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sábado, 2 de octubre de 2010

+ 02-10-10 + Reencuentro

Después de días esperando para partir, fue ayer cuando me puse en marcha. Con mis heridas más que cicatrizadas y con prácticamente toda la movilidad de mi brazo, ya estaba dispuesto para volver a la 'Iglesia'. De buena mañana, hablé con Andrés y le dije que había llegado la hora de mi partida. Él no tardó en ayudarme en los preparativos. Lo primero que hizo fue, junto a su tía, apartar víveres y agua para aprovisionarme en mi viaje. Yo les dije que no hacía falta que me dieran muchos víveres, que el viaje no era muy largo, pero que si les sobraba bastante agua, que me llenaran todas las botellas que pudiese cargar. Así lo hicieron. Me llenaron tres botellas de litro y medio y varias pequeñas. De comida me dieron varios botes de conserva de alubias y lentejas y varios trozos de embutido. Luego, Andrés me llevó al almacén de armas y comenzó a llenarme cajas con munición. Acto seguido, me dijo "Creo que será mejor que dejes aquí tu viejo rifle y aceptes este regalo. Tómalo en agradecimiento por todo lo que has hecho por nosotros y por las molestias que has sufrido. Se que no es mucho, pero te puede sacar de un apuro que tu viejo rifle Benelli quizás no resuelva". Entonces me hizo entrega del Dragunov que empuñe el día del asalto al campamento chabolero. La verdad, tenía razón. Este rifle era mucho mejor y superior en todos los aspectos que mi otro rifle. Le agradecí el regalo no sin antes intentar rechazarlo por educación. Andrés insistió, alegando que tenían muchos más de los que iban a necesitar. Ya había terminado prácticamente mi petate cuando le dije a Andrés que tenía que hacer algo antes de marcharme. Quería visitar la tumba de Eusebio y su hijo. Quería despedirme. Se que no los conocí tanto como para tener un estrecho lazo de afecto, pero sentía en mi interior que debía despedirme antes de marchar. Aunque solo fuera por agradecimiento a su hospitalidad. Desde que todo empezó, no he encontrado a mucha gente que me haya abierto las puertas de su casa sin intentar degollarme después. Andrés, con una mirada que expresaba agradecimiento, me contestó que por supuesto que me llevaría. Y así lo hizo. Cuando terminé de preparar mis pertenencias, Andrés me condujo por los pasillos del refugio hasta una de las salidas de este. Andamos por un pequeño huerto hasta llegar a las tumbas. Ante dos bultos de tierra removida, se alzaban dos cruces de madera con una pequeña chapa del mismo material en el que ponía el nombre y apellidos de ambos. Permanecí frente a estas, en silencio. Andrés tampoco pronunció ni una palabra. Después de unos minutos de silencio, en el que solo se escuchaba ulular al viento, busque a mi alrededor. Miré el suelo, de aquí allá, hasta que encontré lo que buscaba. En este mar de tierra donde no había ni siquiera arbustos, encontré un par de amapolas que crecían juntas y solitarias. Las arranqué y puse una en cada tumba. Luego dije a Andrés "Me hubiera gustado haberles dejado un ramo o una corona de flores, pero ya entiendes...". Él me contestó algo que apenas escuché. En ese momento, estaban pasando miles de cosas por mi cabeza. Por unos instantes, pensé que con mucha probabilidad, yo jamás tendré un entierro. Que Eusebio y Manuel eran afortunados, ya que yo, cualquier día muero en un cruce de caminos lleno de merodeadores y mi funeral se verá reducido a vagar como un podrido más. Eso era algo que hasta la fecha no había comenzado a atormentarme y ahora me doy cuenta de lo horrible y triste que debe de ser.

