agujero de la pared, pero para cuando lo han hecho nosotros ya estábamos bajando por las escaleras de la finca. Armas en mano, hemos llegado sin ningún contratiempo a la planta baja. Todos en fila india hemos cruzado la puerta del patio y salido al exterior. Algún que otro merodeador deambulaba por la calle, pero ni siquiera nos ha hecho falta malgastar una bala, ya que los hemos esquivado con suma facilidad. Discretamente nos hemos alejado del lugar hasta que el cansancio se ha apoderado de nosotros. No se cuantas calles y avenidas habremos atravesado, pero no han sido pocas. En nuestro camino se han cruzado alguna que otra horda considerable, pero no han supuesto un gran problema esquivarlos. Cuando la noche ha comenzado a echarsenos encima, hemos buscado el lugar más adecuado para pasar la noche. El sitio elegido ha sido un banco. La puerta estaba entreabierta, y los cristales blindados nos brindan una reconfortante seguridad. Eso sí, hemos sido precavidos para que ninguna de esas pútridas cosas nos vean entrar, ya que si por una de esas se percatan de cual es nuestro escondite, nos vamos a ver en la misma situación que nos hemos visto en casa de Antonio, con el agravante de que muy difícilmente vamos a agujerear la pared de un banco con un simple hacha. Por lo visto, este banco debió ser saqueado al poco de comenzar todo este 'fregao'. Imaginaros la cara de sorpresa que se nos ha quedado al ver todo el banco alfombrado con cientos y cientos de billetes de 500, 200 y 100 €uros. Por unos instantes he sentido deseos de comenzar a coger todos los billetes que pudiese cargar, pero no he tardado en acordarme que en esta nueva era, eso solo es papel sin valor. Pobres de aquellos incautos que malgastaron su tiempo en saquear el banco en vez de centrarse en huir lo más lejos posible. La visión de la cámara acorazada, en la cual ya estamos preparados para hacer noche, ha sido más sobrecogedora aun. Pilas y pilas de billetes se amontonan por toda la gran cámara. Al menos servirán para darnos algo de calor...

La serie de sucesos de hoy se suman al gran relato de nuestras desesperadas vidas, las cuales llevo tiempo narrando aquí. Sobre el asunto de Susana, que decir. Le he pedido disculpas a la joven y ella solo ha dicho "No me arrepiento de haberlo hecho. Me ha causado mucho daño. Se lo merecía...". En ningún momento me he imaginado que Antonio fuese de ese tipo de personas. Sabía que era un ser apático, cobardón y miedica, pero pederasta y violador, ni por asomo se me ha pasado por la cabeza. En realidad no se de que me asombro, si hoy en día nadie es quien aparenta ser. Aunque ahora que lo pienso detenidamente, habían cosas extrañas en su relación padre-hija. Sobretodo en esa última discusión que protagonizaron. Las palabras de Susana ahora las veo totalmente reveladoras.
Se que es duro decirlo, pero en cierto modo me alegro de lo que le ha ocurrido, pero también me compadezco por Susana, de que haya tenido que ser ella quién ha hecho tan terrible acto.

Nadie derramara una lágrima por alguien que osa abusar de una inocente niña o una adolescente. Nadie.

Ha tenido el final que se merece.


- Erik -


sábado, 8 de enero de 2011

+ 08-01-11 + Historias paralelas

Me he despertado con las primeras luces del alba. El aire fresco de la mañana se ha hecho notar mientras, desconcertado y desubicado, me he percatado de que he pasado la noche durmiendo en la terraza. Por lo visto, tras terminar de escribir la entrada anoche, apoyé la cabeza en la mesa de la terraza y me quedé 'out'. Nada más despertarme, me he levantado de la silla totalmente acartonado y me he desperezado. Mientras realizaba esto, mi atención se ha centrado en un par de gaviotas que, entre sonoros graznidos, planeaban surcando el viento. Ha sido maravilloso ver durante unos instantes la danza de esas dos aves. Una pena que los gemidos de los de ahí abajo hayan desviado mi atención de tan curioso espectáculo. Ha sido como si accionasen un interruptor en mi cabeza, permitiéndome así poder escuchar a los merodeadores que se agolpan alrededor del edificio, ya que unos segundos antes los gemidos estaban pasando desapercibidos para mis oídos. Será que ya estoy demasiado acostumbrado a escuchar los lamentos de estos seres... si se puede acostumbrar uno a esto.
Bien. Estaba observando el panorama cuando he notado que había alguien a mi espalda. Haciendo uso de ese sistema natural de defensa que hemos desarrollado en todo este tiempo, me he girado automáticamente echando mano a desenfundar la pistola. La voz de Eduardo ha resonado, diciendo "Tranquilo, tranquilo. Soy yo". He respirado aliviado. Eduardo me ha dado una palmadita en la espalda y se ha situado a mi lado, apoyándose en la barandilla. "Quién iba a decir que el destino nos iba a juntar de nuevo, ¿eh?". La verdad es que es curioso. Ha continuado diciendo "Según he podido deducir, las cosas no acabaron muy bien con los de la 'Iglesia', ¿no?". No me había percatado hasta ese preciso momento de que todavía no le habíamos contado todo lo ocurrido. Le he recomendado que tome asiento ya que la historia era larga. He comenzado desde el principio, desde el día que decidí partir en busca de Iván. No he escatimado en detalles. Teníais que haber visto la cara que se le ha quedado a Eduardo en cuanto he llegado a la parte de Miguel y de como llevó a toda su comunidad a una psicosis colectiva en la que intentaron sacrificarnos como animales. Y en cierto modo, parte de su cometido consiguieron, ya que María y Elena no han tenido tanta suerte como hemos tenido nosotros. Eduardo se ha puesto las manos en la cabeza y ha exclamado "Y pensar que al principio vi a Miguel como un puritano inofensivo...". Igual que todos. Yo creo que al principio todos tuvimos esa impresión, dejando a un lado la desconfianza habitual que le profesamos a los extraños. He continuado narrándole mis peripecias en solitario y mi estancia en el refugio de Eusebio, así como también mi descubrimiento de que Reus sigue siendo zona segura. Sus palabras "Sí, cierto. Reus nunca ha caído, te lo puedo asegurar". Me he quedado un poco sorprendido ante esta respuesta. Le he preguntado que como sabe esto. Su respuesta me ha dejado más helado aún "Porque he estado allí". ¿Qué? ¿como? Eso mismo le he dicho. Aquí es cuando a comenzado a contarme su historia:

"Lo que oyes. A ver, la historia es algo larga, igual o más que la tuya, pero ya que veo que no tenemos nada mejor que hacer, te cuento. No sé si te habrá dicho algo Belén, supongo que sí, pero tras tu partida de la iglesia de Miguel, ella cayó sumida en una depresión. Andaba de allá para acá, llorando por las esquinas, sin comer, sin apenas relacionarse con nosotros... Había días en los que ni siquiera salía de su habitación y teníamos que ir nosotros a intentar que comiera algo. Bueno, viendo su estado y que tan solo había una cosa que podía hacer por ella, decidí salir en tu busca. Era algo que había estado barajando y así lo hice. Llené una mochila con provisiones, busqué un vehículo y espada en mano, salí rumbo a buscarte. Durante un tiempo estuve siguiendo tu rastro, ya que déjame que te diga, eres un descuidado, Erik. Vas dejando pistas haya por donde pasas. Pero un día, no sé si es que te volviste más precavido o yo cometí un descuido, perdí tu rastro. Y fue entonces cuando me vi vagando sin rumbo. Pensé en más de una ocasión en desistir y volver sobre mis pasos, pero imagina el mazazo que habría supuesto para Belén el verme volver sin ti. Así que no había otra opción que seguir hacía delante. Me metí en algún que otro embrollo con los merodeadores, de los cuales en dos ocasiones no salgo con vida para contarlo. Un buen día me quedé sin combustible en el vehículo y tuve que seguir a pie. Dudé si en seguir por la autovía o tomar una vía secundaría que llevaba a un pueblo, el cual no me preguntes el nombre porque ya ni me acuerdo. Tomé la segunda opción. Te lo digo, habría sido mejor tomar la primera. Tardé una hora en llegar a dicho pueblo. Se trataba de un pequeño pueblecito rural, de esos con cuatro calles y un bar en la plaza. Me sorprendí, ya que no encontré ni tan solo un merodeador por la zona. Deambulé por este, bebí agua de una fuente que había en la plaza y me dispuse a entrar al bar. No hubo problema para esto, ya que la puerta estaba abierta. Ya bien por costumbre o bien por lógica, esperaba toparme algún merodeador aquí dentro, pero la realidad fue otra. Ni uno. Esta ausencia de engendros me estaba mosqueando. Rebusqué por todo el establecimiento a ver si había algo de víveres, pero estaba más que saqueado. Estaba apunto de desistir en la búsqueda, cuando al entrar en el almacén hice un hallazgo escalofriante. Entre unas cajas, atada y amordazada, se encontraba una joven de unos 25 años. Esta, al verme, se asustó y comenzó a intentar soltarse de las ataduras. La tranquilicé como pude y lo primero que hice fue quitarle la mordaza. La joven, que apenas la entendía porque no dejaba de tartamudear, comenzó a decirme que por favor la desatará, que no tardarían en venir. Yo al principió no entendí nada y comencé a hacerle preguntas. No debí hacer eso, lo acertado habría sido desatarla y salir de allí a toda prisa. Pero no me percaté de esto hasta que el ruido de unos vehículos resonaron en la puerta. Rápidamente me asomé por la puerta del almacén y a través de los cristales de la entrada vi como acababan de aparcar dos vehículos justo en la puerta. De esté bajaron unos cinco individuos. Iban armados y, créeme, a estas alturas solo me basta una mirada para saber quienes tienen buenas o malas intenciones. Y estos no tenían pinta de llevar buenas. Empuñando la espada, corrí a esconderme tras unas cajas mientras escuché como abrían la puerta del bar. Iban riéndose a carcajadas y hablando entre ellos. La joven, al escucharlos, se puso a llorar y a gritar desesperada. En ese momento no tenía ni idea de como salir airoso de esa. Estaba bien escondido y, si la chica no se chivaba, podría esperar oculto hasta que se volvieran a ir. Pero como ya te habrás dado cuenta, Erik, las cosas no siempre salen como uno quieren. Los cinco personajes entraron al almacén. Yo los podía ver por una rendija que había entre las cajas. Estos iban completamente beodos y comenzaron a decirle a la chica cosas como '¿Nos has echado de menos, zorra?' mientras reían. Uno de ellos comenzó a derramarle sobre la cabeza una botella de whisky mientras le gritaba '¡Bebe, mala puta!'. Te puedes hacer una idea de lo que me costó aguantar mi posición y no salir a rebanarles el pescuezo. La gota que colmo el vaso fue cuando uno de ellos le dijo 'Cogerla y sujetarla sobre la mesa, que esta quiere más' o algo así. La chica se puso a gritar '¡No! ¡No, por favor! ¡Ayúdame!' y entre dos la levantaron y la tumbaron sobre la mesa mientras otro le bajaba la ropa. El otro se bajó los pantalones e imagínate lo que se sacó. Pues aquí fue cuando tuve que saltar, porque como comprenderás, no me iba a quedar quieto a esperar a que la violaran. Salí de detrás de las cajas y me lancé sobre ellos. De un mandoble le corté el miembro al jodido violador. Mientras caía al suelo gritando, dirigí mi espada al segundo, que era uno de los que sujetaban a la chica. De un tajo le corté la yugular. No tuve tiempo para más, ya que uno de ellos, una verdadera bestia de dos metros, me dio un puñetazo que me dejo inconsciente. No sé cuanto tiempo debí estar sin conocimiento, solo sé que cuando desperté estaba atado de pies y manos. Tres de estos individuos estaban de pie frente a mi, el cuarto en un rincón, gritando de dolor y sujetándose lo poco que le quedaba de miembro y el quinto muerto en el suelo sobre un charco de sangre. No me cabía duda, de esta no escapaba, me iban a despellejar como a un cerdo. Uno de ellos se agachó y cogió algo del suelo. Acto seguido me lo lanzó con fuerza y esto me impacto en el pecho. Cuando cayó al suelo y rodó pude ver que se trataba de la cabeza cercenada de la chica. Comencé a gritarles y estos me contestaron con patadas e insultos. Mi intención era cabrearlos lo suficiente para que en un arrebato de ira me dieran un tiro y así evitar que me torturaran. Una solución muy drástica, ¿verdad? Total, me iban a matar, lo suyo es que lo hicieran de la forma más rápida e indolora. Pero no fue así y decidieron mantenerme con vida un tiempo con la finalidad de hacerme pagar lo que les había hecho a sus amigotes. Así que imagina, me convirtieron en su mascota con la única diferencia de que se entretenían conmigo torturándome. Mira...". Eduardo se ha levantado la camiseta y me ha enseñado el pecho y la espalda. Tiene el pecho y parte del abdomen plagado de múltiples cicatrices circulares y profundas y la espalda cruzada de cicatrices rectas. Ha continuado "...las heridas de delante me las hicieron con unas tenazas. Me arrancaron la carne hasta que se cansaron...". Me he quedado horrorizado cuando me ha dicho esto. "...las de la espalda, a latigazos con un cable de una aspiradora. Esto (me ha enseñado la mano toda magullada y ¡sin uñas!) me lo hicieron también con las tenazas. Me arrancaron las uñas una a una...". Debe de haberse percatado de lo mal que lo estaba pasando escuchando las torturas que le infringieron, porque no ha continuado con estas y ha cambiado de tema diciendo: "...bueno, que me voy por las ramas. Lo dicho, los desgraciados se lo estuvieron pasando bien a mi costa. No sé cuanto tiempo me tuvieron retenido, pero fue lo suficiente como para conocer su modo de vida. Todos los días realizaban incursiones de las cuales siempre volvían cargados de víveres, bienes saqueados, alcohol y drogas, y muy de vez en cuando, de algún pobre desgraciado o desgraciada. Con los primeros jugaban a un juego que solo podía nacer de una mente enferma como las suyas. Lo hacían correr por una explanada para ver quien era el primero en acertarle de un balazo. Si el rehén se trataba de una mujer, la retenían un tiempo usándola solo para desahogarse sexualmente. Cuando se cansaban, le cortaban el cuello y a por otra. Yo tuve la suerte de que cometieron el error de dejarme el suficiente tiempo con vida para ver como obtenían su merecido. Un buen día, tras una de sus expediciones, volvieron muy nerviosos. Apuntalaron la puerta, sacaron varias cajas de munición y se apostaron en las ventanas del comercio. Desde mi posición pude ver todo lo que ocurrió. Los tres, porque ya solo eran tres, ya que al que le corte sus partes murió desangrado el mismo día que me apresaron, comenzaron a abrir fuego hacia el exterior. En un primer momento pensé que se trataba de un ataque de una horda de merodeadores. Pero no era así, ya que un disparo atravesó un ventanal y le acertó en la cabeza a uno de esos perros. Aquello parecía una guerra, las balas entraban al bar rebotando por las paredes mientras que estos devolvían los disparos. Apenas transcurrieron 10 minutos de tiroteo cuando los tres ya yacían en el suelo sin vida. Atado en el almacén pude escuchar como se abrían las puertas del bar y varios individuos entraban. Cual fue mi sorpresa al ver que se trataba de militares. Estos me soltaron y tras un breve interrogatorio, me llevaron con ellos. Me sacaron al exterior y me montaron en uno de los jeep's. Intenté recuperar mi katana, pero no me lo permitieron. Ya en el vehículo, se pusieron en marcha. De camino, tuve oportunidad de dialogar con uno de los militares. A la pregunta de que a donde me llevaban, ¿sabes que me respondió? ¡A Reus! ¡Imagina la cara que se me quedó al escuchar esto, Erik! Me contó que llevaban un tiempo tras estos individuos, que les estaban siguiendo la pista desde que comenzaron a saquear zonas cercanas a Reus. Reus por aquí, Reus por allá... no podía creer que estaban escuchando mis oídos. Y mucho menos pude creer lo que estaban viendo mis ojos al llegar a dicha ciudad. Los tres jeep's que formaban el convoy se pusieron en fila frente a una gran puerta metálica, rodeada toda esta por una verja de varios metros de altura. Unos militares abrieron la puerta y pasaron los vehículos. Estos militares corrieron a abrir una segunda puerta. Realizaron este modus operandi al menos con dos puertas más, siendo la última de una especie de hangar. Al entrar a este, nos recibió un grupo de militares con trajes de protección bacteriológica los cuales se encargaron de mi. Me montaron en una camilla y me condujeron a una sala por la cual me hicieron pasar por una especie de ducha a presión. Me explicaron que se trataba de una ducha desinfectante con líquidos especiales. Tras esto, me llevaron por unos pasillos hasta llegar a una especie de hospital. Me internaron en una habitación, donde curaron mis heridas y me dejaron en observación. Parece ser que más que por mi estado de salud, esto lo hicieron para mantenerme vigilado por si acaso estaba infectado. Allí permanecí al menos durante dos semanas. Al poco recibí el alta y me obligaron a presentarme en unas oficinas del ejército, en donde llevan todo el tema de administración. Bien, tras un breve interrogatorio, en el cual tuve la oportunidad de explicarles que no tenía intención de quedarme mucho tiempo, me expidieron un permiso de residencia en Reus que me permitía estar allí durante una semana. De quedarme más tenía que renovarlo o pedir un permiso de residencia sin límite de fecha. Sí, como lo oyes. Allí las cosas funcionan prácticamente igual que como lo hacían antes. No te puedes ni imaginar como controlan todo. Y espera, que me queda por contarte lo mejor. Dentro del perímetro seguro, en donde se concentra toda la población, ¡cada persona tiene su oficio! No es nada raro ver a hombres y mujeres con maletines que van al trabajo, a personas tomando café en una terraza, a alguien leyendo un libro en un parque o a mujeres que vienen con bolsas de comida, las cuales reparten en el centro de alimentos. Se respira normalidad en todos los aspectos, es como viajar al pasado. Eso sí, los militares están presentes en cada rincón de la ciudad, en cada esquina. Y si te alejas del núcleo de la población, es fácil perderse por barriadas desiertas y deshabitadas, a pesar de que están dentro del perímetro de las vallas. Aun así, no hay peligro de toparse con merodeadores, ni dentro ni fuera de las casas. Todo ha sido concienzudamente limpiado. Y siguen trabajando en ello, ya que la ciudad esta en continua expansión. Un día antes de irme, se declaró zona segura el sector K. Según me puede enterar, en la limpieza y anexión de ese sector perdieron la vida cuatro militares...". Supongo que os haréis una idea de la cara que se me ha quedado al escuchar esta parte del relato. A pesar de escucharlo, me es imposible hacerme la idea de que haya un sitio en el mundo donde impere el orden. Le he pedido que me cuente más al respecto. Ha continuado: "Pues al parecer, la ciudad se rige por un comité de gobierno formado por algunos miembros del antiguo gobierno de España y de otros muchos de la oposición. Los peces gordos se marcharon del país al poco de comenzar esta hecatombe y los pocos políticos que quedaron en la península se establecieron en Reus, formando una variopinto grupo de gobierno que es el que gobierna en estos momentos. No sé nada más al respecto, ni siquiera te puedo decir nombres porque no tengo ni idea de quienes están al mando. Lo que si te puedo decir que el espíritu de la democracia se fue al garete en cuando comenzó todo esto y si bien se conservan bastantes cosas de este sistema, como ciertos estatutos y leyes, muchas de las cosas se hacen sin votación ni consentimiento del pueblo. Allí hay una ley, si te gusta bien, si no te gusta ya sabes donde esta la puerta. No sé, lo veo lógico en cierto modo. Hay que reconstruir la sociedad poco a poco, no se puede hacer de golpe...". De todas formas, impera el orden y eso es algo preciado en estos momentos. Tampoco me preocupa mucho esto. Algo que no entiendo es porque Eduardo ha abandonado la ciudad si ya había conseguido algo que ansiamos todos nosotros. Su respuesta, contundente y razonable: "¿Esa es la imagen que tienes de mi? ¿Un cabronazo ruin que deja atrás a sus amigos en cuanto se le presentan las cosas bien? ¿Que acaso tu lo habrías hecho en mi situación?". Por supuesto que no. Esa ha sido mi respuesta. "Pues ya esta. Después de todo lo que hemos pasado juntos no me iba a quedar tranquilo abandonando al grupo. El mismo día que caducó mi permiso, me hice con algo de comida, un arma, que fue este bate de béisbol y abandoné la ciudad. Los militares me abrieron las puertas y sin vehículo comencé a abrirme camino de vuelta a la iglesia. Ya no sabía por donde buscarte y solo me quedaba la esperanza de que hubieses vuelto tu solo a la iglesia, pues yo poco más podía hacer. A los días de partir me agencié un coche y con este me dispuse a cruzar Tarragona. Cometí el fallo de no calcular para cuanto me daba la gasolina y sucedió lo que te imaginas, que me quedé tirado en pleno centro y ya ves como esta esto de transitado, que te voy a contar. Así que no tuve más remedio de seguir a pie. Un día, justo pasaba por esta calle, cuando me vi enfrascado en una pequeña refriega con un grupo numeroso de merodeadores. Por aquel entonces no habían tantos por la zona como los hay ahora. Si hay tantos es en parte por mi culpa. Me estaban rodeando, ya que con el bate no es lo mismo que con mi antigua espada, entonces apareció Antonio. Éste, desde dentro del portal, me gritó que pasara. Si no hubiese hecho esto, quizás no estaría vivo en estos momentos. Desde entonces, han ido llegando más y más merodeadores a las puertas de la finca, todos atraídos por los merodeadores que me vieron entrar y han permanecido día y noche golpeando las puertas. La suerte que hemos tenido hasta que habéis llegado vosotros es que las puertas de ahí abajo eran de un cristal doble y muy robusto, por eso no han podido entrar hasta la fecha...". Le he preguntado que me cuente cosas sobre Antonio. Eduardo se ha quedado en silencio unos segundos, cavilando, y ha contestado: "Pues es un tipo normal. Bastante cobarde, eso sí. ¿Por qué crees que me tendió ayuda? Porque vio en mi el pasaporte de salir de estas cuatro paredes. Se ve que pensó que alguien que habría sobrevivido tanto tiempo ahí fuera podría sacarlo a él y a su hija de esta cárcel de pladur. ¿Por qué crees que contactó con vosotros? Cosa que hizo sin saber yo, ya que si me llego a enterar, ya me habría encargado de haceros saber la verdadera situación de la zona. Pues bien, os hizo venir con intención de que los saquéis de aquí. Por eso os oculto como estaba la situación aquí. Es algo interesado, pero no lo culpo, ya que tiene que mirar por el bien de su hija. Sí lo culpo es por su forma de actuar. En eso sí. Pero bueno, que vamos a hacer. Tenemos que convivir y salir de aquí todos juntos. Mientras no perjudique a los demás todo ira bien...".

De repente, una serie de gritos han resonado en la casa. Era la voz de Susana, la hija de Antonio. Entonces, Eduardo me ha dicho "Esa es otra. Padre e hija se pelean a todas horas". Bien que se hayan entretenido todo este tiempo discutiendo y vociferando con los merodeadores en la calle, pero no ahora con estos distribuidos por toda la escalera de la finca. Llamar la atención de estos iba a presuponer tener a toda la horda echando la puerta abajo. Me he levantado y en cuatro zancadas me he presentado en la habitación de Antonio y su hija. Esta estaba de pie junto a la puerta, señalando y gritándole al padre, que estaba sentado en la cama: "¡Se acabó! ¡Te lo he dicho millones de veces, padre! ¡Basta! ¡¡Basta ya de la misma vieja canción!! ¡¡Ya me he cansado!! ¡¡Ya no soy la niña que era antes!!". Me ha salido del alma decirles "¿Pero en que coño estáis pensando, joder? Tenemos a media Tarragona en la escalera y os atrevéis a armar este escándalo. ¿Estáis locos? Hacer el favor de ser más cuidadosos y guardar vuestros problemas para cuando salgamos de aquí". Ambos se han quedado atónitos mirándome. Tras esto, me he dirigido a la puerta de la casa y por la mirilla de esta he observado el panorama. Los tragaluces de la finca iluminaban el rellano entero y he podido ver con claridad la situación. El rellano estaba repleto de merodeadores. He contado al menos unos 11 diseminados por toda la estancia más los que subían y bajaban la escalera. Por suerte, ninguno se ha percatado de los gritos y no nos han ubicado. Un verdadero alivio. Pero algo me ha sobresaltado y me ha hecho apartarme de la puerta como si me hubiesen propinado un empujón, y es que el merodeador más cercano a la puerta, el cual estaba de espaldas, se ha girado de golpe y ha clavado sus ojos sin vida en el visor de la puerta. ¿Como podía ser? ¡Si no he hecho ni el más leve ruido! Temeroso, me he acercado a la puerta y acercando la cabeza he vuelto a mirar. He respirado aliviado. Dicho merodeador volvía a estar de espaldas a la puerta. Debe haber sido casualidad que se haya girado... o quizá no. No sé, la cuestión es que siguen sin saber donde nos escondemos y eso nos da tiempo para idear un plan de escape.

Al poco se han levantado todos. Belén y Marta han sido los primeros acompañados de Esther. La niña, ajena a la situación y en su mundo infantil, se ha puesto a jugar con unas muñecas que le ha regalado Susana. Esta última no le ha dirigido la palabra a su padre en todo el día. Antonio, por el contrario, ha intentado acercarse a ella hablándole con normalidad. Me da la sensación que nos quiere vender una imagen de normalidad con su hija. Pero los desprecios de Susana muestran la realidad, que es que se llevan fatal. Iván ha permanecido todo el día en silencio, andando de aquí para allá, pensativo. En cuanto he tenido oportunidad, me he acercado a él y le he dicho "Nos comportamos como verdaderos idiotas en el furgón, ¿no crees?". Su respuesta "Sin rencores, Erik. No pierdas el tiempo dándole vueltas a lo que pasó o no pasó. Céntrate en encontrar como salir de aquí". Cierto. A mi pregunta de "¿Se te ocurre algo?" ha respondido "Ocurrirse se me ocurren muchas cosas, pero ninguna rápida y sin hacer el suficiente ruido para que se enteren los podridos de que estamos aquí. He ahí el problema, que en cuanto hagamos el más mínimo jaleo esos perros van a tirar la puerta abajo". En ese mismo instante, un relámpago ha iluminado toda la casa seguido de un estrepitoso trueno. No hemos tardado en salir a la terraza. Por lo visto, en cuestión de minutos se ha formado una tormenta sobre nuestras cabezas. El cielo estaba negro y era cuestión de tiempo que comenzase a llover. Iván me ha dicho "¿Sabes lo que significa eso? Nuestro pasaporte". Se nos estaba presentando una oportunidad de oro. Antonio ha salido a la terraza a toda prisa y ha comenzado a descolgar por la terraza unos cubos. Los ha ido dejando uno a uno suspendidos en el vació con la intención de recoger el mayor número de litros de agua. Iván me ha mirado y me ha dicho "Déjalo que recoja agua, la va a necesitar. Nosotros vamos a salir de aquí hoy mismo. Vamos a preparar las armas, las vamos a necesitar". Al entrar de nuevo en la casa, hemos dado a conocer nuestra intención a todos. Eduardo ya se había percatado de esto. Hemos sacado todas las armas y hemos comenzado a rellenar cargadores. También hemos hecho recuento de munición. Nada más terminar con esto, hemos dejado los petates preparados y hemos salido a la terraza a esperar la señal que nos iba a permitir comenzar la operación. Sentados en la terraza, he comentado "En el momento comencé a llover, los de ahí abajo se van a quedar como estatuas, pero los que están por toda la finca no les va a afectar la lluvia. Sois conscientes de esto, ¿verdad?". Iván ha replicado "Si no lo fuéramos no habríamos preparado las armas. Esta claro que no va a ser un camino de rosas como te gustaría, pero es la única oportunidad que nos queda". Odio tener que darle la razón en este aspecto. No nos podemos permitir el lujo de quedarnos sentados a esperar una segunda oportunidad que quizá no llegue nunca. Además, esto es algo que hemos hecho innumerables veces. Ayer mismo, por ejemplo.