Cuando volvimos al refugio, cargué el petate a mi espalda y en el hombro el rifle. El refugio estaba desierto y Andrés me acompaño hacía la otra salida. Mientras andaba por el estrecho pasillo camino de la salida, iba pensando que me habría gustado despedirme de la mujer de Eusebio y de todos los demás. Mi sorpresa fue que, al salir del refugio, esperándome en el exterior estaban todos, incluidos los niños. Estaban allí para darme la despedida. No pude evitar que se me saltaran las lágrimas. La mujer de Eusebio se me acercó y me dio un fuerte abrazo, el cual respondí. Cuando se separó, sacó de su delantal un bulto de tela, el cual empezó a abrir. Era un bonito y gran machete, de empuñadura de hueso de animal, reluciente hoja y funda de cuero. Me lo entregó, diciendo "Era de Eusebio. Siempre lo llevaba con él y le tenía un gran cariño. Se que él, allá donde este, estará contento que seas tú quién lo lleves a partir de ahora. Llevatelo como una recompensa a toda la ayuda que nos has prestado". Intente no aceptarlo, pero me insistió "Por favor, acéptalo o me enfadaré. Yo tengo todas las demás pertenencias de Eusebio y esto te hará más falta a ti que a mi". No pude seguir rechazándolo y lo acepté. Lo até a mi cinturón. Después, con lágrimas en los ojos, se me acercó la mujer más anciana, la suegra de Eusebio. Esta me dio dos besos y me dijo "Cuídate, hijo". La mujer del difunto Manuel me miró y me dijo adiós tímidamente con la mano. Su rostro no había variado ni un ápice desde que se había enterado de la noticia de que su esposo había muerto. Andrés dijo a los niños "Chicos, ¿que se dice?". Los niños dejaron de juguetear y me dijeron "¡Adiós, Erik!". El más pequeño me sacó la lengua en símbolo de burla. Entonces pronuncié unas palabras antes de partir. Fueron breves y concisas: "Gracias por todo a vosotros. Nunca os podré agradecer suficiente lo que habéis hecho por mi. Es algo difícil de encontrar en los tiempos que corren. Cuidaros mucho, por favor. Espero que algún día nos volvamos a ver, y espero que ese día haya acabado todo esto. Adiós". Andrés de me acercó y me abrazó, mientras decía "Suerte, hermano. Y cuídate mucho. Aquí tienes las llaves de tu nuevo coche. Lo tienes en el borde de aquél camino. Hasta la próxima". Con las llaves en la mano, los ojos empapados de lágrimas y sin girar la cabeza hacía atrás, caminé en dirección al vehículo. Había transitado más de la mitad del camino, cuando escuché unos gritos a mi espalda. Me giré rápidamente y vi a alguien correr hacía mi. En un primer momento, me costó reconocer de quién se trataba, pero no tardé en distinguir que era la hija de Andrés, la niña de la insulina. Esta corría hacía mi mientras gritaba mi nombre. No entendí que ocurría hasta que llegó a mi altura y se lanzó a mis brazos, abrazándome. Yo me agaché y la abracé también. Me dijo "¿Por qué te vas? ¡No te vayas, porfa! Quédate con nosotros". Yo, impresionado por esta situación que no esperaba, le expliqué a la niña "Lo siento, pero no puedo. Me gustaría mucho quedarme con vosotros, pero debo de irme. Hay alguien esperándome no muy lejos de aquí y tengo que ir junto a esa persona. No te enfades, ya veras como algún día vuelvo a visitaros, ¿vale?". La niña me miró a los ojos y me puso algo en la mano mientras dijo "Cuídalo mucho, porfa" y me dio un beso en la mejilla. Después, salió corriendo de vuelta al refugio. Miré lo que me había dado. Era un pequeño osito de peluche desgastado y con remiendos. No pude evitar sonreír y mirar como la niña se alejaba corriendo. Los demás seguían en la puerta del refugio y yo les alcé el brazo diciéndoles adiós. Ellos me devolvieron el gesto. Guarde el osito en la mochila y seguí mi camino hacía el coche. Este era un todo-terreno azul. Me subí y emprendí mi camino sin parar de pensar en la niña y el regalo que me había hecho.

La noche me sorprendió a pocos kilómetros de mi destino. Aunque en mi camino no encontré a muchos merodeadores, decidí pasar la noche en el coche y esperar a que amaneciera para seguir mi camino. Fue una medida de seguridad para no tener sorpresas inesperadas en plena noche. Aparqué en el arcén y no tardé en dormirme. No se que hora era exactamente, creo que las 23:30, cuando me desperté sobresaltado. Una potente luz cegadora me deslumbraba. Me sentí desubicado y desenfundé mi pistola del pantalón, pero la puerta del vehículo se abrió y una mano me sacó al exterior, derribandome en el suelo. Ante mi se erguía un individuo que no podía ver bien por culpa de la luz. Este le dio una patada a mi pistola, alejándola. Cubriendo la luz con mis manos, pude ver algo mejor al individuo. Este llevaba un rifle con el que me estaba apuntando. Su cabeza estaba cubierta por un casco y su rostro por una máscara antigas. Llevaba un uniforme... ¡del ejército español! Este, con voz grave, dijo "No intentes nada o dispararé. Ponte de pie muy lentamente". Obedecí y apareció otro individuo más, que sin dejar de apuntarme se dirigió a mi coche y comenzó a rebuscar entre mis pertenencias. El primero dijo"Quién eres, de donde vienes y a donde vas". Contesté una verdad a medias: "Me llamo Erik y solo busco un lugar seguro y alimentos, nada más". Contestó "Sí, claro, y has permanecido todo este tiempo vagando. ¿Pretendes que nos creamos eso? Eres un saqueador, ¿verdad? Pon las manos sobre el capó del coche y no te muevas". No contesté y puse las manos sobre el coche. Mientras me cacheaba y quitaba el machete, comencé a pensar una historia más convincente. No sabía quienes eran, si realmente eran militares o no, por lo tanto, no iba a descubrir la ubicación de Belén y los demás ni la del refugio de Andrés. Mientras me cacheaba, pregunté "¿Y quienes sois vosotros y que queréis exactamente?". Su contestación fue esperanzadora "Somos soldados del ejercito de resistencia, campeón". El individuo que husmeaba mi coche salió diciendo "Solo lleva un rifle, todo lo demás, objetos sin importancia. No parece saqueador. José, agacha un poco el foco, que nos deslumbras". Ese tal José era un tercero que no había visto. Bajo el foco y entonces pude ver con más claridad a mis captores. Subido en un jeep militar y dirigiendo el foco, estaba el tercer individuo. Los tres llevaban atuendo militar. El que me había cacheado dijo "Mira, te vamos a dar la última oportunidad. Si nos cuentas la verdad de quién eres, te dejaremos marchar. Si nos mientes otra vez, te vamos a juzgar como saqueador y/o maleante, y eso esta penalizado con la muerte, así que te daremos un tiro en la cabeza en el borde de la carretera para que te coman los perros salvajes hasta que te reanimes. Tú decides". Parecían militares de verdad, así que decidí contarles la verdad. Comencé desde mi marcha de la Iglesia para buscar a Iván, pasando por mi estancia en el refugio, hasta el día de hoy. Los supuestos militares se miraron entre ellos y uno se pronunció: "Cuentas una historia bastante convincente y te vamos a creer. La verdad, no hemos encontrado nada en tu coche que te incrimine como saqueador o maleante, así que puedes estar tranquilo. A todo esto... ¿Como son esos individuos de ese tal Skull Korps?". Les di una descripción bastante detallada y se miraron entre ellos. Entonces, mientras dejaba sobre el capó del coche el machete y algunas pertenencias mías, dijo "Tenemos constancia de esos individuos. Llevamos un tiempo siguiendo sus pasos para conocer que traman. Se mueven por Tarragona y alrededores. También se han dejado ver por Salou y el parque de atracciones PortAventura. Cuando lleguemos a Reus informaremos a nuestros superiores de que son peligrosos y tomaremos medidas". Aproveché para preguntarles sobre Iván, les di una descripción detallada y les pregunté si lo habían visto. La respuesta fue negativa: "No. Al menos, no tenemos constancia sobre la persona que nos describes. De todas formas, nosotros no hemos realizado el seguimiento a ese grupo. Solo he leído los informes y por ello estamos al tanto. Aunque no lo creas, son muchos los grupos de individuos que merodean por los alrededores de Reus. Muchos de ellos merodean y se marchan, por lo tanto, los ignoramos. Pero los que intentan interferir en la paz de la ciudad o aquellos que tenemos constancia de que realizan actos delictivos, de esos tenemos orden de encargarnos y acabar con ellos. Daremos informe de lo que nos has relatado y si el superior da el visto bueno, una unidad se encargara de esos tipos". Asombrado por la organización que parece haber en Reus, les pedí que me informaran sobre la situación de la ciudad. Me contestaron sin ponerme trabas. "¿La situación? Hmm... Pues como siempre. Hace unos días que las tareas de limpieza y desinfección del perímetro oeste terminaron y ya ha sido habilitado para nuevos evacuados, pero el ensanchamiento de la ciudad continua. Las tareas de reparación de la valla norte siguen en proceso, la limpieza semanal de infectados en las vallas se han tenido que posponer... No sé que más quieres saber, esta todo prácticamente como siempre". Le hablé de nuestra intención de llegar a Reus y entrar a formar parte de la comunidad, a lo que me respondió "Claro que podéis. Pero la cosa no es tan simple. Si bien esta ciudad fue establecida para la evacuación de civiles, no todos pueden entrar. Eso ya lo conoceréis cuando lleguéis, pero tranquilos, son unos requisitos muy básicos y no tenéis nada que temer. Te informo que para llegar a Reus desde esta zona, solo es posible hacerlo desde la carretera de Tarragona. Alguien se entretuvo volando todos los accesos que llevan a la ciudad desde esta zona". La teoría que barajó Eusebio de que pudieron ser los militares de Reus los que volaron las carreteras que llevan a la ciudad se descarta después de esta revelación. Pero entonces, ¿quién puede haber hecho esto? Sigo sin entenderlo. Que clase de intereses pueden haber creados para realizar esto. Después de esto, los militares me explicaron que se encontraban por esa zona ya que venían de cierta misión de reconocimiento de la cual se negaron a darme más detalles. Me sorprendió que no se quitaran las máscaras antigas en ningún momento de la conversación. ¿Por qué llevaban estas? ¿Era un método para evitar el contagio de lo que coño sea que transforma a las personas en muertos andantes? Ni idea. Tampoco tuve tiempo de preguntárselo, ya que no tardaron en marcharse al poco de recibir un mensaje por los walkies. Diciéndome un "Nos tenemos que marchar. Ten cuidado, esta zona no es segura. Y esperamos que tú y los tuyos lleguéis sin problemas a Reus" se subieron al vehículo y se marcharon en la oscuridad. Ya solo y pensando en todo lo que me habían hablado, me metí al coche hasta que conseguí dormirme. Esto no me fue fácil.