Apenas han pasado unos 10 minutos de esta conversación cuando han comenzado a caer las primeras gotas de lluvia. Eduardo ha asomado la mano y ha dicho "Va a ser una tormenta muy fuerte. La lluvia va a ser torrencial". Tras sus palabras, un rayo ha surcado el cielo y como si le hubiesen escuchado ahí arriba, ha comenzado a caer una cortina de agua que apenas dejaba ver más allá de cinco metros. Nos hemos mirado y entrado a la casa a toda prisa. En cuanto lo hemos hecho, he informado a todos de que salíamos ya. Mientras, Eduardo le ha pedido el hacha a Iván, el cual se la ha dado sin poner peros. Antonio, al escuchar mis palabras de que nos íbamos, ha dicho "¿Qué? ¿Como? ¿Nos vamos ahora? Si esta toda la finca llena de esas cosas". Susana, en tono agresivo, le ha replicado "Pues quédate si es lo que quieres, padre. Yo me pienso marchar con ellos. Tú haz lo que quieras". Antonio se ha quedado callado durante unos segundos y luego se ha levantado a coger algunos enseres. Eduardo ha continuado "El plan es el siguiente. Como ya sabéis, esas cosas, con la lluvia se quedan fuera de cobertura. O sea, que la parte más difícil la tenemos hecha, que es abrirnos paso entre los miles que se agolpan ahí afuera. Pero para llegar hasta ahí tenemos que abrirnos paso por la escalera. Y esto no va a ser fácil, ya que estos no estarán afectados por la lluvia. Sabemos que hay un gran número campando a sus anchas por la finca y en cuanto abramos la puerta van a venir a por nosotros. Así que tenemos que actuar rápido. Iván, Erik y yo vamos a ir en primera linea y vamos a ser la avanzadilla. Antonio y Susana, vosotros os vais a situar en el centro. Solo tenéis que encargaros de la niña y bajo ningún concepto separaros de nosotros. Esther y Belén, cubrir la retaguardia y los que nos vengan por los laterales. ¿Os ha quedado claro?". Tras las palabras de Eduardo, nos hemos situado frente a la puerta de la casa y tras quitar el mueble que parapetaba la puerta, Eduardo ha contado hasta tres y ha abierto de golpe. Todos los merodeadores allí presentes se han girado rápidamente al escuchar la puerta y Eduardo ha 'saludado' al más cercano con su hacha. Le ha partido la cabeza en dos como si se tratase de un melón. Ha seguido dirigiendo mandobles mientras Iván y yo hemos sido los siguientes en salir. Hemos abierto fuego automático sobre todos los merodeadores que inundaban el rellano. Nos ha costado casi un cargador barrerlos a todos. Por precaución, hemos cambiado el cargador a pesar de que aun conservaba algo de munición. Tras salir todos y andando sobre los cadáveres allí esparramados, hemos dirigido nuestro rumbo escaleras abajo. Antonio ha cerrado la puerta de la casa y se nos ha unido de nuevo. He girado la cabeza para ver la situación de mis compañeros. En el centro estaba Susana agarrando con fuerza a Marta. Mientras, Belén y Esther mantenían a raya a los merodeadores que bajaban las escaleras procedentes del piso superior. Nosotros tres nos hemos centrado en los situados en las escaleras que bajaban al piso de abajo. Esta estaba repleta de andantes, pero los hemos eliminado prácticamente sin esfuerzo. Al llegar al rellano de abajo, nos hemos tenido que enfrentar a un nuevo reducto de merodeadores. A nuestra espalda, Belén y Esther seguían con su tarea y abrían ráfagas con los merodeadores que hacían aparición. Así hemos continuado, rellano por rellano, escalera por escalera. Íbamos ya por el tercer piso cuando Eduardo se ha asomado por el hueco de la escalera. Tras esto, se ha vuelto hacía mi y ha dicho "El rellano de la entrada esta repleto de ellos. Y todos están subiendo. Voy a tomar una medida drástica...". Ha echado mano a el bolsillo de su chaqueta y ha sacado algo. Me lo ha enseñado y ha dicho "...la estaba reservando para una situación como esta". Era una granada. Le ha quitado la anilla y la ha dejado caer por el hueco de la escalera. Hemos podido escuchar como esta ha aterrizado en el suelo y, prácticamente al momento, ha estallado. La explosión ha retumbado con fuerza, haciendo temblar el suelo y las paredes. Uno de los cristales del tragaluz se ha hecho añicos. Una pequeña nube de humo y polvo ha ascendido hasta nuestra posición. Nosotros hemos continuado descendiendo y sin cesar en la lucha. A duras penas hemos llegado a la planta baja y hemos visto el panorama. En donde ha caído la granada había un tremendo circulo negro y todas las baldosas de mármol que enlosaban la pared estaban en el suelo hechas añicos. El perímetro de la explosión estaba lleno de miembros, torsos y masas de carne sanguinolentas. A pesar de que la detonación había despejado parte de la sala, esta es muy grande y aún quedaban demasiados en pie. Eduardo ha gritado "¡Eliminemos solo a los que se pongan en nuestro camino, los que no presupongan un peligro, dejemoslos que nos sigan hasta el exterior!". Así lo hemos hecho. Hemos eliminado a los que se nos acercaban y hemos ignorado a los más alejados. Al llegar a la puerta de entrada hemos comprobado que seguía lloviendo con fuerza. A pesar de que los merodeadores estaban como habíamos previsto, 'desconectados', la visión era terrorífica. Una muchedumbre de miles y miles se extendía frente a nosotros. Eduardo e Iván han sido quienes han dado el primer paso. Entre hachazos y empujones han comenzado a abrir camino. Yo he hecho lo mismo haciendo uso de la culata de mi arma. A pesar de esto, los golpeados no respondían a estos estímulos. Todo estaba saliendo según lo previsto. Mientras tanto, la lluvia ya nos había empapado de arriba abajo. Parecía que acabábamos de salir de una piscina. He vuelto mi mirada y he comprobado que todo estaba correctamente a mi espalda. Susana seguía llevando a Marta, la cual se estaba tapando los ojos. Tras ellas, Antonio. Su cara era un poema, una mezcla de horror y pánico. Las chicas seguían en la retaguardia. Todo correcto. Quién nos iba a decir que la cosa iba a cambiar para mal de forma drástica. No sé cuantos metros habíamos transitado, pero estábamos lo suficiente alejados de la finca. Tras nosotros habíamos dejado labrado una senda entre toda la multitud. La cosa se ha puesto fea en el momento que la lluvia se ha transformado de torrencial a simple lluvia, y de lluvia a llovizna. Ha sido así, de repente, como si hubiesen disminuido la potencia cerrando un grifo. Eduardo se ha parado en seco y todos lo hemos imitado. Tras quedarse unos segundos dirigiendo la mirada al cielo, se ha girado y ha gritado "¡Esta escampando! ¡Tenemos que volver! ¡Vamos!". Se me ha encogido el corazón al escuchar esto. Iván ha replicado "¡Y una mierda! ¡Sigamos! ¡Nos da tiempo! ¡No podemos volver ahora!". Eduardo le ha gritado "¡Iván, continua tú si quieres! ¡Yo me vuelvo! ¡Quién esté conmigo que me siga, el que se quiera suicidar que continúe!". Unos gritos a mi espalda me han sobresaltado. Al girarme, he descubierto que quienes gritaban eran Susana y Marta. La mano de un merodeador estaba aprisionando el brazo de Marta. Eduardo, de un rápido movimiento, ha cercenado el brazo del merodeador con su hacha. Los merodeadores comenzaban a activarse de nuevo mientras la llovizna comenzaba a cesar. Trasladándome a la primera línea, que antes era la retaguardia, he gritado "¡¡Rápido!! ¡¡No tenemos tiempo que perder!!" y he comenzado a correr. A mi paso notaba como manos y brazos se interponían en mi camino. Era cuestión de tiempo que los merodeadores estuvieran al 100% de su actividad. Y así ha sido. Apenas a unos metros de la finca, el camino se ha cerrado y me he visto obligado a lanzarme en placaje contra los que cerraban el paso. Eduardo, a mi lado, ha ordenado "¡¡En circulo!! ¡¡Manteneros en circulo!! ¡¡Los desarmados al centro y los demás no cedáis terreno!! ¡¡Solo quedan unos metros!!". Abrirse paso entre la multitud se estaba volviendo cada vez más y más difícil. Yo ya estaba esperando el fatídico y desgarrador dolor de una dentellada. El simple pensamiento de esta posibilidad me horrorizaba. Casi preferiría morir ahí mismo que ser infectado y pasar mis últimas horas de vida esperando a transformarme. Pero a Dios gracias, la cosa no fue así. Entre culatazos, disparos y hachazos, hemos hecho brecha entre la multitud de cadáveres andantes que gemían e intentaban agarrarnos, hasta conseguir llegar a las puertas de la finca. Una vez más, la suerte ha estado de nuestro lado.

Al entrar en esta, hemos contemplado que el patio estaba prácticamente lleno de nuevo de merodeadores procedentes de los pisos superiores. Y ha esto hay que sumarle el embiste por retaguardia de los que estaban entrando desde el exterior. No podíamos perder tiempo. Si habíamos salido airosos de la anterior situación, de esta teníamos más posibilidades. Sin tiempo que perder, nos hemos lanzado al ataque contra los que teníamos delante. Poco a poco nos hemos abierto paso escaleras arriba. Habían merodeadores, pero nada que ver con la cantidad que había nada más salir de la casa. Esto estaba siendo un paseo. Lo malo es que el edificio se estaba llenando de nuevo. Cuando hemos llegado al noveno piso, le he dicho a Antonio que abriese la puerta. Mientras él buscaba las llaves en los bolsillos, nosotros hemos permanecido despachando a los andantes que subían o bajaban al rellano. Se me ha caído el alma a los pies cuando Antonio ha dicho que no encontraba las llaves y no sabía si las había cogido antes de salir. Su hija ha comenzado a increparle y a llamarle inútil. He visto como Iván se estaba poniendo de los nervios y temía que golpease a Antonio. Este, tras buscar en sus bolsillos, ha vaciado su mochila en el suelo y ha empezado a apartar trastos. La hija seguía diciéndole de todo y él ha replicado "¡¡Basta ya, Susana!! ¡¡Hago lo que puedo!!". Yo he intervenido diciendo "¡Pues lo que puedes no es suficiente! ¡¿Las tienes o no las tienes?!". Su respuesta "¡Sí! ¡Por fin! ¡Aquí están!". He podido ver como de entre los enseres de su mochila ha sacado las llaves y he podido respirar tranquilo. No ha tardado en abrir la puerta y al hacerlo, nos hemos asegurado de que no había ningún merodeador que nos viese entrar. Acto seguido, hemos entrado de estampida. Nervioso, he preguntado si alguien ha sido mordido. La respuesta, un unánime "No". Menos mal. Hemos parapetado la puerta y nos hemos sentado a descansar en el salón. Segundo día de emociones fuertes. Y nuevamente aquí enclaustrados.

Nuestra única oportunidad de escapar hasta el momento, y me da que no vamos a tener una mejor, se nos ha ido por el retrete. Ya no sé que podemos hacer. Quizá podemos esperar a una nueva tormenta que sea más duradera, pero a saber cuando cae una nueva. De todas formas, hoy hemos comprobado que dicho plan es arriesgado, ya que estamos a merced del tiempo. No quiero ni pensar que habría ocurrido si la lluvia hubiese tardado un poco más en escampar y nos hubiese pillado dicha situación lo suficientemente lejos como para poder volver. Nos habrían devorado a todos.
Apenas tenemos tiempo, los víveres ya están prácticamente acabados. Se nos comienza a plantear una dura situación: O morir devorados intentando escapar o morir lentamente de inanición en esta casa.

Sinceramente, no sé que es peor...


- Erik -

miércoles, 29 de diciembre de 2010

+ 29-12-10 + El día del juicio final: Y la ira hizo aparición

Como os contaba ayer, la situación fue la siguiente. Belén estaba a punto de ser lanzada al foso mientras yo me encontraba maniatado e inmovilizado en el fondo del altar. La rabia e impotencia me consumía y yo solo podía gritar. Por mi cabeza pasaba todo tipo de cosas, todo tipo de recuerdos junto a Belén y, por momentos, me venía abajo. Las fuerzas me abandonaban y comenzaba a sentir que perdía el control de mis actos, los cuales no concordaban con las acciones que mandaba mi cerebro. Solo se que gritaba, chillaba con rabia, pero no sé ni que decía, ni siquiera sé de que servía hacerlo. Estaba todo perdido. Belén iba a ser asesinada y, acto seguido, nosotros seríamos los siguientes. Sinceramente, si Belén moría, yo tenía que hacerlo tras ella o mi vida se convertiría en un tormento. Fuese el desenlace que fuese, yo ya estaría condenado. Asesinado por ellos o muerto por un acto de desesperación mio. Pero lo que allí ocurrió fue algo que jamás habría imaginado. Algo lo cual ha cambiado el rumbo de lo que allí estaba sucediendo.