Me desperté con las primeras luces del alba. Los cantos de los pájaros resonaban por todas partes y esto me trajo viejos recuerdos. Recuerdos de un pasado no muy lejano en el que se podía vivir más o menos tranquilo. Hacia tiempo que no me percataba de pequeños detalles como este. Arranqué el vehículo y me puse en marcha. Tardé tan solo un par de horas en llegar a mi destino. 'La iglesia del fin de los tiempos'. Conforme me iba acercando al vehículo, dentro de mi crecían las ansias de volver a abrazar a Belén. La zona esta tal cual la había dejado hace unos meses, sin ningún cambio significativo. Nada más llegar al aparcamiento del edificio, aparqué justo en frente de la puerta del edificio y paré el motor. Un par de personas que estaban en la puerta se me quedaron mirando y no tardaron en meterse en el edificio, cuchicheando. Cargué todas mis pertenencias y salí del coche prácticamente corriendo. Debía encontrar a Belén cuanto antes. Entré al edificio y ande rápidamente por los pasillos camino a la habitación. De repente, ha aparecido Esther, vestida con la estúpida túnica. Esta, al verme, ha reaccionado de manera que no podía haber imaginado. Mientras exclamaba mi nombre, a comenzado a correr hacía mi. Le iba a preguntar por Belén, pero no me ha dado tiempo, ya que ha dicho "¡Has vuelto! ¡No me lo puedo creer! ¡Tengo que hablar contigo sobre un asunto! Y ya de paso, quiero pedirte disculpas por todo lo ocurrido entre nosotros...". He tenido que interrumpirla, preguntándole sobre Belén. Ella me me ha contestado que se encontraba en la habitación. Sin perder tiempo, he dejado atrás a Esther y me he dirigido a la habitación. A mis espaldas escuchaba a Esther decir que luego la buscase sin falta. Cuando he llegado a la puerta de la habitación, he cogido el pomo y antes de girarlo, he respirado hondo. Belén iba a sufrir un shock en cuanto me viera. Conté hasta tres y giré el pomo, abriendo la puerta. La habitación estaba iluminada. Al fondo de esta, sentada en la cama, estaba Belén. Ella levantó la mirada y se quedó petrificada al verme. Parecía que estaba viendo a un fantasma. Entonces, de un salto se ha puesto en pie y ha exclamado "¡Dios mio! ¡Erik!". Corriendo hacia mi, se ha lanzado a mis brazos. Se ha puesto a llorar desconsoladamente, diciendo "Pensaba que estabas muerto... Lo pensaba... Dios... Había perdido toda esperanza...". Abrazándola fuerte le he dicho que ya estaba de vuelta, que no tenía que preocuparse por nada. Belén me ha mirado a los ojos y me ha soltado una bofetada. Sabía que lo haría. Entonces me ha dicho "No lo vuelvas a hacer. Jamás me vuelvas a abandonar. Por nada en el mundo" y me ha besado en los labios. Todo lo que ha ocurrido después, el reencuentro en más profundidad y demás, no se puede contar y queda entre Belén y yo, ya me entendéis... jeje.

Tumbados en la cama, le he relatado todo mi periplo. Desde mi estancia en la casa de los ancianos pasando por el refugio. Cada palabra mía era escuchada por Belén con mucha atención. Cuando he llegado a la parte de Reus, Belén se ha quedado muda. No daba crédito. Me pidió que se lo repitiera y así lo he hecho. Entonces, ha dicho "Es la mejor noticia que me has podido dar, cariño. La mejor. ¿Sabes lo que significa eso? ¡Que aun hay esperanzas de dejar todo esto atrás! Podemos construir una nueva vida...". Verla de nuevo con esa alegría ha sido una nueva inyección de ánimo. Hemos estado un buen rato hablando sobre ello y entonces le pregunté como había transcurrido todo en mi ausencia y si había vuelto Iván. La respuesta fue un mazazo. "Las cosas han transcurrido con normalidad, dentro de lo que cabe. La buena noticia es que desde que te marchaste, no han habido más ataques de merodeadores. Pero Iván... no ha vuelto. Y si me dices que no lo has encontrado, creo que los dos ya sabemos que quiere decir esto. No te tortures, Erik, has hecho lo que has podido. Más de lo que deberías. Ahora tenemos otro problema...". He mirado a Belén, temiendo lo peor. "...hace unos días que Eduardo salió a buscarte". El mundo se me ha caído a los pies al oír esto. "Me encontraba muy mal desde tu partida. Y con el paso del tiempo, al ver que no aparecías, fui a peor. Eduardo cuido mucho de mi, hizo todo lo posible para que no lo estuviera pasando tan mal. No paró de darme ánimos, diciéndome que seguro que estabas vivo, que solo habías sufrido un contratiempo y nada más... Todos me ayudaron, pero Eduardo fue el que más. Él tambien se sentía muy mal por tu ausencia y decidió salir a buscarte, igual que tú habías hecho por Iván. Yo le dí el visto bueno y le pedí por favor que te encontrara. Ahora que se que tenía razón y me siento tan culpable de haberle permitido marchar...". No he podido decir nada al respecto. Yo hice exactamente lo mismo. Ahora me siento terriblemente mal por todo lo que ha desencadenado el haberme marchado. Hice todo esto por encontrar a Iván, misión en la que he fracasado, y solo he conseguido que ahora sean dos amigos los que están desaparecidos. Se que Eduardo sabe cuidar muy bien de si mismo y se que no le va a ocurrir nada, pero no sé. Iván también sabe cuidar muy bien de si mismo y mirar, hace meses que no ha vuelto. No sé... Supongo que solo nos queda esperar. El inconveniente es que hasta que no aparezca Eduardo, no podemos marcharnos camino a Reus. Otro contratiempo más.

He permanecido en la habitación un buen rato hasta que hemos decidido levantarnos. Me picaba la curiosidad lo que me había dicho Esther y en ese momento he pensado en ir a buscarla. Se lo he comentado a Belén y me he ido a dar una vuelta a ver si veía a Esther. No he tardado en encontrarla. Estaba sentada en la escalinata de la entrada. Al verme, ha comenzado a mirar a todos los lados y se me ha acercado a toda prisa. Ni siquiera me ha dado tiempo a preguntarle que quería, ha comenzado a hablar a toda prisa: "Erik, gracias a Dios que has vuelto. Hay muchas cosas que debes saber. Y no son nada buenas. Estabas en lo cierto y comienzo a pensar que corremos peligro...". En ese momento, Esther se ha callado en seco y ha fijado su mirada a mi espalda. No entendía que pasaba y ella a continuado: "...ahora no te puedo contar nada. Me vigilan muy de cerca. Nos vigilan a todos. Tenemos que vernos de noche. Te dejaré una nota por bajo de la puerta de tu habitación, ahí te diré donde quedar para hablar. Y es importantisimo que no le digas nada a nadie de todo esto, sobretodo, no hables de nada con Juanca". Sin entender nada, le he dicho un "Pero..." que no ha escuchado, ya que ha dado media vuelta y se ha marchado. Entonces me he girado y he visto de quien se había asustado. Era Miguel. Venía hacía mi, sonriendo. Todavía sigo sin entender nada. ¡Esther era seguidor de Miguel! ¿A que se debe todo esto? Miguel ha llegado a mi posición y ha exclamado "¡Erik! ¡Hermano! ¡Estas de vuelta! No sabes cuanto me alegro de ello. Dios te ha traído sano y salvo. ¿Que tal tu periplo? ¿Encontraste lo que buscabas?". Ante mi respuesta negativa, ha continuado "Si no has encontrado lo que buscabas es porque el altísimo no ha querido. No te preocupes por ello, lo importante es que estas de vuelta en la comunidad. Hay muchas novedades desde que te fuiste. Deja que te las muestre". Me ha pedido que lo acompañara y lo he seguido hasta la capilla. Al entrar, he descubierto toda esta zona llena de sacos de obra, ladrillos y un gran agujero en el suelo. Miguel ha comenzado a decirme "Te preguntaras que es esto. Te explicó. Al poco de irte, Dios se puso de nuevo en contacto conmigo. De nuevo me hizo nuevas revelaciones. Te confieso que estaba muy preocupado por ello, ya que como bien sabes, Dios dejo de comunicarse conmigo. Y el motivo de esto era el que yo me temía. Estaba enfadado con nosotros. Por ello nos mandó a sus huestes para que nos atacaran. No estaba conforme con como estaban marchando las cosas aquí. Yo le he pedido perdón en mi nombre y en el de todos vosotros. Él a aceptado nuestro arrepentimiento y me ha pedido varias cosas. Una de esas cosas es esto. Quiere una gran remodelacion de la capilla. Quiere que en el centro de esta haya un pequeño foso, una pequeña estancia para que el gran día, SU gran día, demos una misa en su honor y allí dentro puedan asistir a la susodicha un gran número de sus huestes...". No se que cara ha visto en mi al decir eso, pero en seguida ha dicho "Tranquilo, hermano, tranquilo... Esto no debe de preocuparte. Solo debes comprender que ellos son también sus hijos. Solo quiere que estén presentes en el gran día. Yo estaré oficiando la gran misa y no tenéis nada que temer. Yo velaré por la seguridad de todos y ellos solo estarán allí dentro, sin poder salir. Dios lo quiere así, hermano, y debemos obedecer su palabra. Ahora, lo más importante es tener acabadas las obras para dicho día. Cuando este esté cerca, os lo comunicaré. Mientras tanto, puedes participar en las obras, hermano Erik. Nos serás de gran ayuda". ¡Y un cuerno voy a participar! ¿Que cojones es eso de construir un foso para llenarlo de merodeadores y dar una misa? Este hombre pierde la cordura a pasos agigantados. Solo espero que cuando llegué su gran día, nosotros ya estemos en Reus. Aunque no sé cuando será ese día, pero las obras del foso están prácticamente acabadas, al menos, a simple vista. Es un foso bastante grande, ubicado entre el altar de Miguel y los bancos de los fieles. No sabría deciros de cuentos metros es de largo ni de profundo, pero ocupa bastante. A simple ojo, ahí pueden caber más de cien merodeadores apelotonados. Que locura...