Miguel estaba a punto de empujar a Belén al foso, cuando los cánticos de la comunidad cesaron, dando paso al sonido que producen miles de cristales aterrizando en el suelo. Miguel y Juanca levantaron la cabeza rápidamente y frenaron la acción de lanzar a Belén al pozo. Yo, sin saber a que se debía aquel sonido, hice los mismo. Allí, en medio de aquel silencio sepulcral, roto solo por los gemidos guturales de los merodeadores que rodeaban el edificio, sonó un golpe seco. Había aterrizado algo en medio de la sala, en el pasillo central que había entre las dos hileras de bancos. Algo que rebotó dos veces y rodó unos metros hasta detenerse por completo. En un primer momento, no supe identificar de que clase de objeto se trataba, ya que me encontraba bastante alejado y la anaranjada luz de las antorchas no era suficiente. Descubrí de que se trataba cuando del público allí presente, se escuchó una voz, precedida de un grito, que dijo "¡Dios misericordioso! ¡Es la cabeza del hermano Martin!". No había terminado de pronunciar la frase, cuando otra de las ventanas del mismo lado del edificio estalló en mil pedazos. Por esta también entró otro objeto, el cual era más grande. Este, que si que lo pude identificar, aterrizó sobre la tercera hilera de bancos, en medio de los que allí habían sentados. Era un torso humano, seccionado desde la cintura y sin cabeza. La gente comenzó a gritar y todos los de ese lugar se levantaron de los bancos, huyendo del torso. La gente había entrado en estado de pánico y la confusión reinaba, mientras que Miguel gritaba a su gente para tranquilizarlos. Recuerdo que decía "¡¡Hermanos, tranquilizaos!! ¡¡Esta es la casa del señor, aquí nadie os podrá hacer daño!!". Como si de un aviso de tratara, un tercer objeto entró por la misma ventana. Pero esta vez no era parte de un cadáver, sino un objeto llameante, lo que parecían varios troncos en llamas. Estos aterrizaron sobre la gente, impactando de pleno sobre individuos que todavía seguían sentados y sobre algunos otros que se habían levantado con anterioridad. Ahora si que la situación era incontrolable. Toda la comunidad estaba en pie, gritando y moviéndose por toda la iglesia. Algunos intentaban buscar seguridad debajo de los bancos, otros se movían desesperados de un lado a otro. Vi como un hombre abrazaba a una mujer en símbolo de protección, mientras esta gritaba asustada. Vi a otros, un grupo de tres individuos, como se arrodillaban y comenzaban a rezar. Todo aquello era un caos y el pánico fluía de persona a persona, contagiandolos a todos. Yo, viendo aquella escena, me dejé llevar por una especie de ataque de histeria, supongo que a causa de los nervios de la situación anterior, y comencé a reír compulsivamente. Poco a poco, me reía más y más fuerte, hasta tal punto, que mis compañeros, atados a mi lado me comenzaron a mirar y a preguntarme que me ocurría. Pero yo continué riéndome y observando a Miguel dirigirse a la gente sin poder calmarlos. Fue entonces cuando le grité "¡Miguel! ¡Hijo de la gran puta! ¡¿Donde esta tu Dios ahora, eh?! ¡¿Donde?! ¡¡Ha llegado la hora de que te reúnas con él!!". Este, al escuchar mis palabras, se giró y me lanzó una mirada la cual me habría fulminado si hubiese podido. Vio como yo me reía a carcajadas y levantó su mano señalándome con el dedo indice. Entonces, exclamó "¡¡Hijo de Satán!! ¡¡Yo te maldigo!! ¡¡Que la ira de Dios caiga sobre ti y se torne maldito todo lo que este a tu lado!!". Estaba colérico, pero yo, a pesar de sus maldiciones, me reía más. Y esto lo trastornaba más. Pero fue entonces cuando ocurrió el milagro. Aquel que tanto y tanto esperaba. La gran vidriera que había tras nosotros estalló produciendo un fuerte sonido. Acto seguido, una serie de pequeñas explosiones inundaron la sala, ensordeciendome. Eran disparos de fusil de asalto. En el transcurso que tardé en girar la cabeza para ver que estaba ocurriendo, vi como un gran bulto aterrizaba en el suelo, a pocos metros de mi, mientras los disparos dejaban de oirse. Dicho bulto era una persona, la cual se puso en pie rápidamente. Al principio, no supe de quién se trataba, pero al oír su voz y las palabras que me dirigió, que fueron "Llego justo a tiempo, ¿verdad?", no tardé en reconocerlo. Se trataba de ¡Iván!. En esos instantes, comencé a creer que todo lo que estaba sucediendo se trataba de un sueño o de algún tipo de delirio. ¡Si lo había dado por muerto! ¡Era prácticamente imposible que estuviese allí después de tanto tiempo! ¿Como podía ser que casualmente aparecía ahí, en ese justo momento? Todo ello tiene una explicación, pero yo, en ese momento, creía que todo eso no estaba sucediendo y era irreal, producto de mi mente. La visión de Iván era tan imponente como agresiva. Estaba a poca distancia de nosotros, erguido y sosteniendo un fusil de asalto con las dos manos. Tenía un aspecto algo demacrado, como más delgado, pero aun así, seguía siendo un individuo terriblemente grande. La sala estaba en silencio, salvo algunos gritos aislados. Todo el mundo, incluido Miguel, estaba observando a Iván. Miguel lo miraba con cara de sorprendido, como si no comprendiese que hacía él ahí. Entoces rompió el silencio, gritando "¡¡Maldito!! ¡¡Has escapado!! ¡¡El pecado de la ira ha escapado!!". Iván, haciendo caso omiso, sacó un machete de su cinturón y se me acercó. Mientras cortaba las cuerdas que ataban mis manos, me dijo "Suéltalos a todos. Yo me encargo de estos. Cuando hayas terminado, coge a Belén y salir de aquí. Dirigiros a los coches y cuidado, los exteriores están llenos de podridos". Entonces me entregó el cuchillo y comenzó la orgía de sangre.

Mientras yo soltaba a mis compañeros y bajo la atónita mirada de todos, Iván alzó su fusil y gritó "¡¡Hijos de la gran puta!! ¡¡Aquí esta la ira, el enviado de Satán, quién os va a joder a todos, sectarios!!". El cañón de su arma comenzó a escupir fuego mientras Iván gritaba como un loco. Las balas atravesaron la sala y comenzaron a impactar por todas partes. Pude ver como Miguel corrió y se lanzó al suelo, cubriéndose tras unos de los bancos. Juanca hizo lo mismo y Belén quedó expuesta y abandonada al borde del foso. En esos momentos temí que alguna de las balas alcanzaran a Belén, pero Iván sabía a donde disparaba. Lo estaba haciendo sobre el tumulto de sectarios que se aglomeraban al fondo de la sala. Pude ver como los disparos alcanzaban a la gente, mientras estos intentaban huir y ponerse a cubierto. La sangre saltaba tintando las paredes y los trozos de carne volaban de un lado a otro. Mientras, yo solté al último de mis compañeros. En ese mismo instante, Iván vació el cargador y los disparos cesaron, dejando al descubierto los gritos de los sectarios. Había abatido a un gran número de ellos, los cuales yacían en el suelo, pisoteados por la muchedumbre asustada, pero aun quedaban más de la mitad. Iván lanzó al suelo el arma descargada y de su chaqueta sacó un hacha. Yo me quedé atónito cuando lo vi empuñar este arma y correr hacía la muchedumbre, lanzándose sobre ellos mientras profería un colosal grito. Estaba fuera de si, se había convertido en una bestia. Hacha en mano, se encontraba en medio de la gente, dando golpes certeros. Era una escena digna de cualquier película gore: la sangre saltaba a chorros y los miembros amputados caían al suelo mientras la gente gritaba despavorida, intentando huir de Iván. Yo corrí hasta llegar a Belén y comencé a cortarle las cuerdas que ataban sus manos. Cometí un error, que fue confiarme. Como salido de la nada, apareció alguien que se lanzó sobre mi y me derribo. Tumbado en el suelo y con esa persona encima mía, descubrí de quién se trataba. Era Miguel. Me tenía inmovilizado y al borde del foso. Mi cabeza estaba suspendida sobre este y pude ver como los merodeadores del interior alzaban sus brazos para atraparme. En el golpe que me había propinado, había perdido el puñal y con este, mi única posibilidad de librarme de Miguel. Recuerdo que intenté forcejear, pero era inútil, tenía sobre mi todo su peso y no podía escapar. Fue entonces cuando Miguel me rodeó el cuello con sus manos y comenzó a estrangularme. Cuando cierro los ojos, aun veo su mirada inyectada en sangre clavada en mi y diciendome "¡Tú eres el culpable de todo esto, hijo de Satanás! ¡Tú! ¡Yo soy el mesías y voy a acabar contigo!". Sus manos me apretaban con una fuerza sobrehumana y ya comenzaba a faltarme la respiración. A mi izquierda pude ver a Belén, llorando y gritándole que me soltara. Pensé que sería la última imagen que iba a ver antes de morir, pero de repente, las manos de Miguel dejaron de apretar y este se giró. Antes de caer a un lado y dejarme libre, profirió un "Maldita traidora". Tras él y con el puñal ensangrentado en la mano, estaba Eugenia, la chica muda, aquella que conocimos poco antes de llegar a la maldita iglesia de Miguel. Esta me miró y soltó el puñal. Acto seguido, salió corriendo. Yo miré a Miguel y lo vi arrastrándose como un gusano, con la túnica por la parte de la espalda empapada en sangre. No me lo pensé dos veces y ande hacía él. Este siguió arrastrándose mientras me dijo "Atrás Satanás". Yo le contesté "Dije que acabaría contigo. Reúnete con tu creador, mesías" y le propiné una patada, la cual lo hizo precipitarse al interior del foso. Los merodeadores, al verlo caer, centraron su atención en él. Pero como era habitual, estos no le atacaron, solo se dedicaron a husmearlo. Miguel se puso en pie y me gritó "¡Soy invisible para sus ojos, inepto! ¡Soy el enviado de Dios, ellos no me atacaran!". Habló demasiado pronto, ya que si bien es cierto que debido a su enfermedad los merodeadores no lo veían como "comida", la sangre que brotaba de su espalda lo delató como a un humano más. Como tiburones al olor de la sangre, todos los merodeadores allí hacinados se abalanzaron sobre él, mordiéndole por todo el cuerpo y descarnandolo a mordiscos. Todavía tengo clavados en el cerebro sus gritos de dolor y sus palabras: "¡¡Dios todopoderoso, detenlos!! ¡¡Soy tú mesías!!". Debo reconoceros algo, y es que disfruté viendo como lo devoraban vivo, tal cual él había matado a María y Elena.

Mientras soltaba a Belén, con la mirada busqué por la sala a mis compañeros. Me resultaba muy extraño que ninguno de ellos acudiera en mi ayuda cuando Miguel me estaba estrangulando. Los encontré y pronto lo comprendí. Si bien Iván estaba demasiado atareado encargandose de los demás miembros de la comunidad, Hans y Esther estaban intentando bloquear la ventana de la gran vidriera con uno de los bancos, ya que había un gran número de merodeadores intentando entrar. Nada más liberé a Belén y después de darme un fuerte abrazo, esta salió corriendo dirección a Hans y Esther para ayudarles. Yo iba a hacer lo mismo cuando un grito de Iván se elevó por encima de los gritos de espanto de la muchedumbre y me hizo detenerme. Iván gritó "¡No! ¡Mierda!". Al girarme, vi la situación. Iván, empapado en sangre y con el hacha en la mano, estaba intentando detener a un grupo de individuos que estaban abriendo las puertas de la iglesia. La gente, al ver que se estaban abriendo las puertas, se agolparon para salir, haciendo un embudo en la puerta. Iván se intentaba abrir paso a golpe de hacha, pero no lo consiguió. Consiguieron abrir las puertas y ya os podéis imaginar lo que ocurrió. Toda la horda de merodeadores que se concentraban en la puerta recibieron a lo sectarios que intentaban salir. Al ser recibidos por estos, los de las filas más avanzadas intentaron retroceder, mientras que la gente de dentro de la iglesia, ajena a todo, empujaba para salir, formando un tapón. Yo rodeé el foso y me dirigí hasta Iván, el cual seguía intentando llegar hasta la puerta para cerrarla. Cuando llegué a su altura y rodeado por sectarios, le dije que desistiera, que no podíamos hacer nada más que huir de aquí a toda prisa. Iván me obedeció y ambos nos dirigimos al fondo de la iglesia donde se encontraban los demás. De camino a esta posición, vi algo en el suelo me perturbo. Y es que allí, tendida boca arriba, con los ojos abiertos y un profundo tajo en el pecho, estaba Eugenia. Sentí lástima por ella, sobretodo porque me había salvado la vida y yo no pude hacer nada por ella. Por unos momentos sentí profundas ganas de gritar a Iván y reprocharle lo que había hecho, de decirle que había matado a quien me había salvado la vida. Pero no lo hice por lo siguiente, y es que a parte de que no era el momento más adecuado de enzarzarme en una discusión, gracias a él no estábamos muertos. Además, él no tenía ni idea de lo que esta chica había hecho por mi. Mientras estaba compadeciéndome por Eugenia, escuché a Iván decir "Vaya vaya... Mira a quién tenemos aquí". Levanté la cabeza y descubrí a Iván apartando un banco y dejando al descubierto a Juanca. Este, acurrucado y asustado, pedía que no le hiciese nada. Rápidamente me dirigí allí y le quité a Iván el hacha de las manos. Juanca, al ver esto, comenzó a suplicarme que no le matara. Yo le contesté "Tranquilo, no te voy a matar". Al escuchar esto, comenzó a darme las gracias. Yo, sin escucharle, levanté el hacha y lo dejé caer sobre uno de sus pies, cortandoselo. El grito que profirió fue sobrehumano. Después hice lo mismo con su otro pie y el resultado fue el mismo. Entonces terminé diciéndole "Yo no te voy a matar. Lo van a hacer los merodeadores". Después, le devolví el hacha a Iván y seguimos corriendo hasta llegar a los demás. A nuestra espalda, los merodeadores ya se habían abierto paso entre la multitud y estaban dentro de la iglesia. La gente ya se había percatado de esto e intentaban huir en dirección opuesta. La iglesia se había convertido en una ratonera y el tiempo corría en nuestra contra.