Ya ha llegado la noche y no paro de pensar en todas las novedades que me han asaltado nada más llegar. Hace unas horas que María, Hans, Elena y hasta Thor han venido a darme la bienvenida y apenas les he podido hacer caso, ya que permanezco ausente, sumergido en pensamientos. La noticia de que Eduardo se ha marchado a buscarme, las palabras y el rostro de miedo de Esther, la obra esquizofrénica de Miguel... No se que se ha trastocado el día que yo me marché de aquí, pero las cosas no están funcionando como siempre. Por ello, me arrepiento mucho de haberme marchado. Quizás, si no me hubiese marchado, ahora comprendería muchas de las cosas que están pasando y no llego a comprender. Solo nos queda esperar a que Eduardo llegué pronto, sano y salvo...

Cuanto antes nos vayamos y lleguemos a Reus, mejor para todos. Este no es nuestro sitio. Ni nunca lo fue.


- Erik -


miércoles, 22 de septiembre de 2010

+ 22-09-10 + Una verdadera tragedia

Ha pasado un tiempo desde mi última entrada, más de dos meses para ser exactos. Ha sido mucho tiempo. Muchos de vosotros habréis pensado que mi ausencia estaba debida a que había muerto. Lo comprendo. Es lógico, ya que después de mi última entrada, las cosas no pintaban demasiado bien. Os voy a relatar que ocurrió tras la entrada del 17 de julio, entonces lo comprenderéis todo.

El día 18 fui despertado por Eusebio algo temprano. No recuerdo bien la hora exacta. Este cuanto apenas me dirigió la palabra y solo me dijo que el desayuno estaba en la mesa, que en cuanto acabase, fuera a buscarlo. Así lo hice. Me tomé el dichoso café con sabor a rayos y fui en su busca. Busqué por los pasillos del refugio y hasta en los exteriores, pero ni rastro. No di con él hasta que encontré a su mujer, ya que fue su ella quién me condujo hasta la habitación donde él se encontraba. Al abrir la puerta, me lo encontré sentado ante una pequeña mesa, realizando algo sobre esta. La luz aquí era muy tenue, pero no tardé en ver todo lo que guardaba esa habitación. Era un verdadero arsenal de armas. Prácticamente amontonadas, habían armas de todas clases. Escopetas, rifles, ametralladoras... de todo tipo. También habían varías cajas de madera cerradas y apiladas. Eusebio me invitó a pasar y yo entré observando detalladamente la sala, entonces le dije "Vaya, no sabía que estabais tan bien equipados. Sois una caja de sorpresas". Esperaba al menos una sonrisa por su parte, pero no, totalmente serio, me contestó "Gran parte del arsenal proviene de un cargamento que iba para Reus. Lo encontramos en una furgona militar, en plena autovía. Al parecer, los lentos se interpusieron entre Reus y los militares que llevaban el cargamento. Al menos, eso deducimos, ya que los militares estaban en la furgona con las tripas fuera, ya me entiendes... Necesito que me ayudes a hacer unas cosas". Cuando dijo que le ayudara, me fijé en que estaba haciendo en esa pequeña mesa. Encima de esta, había una extraña máquina con una palanca, la cual estaba manipulando. Le pregunté "¿En que quieres que te ayude? A todo esto, ¿que es esa máquina y que haces con ella?". Su respuesta fue "Esta máquina que tú llamas sirve para recargar munición, y es lo que estoy haciendo. Necesito que mientras yo hago esto, rellenes aquellas botellas de vidrio con gasolina y les pongas un trapo en la boca. Cócteles molotov, vamos...". Lo miré extrañado, pero no sé de que me extrañaba, ya que sabía de que iba el tema y para que quería que hiciera eso. Me puse manos a la obra y, mientras Eusebio recargaba munición, yo me dediqué a llenar botellas de cristal con gasolina. Cuando preparé la séptima botella, me dijo que no hacía falta que llenara más, que eran más que suficientes. Dudé en preguntar, ya que se notaba que no era su mejor día, pero quería saber cual era el plan a seguir, así que le pregunté "¿Cual es el plan a seguir? ¿Lo habéis pensado?". Como si yo no hubiese hablado, rellenó una bala con pólvora, la preparó y la ensambló con la máquina, entonces me contestó "¿Cual es el plan? Fácil y sencillo. Vamos a darles caza como a jabalís. Los vamos a sacar de su madriguera y los vamos a abatir uno a uno. Ese es el plan". Yo me quedé un poco sorprendido por su contestación. Era un plan muy poco elaborado y, por lo tanto, peligroso. Le pregunté si estaba seguro de hacerlo así. En que mala hora pregunté. Eusebio me lanzó una mirada que casi me fulmina y entonces me gritó"¡¿Que si estoy seguro?! ¡¿Me preguntas que si estoy seguro?! ¡Mi nieta esta agonizando en la habitación de al lado y te atreves a preguntarme eso! ¡Por supuesto que lo estoy! ¡Que no te quepa la menor duda de ello!". No sé que cara se me quedo en ese momento, pero Eusebio se quedo callado unos segundos y en seguida se disculpo. Me dijo que lo perdonara, que estaba muy alterado por la situación y que yo no tenía culpa. Le acepté las disculpas. Se como se siente uno en su pellejo.