Mientras Hans, Esther y Belén sostenían los bancos taponando el gran ventanal para que no entraran los merodeadores, Iván y yo comenzamos a buscar una salida segura. Ninguna lo era, ya que el edificio estaba rodeado. Hans me gritó que nos diéramos prisa, que no podían aguantar más. En ese mismo instante, vi como por un hueco entre la ventana y el parapeto se coló la cabeza de un merodeador. Intenté avisar a Hans, el cual estaba más cerca de él, pero no me dio tiempo. Este acercó su boca a la pierna de Hans y... le mordió. Este gritó y soltó el parapeto para intentar soltarse de las fauces del merodeador. Cuando lo consiguió, reculó hasta dejarse caer en el suelo. Iván, que vio esto tarde, acudió rápido y golpeó con el filo de su hacha la cabeza del merodeador, el cual estaba masticando el trozo de carne que le había arrancado. En ese mismo momento, a falta de Hans en el parapeto, este cedió y Esther y Belén lo soltaron. Fue entonces cuando comenzaron a entrar los merodeadores por la ventana. Los merodeadores que habían entrado por las puertas ya estaban a la mitad de la sala. Teníamos que hacer algo desesperadamente. Iván corrió hasta una pequeña ventana, la rompió y nos dijo que lo siguiéramos. Mientras él saltaba al exterior, levanté a Hans y lo cargué sobre mis hombros. Cuando llegamos a la ventana, Belén, Esther y yo ayudamos a Hans a salir por la ventana y después comenzó a salir Belén. Los merodeadores que habían entrado por la ventana ya estaban prácticamente encima nuestra, así que empuñe el machete y ataqué al más cercano. Le lancé un corte en el cuello, el cual apenas lo frenó. De un golpe lo derribé y me centré en el siguiente, haciéndole la misma operación. Aunque con derribarlos al suelo no conseguí acabar con ellos, al menos pude retrasarlos. No tenéis ni idea, o quizá sí, de lo difícil que es matar a un merodeador con un simple cuchillo. Si no diriges el arma a la cabeza es imposible acabar con ellos. Bien, había conseguido retrasarlos cuando Esther saltó al exterior por la ventana. Entonces me dispuse a hacer lo mismo. No había salido del todo, cuando algo me agarró fuertemente del pie. En un primer momento, pensé que se trataba de un merodeador y después, que era Juanca. Pero no, se trataba de un hombre de mediana edad. Este no me soltaba y con un ataque de pánico me decía que no lo dejáramos allí, que lo lleváramos con él. Yo intenté zafarme de él, golpeándolo con el pie, pero no me soltó. Al menos no lo hizo hasta que dos merodeadores se abalanzaron sobre su cuello, fue entonces cuando me soltó y yo caí al exterior. Aterricé junto a los cadáveres de tres merodeadores. El exterior estaba completamente iluminado por las hogueras que allí ardían. Los merodeadores estaban por todas partes e Iván nos abría paso a golpe de hacha. Entre Belén y yo cargamos con Hans, el cual no paraba de lamentarse. Todo aquello era un hervidero, pero gracias a Iván que, a todo aquel merodeador que se nos acercaba lo eliminaba, pudimos salir de allí sanos y salvos. Ya nos encontrábamos lo suficiente alejados del edificio y desde esta nueva posición podíamos escuchar los gritos de los sectarios que allí habían quedado. Os aseguro que no sentí pena por ninguno de ellos. Fueron cómplices de la locura de Miguel, apoyándole, y por su culpa hemos perdido a parte de nuestro grupo. Me alegro de todo su sufrimiento, el cual espero que continué en la otra vida. En especial, para Miguel.

Cargando con Hans y con el camino despejado, nos dirigimos lo más rápido que pudimos por el camino de tierra, en busca de los coches. Hasta aquí ya no llegaba la luz de las hogueras, pero la noche era muy clara, por lo que no tuvimos problemas. Tardamos un poco en llegar a los coches, pero cuando lo hicimos, nos llevamos una ingrata sorpresa. Nuestras pertenencias estaban diseminadas por los alrededores. Mi mochila vacía junto a los pc's por un lado, la ropa esparcida por otro, un petate vaciado sobre el capó de uno de los coches, ni rastro de las armas ni de la munición... No cabía duda. Nos habían saqueado los enseres de los vehículos. Pero, ¿quién?. Pensé en los miembros de la comunidad, pero si hubiesen sido ellos, a santo de que se llevaron las armas para no utilizarlas. Y ¿por qué no se llevaron los pc's, por los cuales Juanca tenía mucho interés?. Me inclino más por pensar que nos saquearon un grupo de errantes. Sea como sea, nos han desgraciado, ya que estamos sin armas, salvo el hacha de Iván y mi puñal. Como nos veamos sumergidos en un gran apuro, estamos vendidos.
Después de recoger nuestras pertenencias, nos metimos todos en un mismo coche e Iván se puso al volante. Yo me situé en la zona de atrás, junto a Hans y agarrando fuerte el machete. Le habían mordido y temía que pudiese transformarse en cualquier momento. Entre Esther y yo le quitamos la camisa y la utilizamos para taponarle la herida. Hans me miró y me dijo "Me queda poco, ¿Verdad, Erik?". Yo no supe que contestarle, solo pude decirle que se tranquilizara. Luego se sumergió en una serie de lamentos. Nada más pudimos hacer para calmarlo.
Iván no había conducido ni una hora, cuando Hans pidió que detuviese el coche. Se lo comuniqué a Iván y este me hizo caso. Acto seguido, nos pidió que lo sacásemos al exterior. Entre Iván y yo lo hicimos, sentándolo apoyado en un pino. Esther se puso a inspeccionarle la herida, pero Hans le dijo que no se molestase, que ya tenía asumido su final. Fueron verdaderamente tristes a la vez que valientes sus palabras. Luego se dirigió a mi. Sus palabras me encogieron el alma. Sacando de su bolsillo su cartera y buscando algo en ella, me dijo:

"Quiero agradeceros todo lo que habéis hecho por mi todo este tiempo. Sobre todo a ti, Erik. Eres una gran persona, algo que solo se ve eclipsado por tu valentía. Se que si no hubiese sido por vosotros, sobretodo por ti, que me sacaste de aquella jaula, yo habría muerto hace mucho tiempo. Os confieso que con vosotros volví a tener esperanzas de comenzar de nuevo. Lo de Reus y la esperanza de encontrar allí a mi mujer y a mis dos hijos fue una inyección de moral que me ayudo a seguir hacía delante. Pero ahora... ahora ya nunca más sabre si están vivos o si están muertos... (Aquí a pronunciado unas palabras en alemán que no tengo ni idea que quieren decir). Quiero que hagas una última cosa por mi, Erik...". De su cartera sacó una foto y con un bolígrafo escribió algo detrás. Me entregó la foto y vi que en ella aparecía su mujer y sus dos hijos. Luego continuó "Es mi esposa y mis dos hijos. Atrás te he escrito los nombres y apellidos de cada uno. Quiero que cuando lleguéis a Reus, los busquéis. Si están allí, quiero que tú, Erik, les cuentes todo. Todo lo que ha ocurrido. Y que hagas mención especial de lo que vistes en el baño aquel día. Quiero que le pidas perdón de mi parte a mi mujer y que si no me lo concede, lo comprenderé, ya que ni yo soy capaz de perdonarme a mi mismo. Pero merece saberlo. En lo que respecta a mi, no quiero que esperéis a que me transforme para matarme. Quiero que os marchéis y me dejéis aquí". Al escuchar esto, todos los allí presentes nos alarmamos. Le dijimos que no podía hacer eso, que era un final que no merecía. Su respuesta fue tajante: "No. No quiero que me intentéis convencer. La decisión esta tomada y no podéis conseguir que cambie de opinión. Si mi mujer y mis hijos no están en Reus, seguro que están muertos y convertidos en una de esas cosas, por lo cual, yo quiero correr el mismo final. Quién sabe, quizás convertido en una de esas cosas pueda reunirme con ellos de nuevo. Además, no es un final tan terrible. Antes que estar en una repugnante fosa, prefiero 'vivir' convertido en una de esas cosas. Es como una segunda vida, en la cual podré seguir caminando por esta preciosa España, la cual siempre he amado y admirado. Es un último regalo. Marcharos, no perdáis tiempo. Ha sido un honor haber sido miembro de vuestro grupo. Hasta siempre, compañeros".

Al escuchar sus últimas palabras, no he podido evitar emocionarme. Al igual le ha ocurrido a Belén y Esther. Iván, aunque impasible como siempre, le ha estrechado la mano. Yo he hecho lo mismo no sin antes darle un fuerte abrazo, el cual me ha correspondido. Belén y Esther también se han despedido entre lágrimas. Después de esto, nos hemos montado en el coche y puesto en marcha. Hasta que no nos hemos alejado bastante y no ha quedado sumergido por la oscuridad, he podido ver a Hans sentado allí, diciéndonos adiós con la mano. He sentido una profunda tristeza, la cual aun me emociona al pensar. Él ha sido el tercer y último compañero que hemos dejado atrás por culpa de la locura de Miguel. De nada sirve lamentarme, no cambiaran las cosas por mucho que lo haga. Ahora debemos centrarnos en llegar a Reus y en la difícil tarea de cruzar Tarragona. Es una locura hacerlo sin armas de fuego, por lo cual hemos llegado a la conclusión de que debemos conseguir unas con máxima urgencia. Pero, ¿como? ¿de donde las sacamos?. Tendremos que improvisar sobre la marcha. También tengo que cargar las baterías de los pc's portátiles, ya que si os estoy escribiendo es gracias a un empalme que he logrado hacer con el cargador en la batería del vehículo, el cual me permite utilizar el aparato pero no me quiero arriesgar a cargarlo completamente por si esto agota la batería del coche. Aunque no creo, no me quiero arriesgar.

Por cierto, una última cosa, que lo olvidaba. Aquella noche, Iván nos contó que había sido de él todo aquel tiempo que estuvo desaparecido. Al parecer, no ha estado perdido ni nada semejante, por lo que mi viaje de busqueda fue en vano. Él llego a la comunidad al poco tiempo de marcharse, un par de meses después. Lo que ocurrió fue que nada más llegar a los alrededores de la iglesia, fue interceptado por hombres de Miguel. Por lo visto, Miguel lo tenía todo más que planeado. Lo reducieron a traición y lo han mantenido todo este tiempo aislado en uno de los cobertizos, al igual que hicieron con nosotros. Según ha contado, pudo escapar cuando fueron a por él para llevarlo a la iglesia. Lo iban a sacrificar junto a nosotros. Tuvimos una gran suerte de que pudiese escapar, sino, hoy no estaríamos aquí. Aunque hubiese sido mucho mejor que lo hubiese hecho al menos 15 minutos antes, ya que así las cosas habrían cambiado y María, Elena y Hans estarían vivos.
Por lo visto, hay otra mala noticia, la cual me comunicó también esa noche. El Skull Korps sigue en activo e Iván conoce donde acampan. Esto es una mala noticia, aunque no me pilla por sorpresa.

Nos encontramos a pocos kilómetros de Tarragona, así que desearnos suerte.


- Erik -


lunes, 27 de diciembre de 2010

+ 27-12-10 + El día del juicio final: Enviados por el maligno

Antes de nada, quiero decir que los hechos que os voy a relatar van a estar divididos. Es decir, os lo voy a relatar en al menos dos entradas, ya que os tengo que contar muchas cosas y con una entrada no será suficiente.

En esta ocasión, no hemos pecado de confiados, ni de ignorantes, ni de poco precavidos... Nos la han clavado porque así estaba escrito, porque así tenía que pasar... Quizás se podía haber evitado si hubiéramos salido de aquí al poco de acabar la entrada anterior, pero si no lo hemos hecho no ha sido por capricho, sino por necesidad. Movernos significa planificar las rutas, recoger nuestras pertenencias, encontrar vehículos para movernos más seguros... Son muchas cosas que nos han impedido ser más rápidos de lo que hemos sido y por lo cual nos hemos visto en esta situación. Es tontería buscar culpables o errores. Como ya he dicho, lo que ha ocurrido a ocurrido porque tenía que pasar y nada más.

El día 19 nos levantamos temprano. Más que de costumbre. Desde que ocurrieron los últimos acontecimientos, dejamos de consumir alimentos manipulados por los miembros de la comunidad. De todas formas, no creo que nos hubieran servido nada. Ya habíamos dejado de ser bienvenidos y los feligreses pasaron de ignorarnos a mirarnos mal, hasta nos insultaban en nuestra cara. Si dejamos de comer de sus alimentos no fue por esto, sino porque no nos fiábamos de que estos envenenarán nuestra comida para acabar con nosotros. Por lo cual, todas las mañanas, un grupo de dos de nosotros salíamos a los campos cercanos a recoger alimentos para ese día. Frutas, verduras, algún animal de la comunidad... Sí, hemos estado robando a la comunidad y ellos conocían esto. Que se jodan. Dicho día, después de realizar esta tarea y de desayunar unas cuantas naranjas y manzanas, nos pusimos a terminar de recoger nuestros enseres y prepararlos para nuestra partida. Ese día era nuestro último día en la comunidad de tarados. No sabéis el tremendo pesar que llevaba en mi interior. El pensar que teníamos que dejar a Eduardo atrás me estaba comiendo la conciencia. Pero que podíamos hacer si él no había vuelto. Mi única esperanza en ese momento era consolarme pensando que de camino a Reus tendríamos la oportunidad de seguir su rastro.
Bien, después de desayunar, marché con María para buscar dos vehículos. Teníamos la oportunidad de coger uno de los del aparcamiento, pero hacer esto significaba llamar la atención de la comunidad y, por lo tanto, darles a conocer nuestra intención de marcharnos ese mismo día. Y eso no era prudente. Debíamos marcharnos sin que se enteraran de que lo habíamos hecho. Así no tendrían oportunidad de intentar impedírnoslo. No recuerdo a que hora salí con María, pero lo que si que recuerdo es que la tarea de encontrar dos vehículos adecuados nos llevó horas. No nos fue fácil por diversos motivos. Los coches que encontrábamos en la autovía, o bien estaban muy destrozados o bien no arrancaban. Y no hablemos de los problemas que nos dieron lo merodeadores. Mira que he transitado esta autovía veces en los últimos meses y os puedo decir que nunca la había visto tan plagada de merodeadores. No supe a que se debía, aunque supongo que es cuestión de azar, ya que esos seres no tienen otra faena que deambular y, quieras que no, siempre se terminar juntando en manada en un mismo punto en concreto. La verdad, nuestra tarea fue muy entorpecida por estos. Teníamos menos de cinco minutos por cada coche. Es decir, si en cinco minutos no habíamos puenteado el coche con éxito, teníamos que salir por piernas porque los merodeadores estaban alcanzando nuestra posición. También cabe destacar un pequeño percance. María se metió en un vehículo para intentar arrancarlo mientras yo me quedé fuera. Estaba vigilando la posición cuando me alertaron los gritos de María. Miré al interior del vehículo y me vi a María forcejeando con un merodeador. Este, totalmente escuálido y con la cabeza totalmente despellejada, la cual era toda hueso, había salido del asiento trasero del coche y estaba agarrando a María, sentada en el asiento del piloto, e intentandole morder, mientras ella lo sujetaba del huesudo cuello y me gritaba que se lo quitara de encima. Rápidamente, dejé mi rifle en el suelo y cogí la escopeta de María. Con sumo cuidado pero sin perder tiempo, le acerqué el cañón a la cabeza y apreté el gatillo. La cabeza de este explotó en mil pedazos y la masa pútrida de su cabeza nos embadurno por completo. Después de esto, nos marchamos corriendo a toda prisa ya que los merodeadores ya habían llegado a nuestra posición.

Al final, nos hicimos con dos vehículos. Nos costó pero por fin teníamos dos utilitarios en perfectas condiciones. Lo siguiente fue dirigirnos a la comunidad pero sin entrar al aparcamiento con los vehículos. Estos los dejamos en el borde del camino y realizamos la parte del otro trayecto a pie. Cuando llegamos a la comunidad fue como llegar a esta por primera vez. Al ver el edificio ante nosotros, me invadieron los recuerdos de cuando llegamos aquí aquel 4 de Junio. Sentí nostalgia, ya que las cosas habían cambiado tanto...
Lo primero que hicimos fue buscar a los demás y avisarles de que teníamos los coches y había llegado la hora de marcharnos. Tuvimos suerte, ya que todos los miembros de la comunidad estaban en una de sus tediosas y enfermizas misas, así que era cuestión de recoger nuestras cosas, llevarlas a los coches y marcharnos de aquí pitando. Yo propuse lo siguiente: me quedaría en las inmediaciones de la iglesia con la intención de avisar a todos si los sectarios terminaban la misa mientras los demás llevaban los trastos a los coches. Recalco que nuestra intención era marcharnos del lugar sin que se enterara la comunidad. Pues bien, me dirigí a la iglesia y me situé cerca de la puerta. Desde aquí podía oír a Miguel soltar su sermón. Este era muy diferente a todos los que habíamos oído tiempo atrás. Su voz, siempre tranquila y pacifica, se había convertido en agresiva y cargada de odio. No estaba hablando en voz alta como siempre lo hacía, estaba gritando, vociferando. Y sus palabras... me pusieron los pelos de punta. Hablaba de nosotros:

"...Ellos, ellos son el maligno encarnado. Por culpa de gente como ellos Dios nos ha enviado a su ejercito divino. Su ejercito ha arrasado la tierra y ha acabado con todos los impuros de este mundo. Dios los ha aplastado aunque muchos se escondieran. Se escondieron pero no les sirvió de nada, ¡porque nadie se puede esconder de Dios todopoderoso! Sin embargo, este grupo de infieles, que han escupido sobre nuestra fe, ¡sobre nuestro Dios!, han logrado escapar de su destino. ¿Y por qué? ¡Porque el mismísimo Satán esta de su parte! Sí, hermanos, el ángel caído, la bestia, el repudiado de Dios... ¡Él esta ayudándolos! Él les guía, los maneja a su antojo. Por ello vinieron aquí, ¡el maligno los envió con la misión de corrompernos! Lo ha hecho porque nosotros somos el único bastión puro del mundo, ¡somos los únicos supervivientes! ¡y él quiere sacarnos de nuestra senda! Por ello este grupo de malditos a los ojos de Dios ha sobrevivido tanto tiempo vagando por la tierra... ¡Porque Satán les ayuda! Dios me avisó de ello, él me dijo 'Vendrá un grupo de sobrevivientes liderados por un chico joven. Ellos te pedirán hospitalidad, os intentarán engañar con buenas palabras y se harán pasar por uno más entre vosotros. Pero ellos no serán quienes dicen ser. Ellos son enviados por aquel que renegó de mi y fue expulsado de mi reino. Su misión será corromper vuestra pureza, desviaros del camino que yo os he marcado. Pero no los repudiéis. Darles vuestra mejor hospitalidad, acogerlos en el terreno sagrado que yo os he dado y compartir vuestros alimentos con ellos, tratarlos como a hermanos, pero manteneros firmes en vuestra fe y no escuchéis sus palabras. Cuando vean que es imposible quebrantar vuestras almas, ellos intentarán escapar. Lo harán una y otra vez, pero yo se lo impediré, haciéndoles volver siempre que intenten escapar. Entonces vosotros, hijos míos, habréis conseguido frustrar los planes del maligno. Sus enviados estarán a la merced divina. Solo tendréis que esperar al gran día y será entonces cuando me tendréis que enviar las últimas almas impuras sobre la tierra. Entonces, todo acabará, el día del juicio final habrá llegado'. Ese fue su mensaje y yo he llevado a cabo su voluntad. Les he ofrecido nuestro techo, nuestra hospitalidad, nuestros alimentos... y ellos, tras varios intentos de acabar con nuestra fe, han intentado huir. Pero Dios se lo ha impedido. Entonces, muchos de vosotros comenzasteis a dudar y a dejaros seducir por ellos. ¿Recordáis que fuimos atacados por hordas del ejercito divino? ¡Eso fue un castigo de Dios! ¡El todopoderoso estaba enojado porque muchos de vosotros estabais comenzando a perder vuestra fe por este grupo de infieles! ¡Os estabais dejando engañar por sus palabras que hablaban de una ciudad segura! ¡Por ello nos envió ese castigo y dejó de hacerme revelaciones! ¡Pero conseguimos enmendar el error y ahora más que nunca debemos demostrarle a nuestro Señor que seguimos su palabra sagrada! ¡Él quiere que le entreguemos las almas de esos impuros en el gran día y así lo haremos!".