Pasaron las horas y Eusebio paso todo el día en la habitación. Yo le estuve ayudando en todo lo que pude. Entonces apareció Andrés. Este venía con las armas en la mano y por lo visto había estado vigilando desde la lejanía el campamento de los traficantes. Andrés comenzó a decirle a Eusebio "No ha habido ningún movimiento extraño en el campamento, tío. Están todos allí, incluido Josué. (según me explicó Eusebio, Josué fue quién nos trató en nuestra visita al campamento) No han salido del campamento para nada, salvo los críos, que han estado correteando por el exterior. Ni siquiera han salido a cazar ni a hacer incursiones a Tarragona. Quizás hoy no hagan nada, aunque queda mucho día por delante. El primo se ha quedado allí, vigilando. Si hay algún movimiento raro, me lo comunicará por walkie". Eusebio le preguntó"¿Habéis mirado lo que te dije?", a lo que contestó "Sí, es tal cual pensábamos. El material lo tienen en una de las chabolas de la entrada, junto donde cierran los negocios. Tendremos que iniciar el fuego por la zona oeste, ya que es la zona más alejada y el fuego tardará en llegar hasta donde guardan la mercancía. Nos dará tiempo a encontrar y sacar las cajas sin problemas". A partir de aquí, no logro recordar mucho más. No se que hice durante el mediodía ni a principios de la tarde. Lo siguiente que recuerdo es durante bien entrada la tarde, a pocas horas del ocaso. Había llenado mi petate con la munición y preparado el rifle, cuando Eusebio entró a mi habitación y me dijo "No pensaras utilizar ese rifle para esto, ¿verdad? Espera, te voy a traer algo mejor". No comprendí que tenía de malo mi rifle. Cuando volvió, me lanzó otro rifle, algo más largo y con mira telescópica. Me dijo "Este te vendrá mejor, sobretodo, para el papel que vas a jugar en todo esto. Cuando lleguemos al campamento, te explicaré. Además, tiene más capacidad de munición que el que tú llevas. Venga, coge lo que tengas que coger, que nos vamos". Cuando salió de la habitación, observé detenidamente el rifle y no tardé en reconocerlo. Era un fusil Dragunov. Lo sé porque, hace unos años, leí artículos sobre este rifle, pero jamás pensé que tendría oportunidad de tener uno entre mis manos. Quién me lo iba a decir a mi por aquellos años... Trasteé durante unos minutos el arma para familiarizarme con el fusil y su mecanismo y, cuando comprendí más o menos el funcionamiento, me lo colgué del hombro y salí de la habitación. Cuando llegué al salón, me encontré con un panorama muy desolador, el cual me entristeció. Andrés, su primo y Eusebio estaban con las mujeres y los niños. Las mujeres lloraban y los abrazaban, mientras que los niños hacían preguntas sin comprender nada. Vi como Andrés besaba a uno de los niños mientras este preguntaba que a donde iba. El niño más mayor dijo "Se van y no volverán. Morirán como todos mueren, como murió mi papá". El silencio se hizo en la sala y nadie se atrevió a replicar. El corazón se me encogió al ver a ese niño pronunciar esas palabras. Eusebio contestó "Claro que volveremos. No nos va a pasar nada, ya verás, enano". Yo me alejé del salón rumbo al exterior, pensando en las palabras de Eusebio y en que desearía que Belén hubiese estado ahí para que se despidiera de mi y me pidiese que volviera sano y salvo. Vaya... que nostalgia sentí... Indescriptible.