En este punto, la gente enfervorizó y comenzó a gritar "¡Eterna gloria a nuestro Señor todopoderoso" y lanzar otras alabanzas a su Dios mientras otros muchos gritaban "¡Abajo los infieles!" y "¡Que la ira divina caiga sobre los enemigos de nuestro Señor!". Me sentía horrorizado y me estaban invadiendo unas tremendas ganas de salir corriendo para avisar a los demás. Lo que temíamos se había iniciado. Miguel estaba pidiendo nuestra cabeza y la gente encolerizada lo aclamaba. Miguel continuó con unas breves palabras, las cuales me hicieron salir de estampida de allí: "¡Hermanos! ¡Vayamos a por ellos ahora mismo! ¡Cumplamos la orden divina!". Automáticamente después de oír esto, salí corriendo hacía el edificio principal mientras desenfundaba mi pistola. Corrí todo lo aprisa que pude y no tardé en llegar a la puerta principal. Allí me encontré a Hans, cargado con varios enseres. Prácticamente sin aliento, le dije "¡¿Donde están todos?¡ ¡¿Donde esta Belén?!". Hans, sin entender nada, me dijo "Pues supongo que dentro, recogiendo. ¿Que ocurre?". Mientras abría la puerta principal, le dije "¡Vienen a por nosotros! ¡Corre y pon en marcha los vehículos! ¡Rápido!". A mis espaldas pude oír a la muchedumbre y cuando giré la cabeza, pude ver a varios de ellos con Miguel a la cabeza. Este, al vernos, gritó "¡Ahí están! ¡A por ellos!". Hans lanzó las cosas al suelo y salió corriendo mientras yo me metí en el interior del edificio. Corrí en busca de Belén mientras todos los sectarios entraban en el edificio. Mientras corría por los pasillos, iba llamando a Belén a gritos. Esta no me contestaba. Nadie lo hacía. Nada más llegar a la habitación la abrí prácticamente de un golpe esperando encontrarla allí. Pero no, no estaba. Intenté salir de esta y huir, pero por el pasillo pude ver a la turba de gente, corriendo y gritando "¡Infiel!". Estos me vieron y yo cerré la puerta de la habitación y la bloqueé como pude con la cama. Desesperadamente busqué alguna de las armas que dejamos en la habitación días anteriores, pero no estaban. Es más, no había nada de nuestras pertenencias. Al parecer, Belén ya las había recogido y llevado al coche. No me quedaba otra opción que defenderme con la pistola, pero con un cargador de 17 balas no sería suficiente para disuadir a la turba. Los primeros golpes a la puerta sonaron. Poco a poco, estos se hicieron más insistentes y violentos, mientras la frágil puerta temblaba por cada enviste. No tenía escapatoria. Permanecí quieto apuntando mi arma mientras les gritaba que estaba armado. Pero ellos ni siquiera me escuchaban y mi voz era eclipsada por sus gritos y golpes. Al final, la puerta cedió y una gran brecha se abrió en el centro. La cama se desplazó y la puerta quedó abierta. Comenzaron entrar. Los primeros fueron dos individuos ataviados con túnicas. Estos me lanzaron una mirada de odio y comenzaron a acercarse a mi. Yo les grité "¡No deis ni un paso más o disparo!", pero no me hicieron caso. Intentaron lanzarse sobre mi pero les disparé antes. Efectué tres disparos. Al primero le alcancé en la cabeza y al segundo en hombro y pecho. Estos cayeron abatidos pero cuando me di cuenta ya habían entrado cuatro más. Y seguían entrando. La voz de Miguel sonó de entre la turba que había en el pasillo, diciéndome "¡Es inútil, Erik! ¡¿Cuantas balas puedes utilizar contra nosotros?¡ ¡Somos más y tus balas no nos frenarán! ¡Rindete, hijo del maligno!". Disparé nuevamente y acabé con los que se me intentaron acercar. La situación me desbordaba y solo podía recular disparando. A pesar de que veían que les apuntaba y no dudaba en disparar, ellos no se amedrentaban y seguían intentando atraparme. Estaban poseídos por una fe fanática que los lanzaba a la muerte sin pensarlo. De repente, Juanca apareció de entre la multitud. Este iba vestido con túnica y me miró mientras me sonreía. Lo encañoné y apreté el gatillo. Pero el arma martilleó en vació. Había vaciado el cargador. Y este era el único que tenía. Los otros estaban en mi mochila la cual no llevaba encima. Juanca y varios más comenzaron a acercarse. Yo, arrinconado en la pared, desenfundé el machete y me puse en guardia. El primero que se lanzó sobre mi recibió por mi parte una estocada en el abdomen que lo hizo desplomarse. Al segundo le alcancé en el cuello antes de que se me acercara. Fue desagradable ver como caía de rodillas profiriendo un grito ahogado y la sangre brotando de su cuello como una fuente...
La habitación estaba llena de sectarios y era imposible abrirme paso entre ellos con un simple machete. Era cuestión de tiempo que me redujeran. Por eso tomé la solución más drástica y de la única que disponía en ese momento. Salté por la ventana. No era la primera vez que hacía esto. No se cuanta distancia habría, solo puedo decir que no era pequeña. Atravesé el cristal de la ventana y caí en picado hasta aterrizar en el suelo.

El golpe fue violento e intente amortiguarlo lo mejor que pude. Un terrible dolor me recorrió desde los pies hasta la columna vertebral, pero no podía pararme a esperar a que este desapareciera. Encorvado, me puse en pie y levanté la cabeza para mirar a la ventana. Allí habían varias cabezas asomadas, entre ellas, la de Juanca. Acto seguido, un individuo saltó por esta y cayó a mi lado. Todos comenzaron a hacer lo mismo y yo solo pude salir corriendo. Corrí y corrí hasta bordear el edificio y llegar al aparcamiento. Mi sorpresa fue que, al llegar a este punto, vi a un grupo de sectarios en el centro del aparcamiento. Estaban en circulo. Intenté evitarlos hasta que vi que en el centro, atados, tenían a Belén, Esther, Hans y Elena. Un sentimiento de rabia y odio me recorrió el cuerpo y, cegado por estos sentimientos, corrí hacía sus captores con el puñal en mi mano. Belén, al verme, gritó "¡No! ¡Huye!" y los cinco captores se giraron, descubriéndome. Estos llevaban lazos de perrera y uno de ellos, una horca de granero. Cuando llegué hasta su posición, salté sobre el primero y comencé a clavarle el machete una y otra vez. No podía parar de hacerlo y la sangre me salpicaba empapándome. Uno de ellos intentó golpearme con el lazo, pero yo esquivé el golpe y le lancé un tajo a su pierna. Le corté a la altura del muslo superior. Podía oír de fondo los gritos de Belén, pero en ese momento, mi mente estaba cegada y solo deseaba matarlos a todos. Una chica de mediana edad que no vestía túnica, me golpeó con el palo de su lazo en el hombro. Me recuperé del golpe y dirigí mi machete hacía su pecho. Le asesté una estocada en el centro de su caja torácica y esta cayó desplomada en el acto. Fue entonces cuando acabó la batalla. A mi espalda, uno de los individuos consiguió atraparme con el lazo. Me capturó del cuello como hacían con los merodeadores y me inmovilizó. Yo, machete en mano intenté soltarme, pero era imposible. Este comenzó a zarandearme hasta que me hizo perder el equilibrio y caí al suelo. Tumbado sobre el asfalto y fatigado, pude ver a Belén, Esther, Hans y Elena, que me miraban con cara de horrorizados. Volví a intentar rehacerme, pero fue imposible. Me tenían bien cogido. Uno de ellos me pisó la mano y me quitó el machete. Yo, derrumbado, me dirigí a Belén. Le dije "Lo siento... Os he fallado... Os he fallado...". Al poco, vinieron cuatro individuos más. Traían a María, también del cuello con uno de esos lazos. Nos retuvieron hasta que vino Miguel seguido de toda la comunidad. Este, al verme, gritó "¡Oh, hermanos! ¡Miradlo! ¡Observar como es la bestia encarnada! ¡Esta cubierto de la sangre de nuestros hermanos!". Yo miré mi cuerpo y vi, asombrado, que estaba empapado de sangre. Parecía que me había lanzado en una bañera llena de fluido vital. Al ver esto, no pude evitar ponerme a vomitar. Fue entonces cuando, como salido de la nada, hizo aparición Thor. Nadie lo vio correr hacia nosotros y se percataron cuando este se lanzó sobre uno de lo sectarios. Lo agarró del cuello e hizo presa con sus mandíbulas. Todos los allí presentes recularon horrorizados y solo Miguel se quedó quieto e impasible. Thor asfixio a su victima y Miguel gritó "¡No tengáis miedo! ¡Dios nos protege ante esa bestia de los infiernos!". Al pronunciar estas palabras, Thor levantó la cabeza y centró su atención en Miguel. De un rápido movimiento comenzó a correr y brincó en dirección a su cuello. Pero... pero... ocurrió lo que nunca debió ocurrir. El individuo de la horca atravesó a Thor con esta y lo derribó antes de que llegara a Miguel. Hijos de puta... No os podéis ni imaginar lo que le he llorado todo este tiempo. No puedo borrar de mi mente la imagen de Thor en el suelo con la horca clavada en su costado. Aun puedo verlo allí tirado, respirando dificultosamente y sus ojos clavados en mi. Malditos. Yo, ante esa escena, solo pude gritar de rabia. Nada más pude hacer. Nada más...

Con todos nosotros allí inmovilizados, estábamos a su merced. Esperaba que nos ejecutaran allí mismo, pero no. Miguel dio orden de que me ataran de pies y manos y nos llevaran a uno de los cobertizos. Así lo hicieron. Nos arrastraron hasta uno de los cobertizos y allí, en la más absoluta oscuridad, nos ataron a cada uno en una esquina. Allí hemos permanecido poco más de dos meses. Dos meses de tormento y cautiverio en los cuales llegamos a ansiar que nos ejecutaran lo antes posible. Pero no lo hicieron. No. Nos tenían preparados otro destino...

Hoy no tengo más fuerzas para seguir escribiendo. Mañana continuaré. Os pido disculpas por ello.


- Erik -