Esperé en el exterior, junto a los coches, hasta que los tres salieron. Vi que en sus rostros habían lágrimas. No me atreví a pronunciar ni una palabra, solo me metí en uno de los coches y permanecí en silencio. Eran momentos muy duros para ellos, así que me mantuve al margen. Como el día anterior, yo subí en el utilitario, pero esta vez fue Eusebio quién subió en mi coche, poniéndose él al volante. Andrés y el primo subieron a la ranchera. Mientras nos poníamos en marcha, Eusebio sacó de su bandolera algo y me lo dio. Cuando miré que era descubrí que eran dos granadas de piña. Me dijo "No se si sabrás utilizarlas. Es tan fácil como quitar la anilla y lanzar. Eso sí, date aire para lanzarlas o no lo contarás". Fue una explicación que no me hacía falta. Quién no conoce el mecanismo de una granada de mano. Transitamos con los coches por la vía que transitamos el día anterior. De vez en cuando observaba a Eusebio. Estaba muy nervioso. Su labio superior temblaba ligeramente cada cierto tiempo. Llevábamos un poco conduciendo, cuando la ranchera se paró delante nuestra. Pensé que estábamos cerca del campamento, pero no lo divisé por ningún lado. Al parecer, habíamos parado muy alejados del campamento con la intención de no ser divisados por estos. Bajamos del coche y Eusebio habló: "Bien. Lo que vamos a hacer es simple. Erik, tú iras junto a mi hijo a aquella pequeña colina. Quiero que os apostéis allí con los rifles y en cuanto comiencen a salir, los elimináis. Indiferentemente quienes sean. Andrés y yo bordearemos el poblado y con los cócteles los haremos salir. Esa sera la señal para que comencéis a disparar. Después y bajo vuestra cobertura, cuando todo este más o menos limpio, entraremos a por el material. Se que mi hijo tiene buena puntería con el rifle, solo espero que tú también la tengas, Erik. Vamos, cada uno a sus puestos". Entonces, Andrés se nos acercó rápidamente y nos dijo antes de que nos alejásemos "Josué es mio. No lo matéis si lo tenéis a tiro". Asentí con la cabeza y el hijo de Eusebio y yo corrimos en dirección a la colina. Estaba un poco alejada y ya estaba comenzando a anochecer. Mientras corríamos, le pregunté "Por cierto, ¿como te llamas? Se que no es un buen momento para este tipo de preguntas, pero es que todavía no sé tú nombre". Este me contestó "Manuel. Me llamo Manuel". Yo dije prácticamente en voz baja "Como un viejo amigo...". Tardamos un poco en llegar a la colina, pero cuando lo hicimos, nos movimos ocultos en el follaje de los arboles y buscamos un buen puesto de tiro. Yo me situé tumbado frente a un reborde de piedra. Este me serviría de parapeto si desde el campamento nos descubrían y nos disparaban. Manuel se situó a un par de metros de mi, también tumbado y con su rifle de precisión a punto. Desde esta posición divisábamos todo el poblado chabolero. Preparé la mira de mi rifle con el aumento adecuado y comencé a husmear todo el poblado. Lo que vi fue lo siguiente. A pocos metros de la entrada del poblado había un individuo sentado sobre una vieja nevera. Este estaba fumando y con un fusil de asalto a su lado. En la puerta de una de las chabolas que tiraba humo por la chimenea, habían tres viejas gordas pelando lo que parecían patatas. Más adentro del poblado, paseaban unos tres individuos, los cuales, con sus armas colgadas del hombro, conversaban y reían. Luego busqué la posición de Eusebio y Andrés. Me costó encontrarlos. Los pude ver corriendo, ocultándose tras los matorrales y un ribazo. Estaban algo alejados del poblado, pero lo suficiente cerca para atacar. Manuel me habló "¿Nervioso, Erik?", a lo que contesté "Un poco. Pero no es la primera vez que hago esto, así que estoy un poco inmunizado en lo que se refiere a nervios". Manuél, sin dejar de mirar por la mira de su rifle, me dijo "Te envidio. Yo estoy acojonado. Nunca he disparado contra un hombre vivo, pero espero que sea tan fácil como disparar a un jabalí o a un lento". Permanecí en silencio, pero repliqué "Bueno, es algo más complicado. Pero más difícil es conllevarlo en la conciencia durante el resto de nuestros días". Su respuesta me sorprendió por la crudeza: "Para mi, en este caso, eso es lo de menos. No voy a tener ningún remordimiento en acabar con todos los que pueda. Y no voy a tener compasión ni miramiento en si disparo a una mujer o a un niño. No espero que lo comprendas, pero si estuvieras en nuestro lugar, lo entenderías. Los de ese poblado no son humanos, son alimañas, bestias salvajes. Ellos con nosotros harían lo mismo. De hecho, ya nos han hecho mucho daño y les voy a hacer pagar por ello". En ese mismo instante fuimos alertados por gritos que provenían del campamento. Cuando miré, descubrí la zona oeste en llamas. Varías chabolas estaban ardiendo y la gente salía de las casas para ver que ocurría. Pude divisar a Andrés y a Eusebio como lanzaban un par de cócteles más y retrocedían. Era la señal. Lo primero que hice fue abrir fuego contra el individuo que tenía más a tiro, el que hace unos minutos estaba sentado encima de la nevera desguazada. Este ya estaba en pie, con su arma en mano y observando que ocurría. Situé la cruceta de mi mira sobre su cabeza y apreté el gatillo. El retroceso del arma hizo que la culata del rifle golpeara mi hombro violentamente, pero pude ver como mi bala impactaba en el blanco. Le acerté justo en la cabeza y vi como su cabeza estallaba. Manuel me dijo "Buen disparo", pero yo sentí un profundo asco hacia mi persona. Tuve que mentalizarme que esa gente era como es el Skull Korps. Gente sin escrúpulos, gente que hacía daño a otra gente, personas que sobraban en este mundo. Solo así reuní fuerzas para seguir disparando. Manuel efectuó varios disparos que creo que acertaron en el blanco. Busqué un nuevo objetivo y lo encontré en varios individuos que corrían hacía el fuego. Efectué varios disparos, de los cuales, solo dos acertaron en el blanco. Uno de estos individuos cayó malherido al suelo, pero no lo rematé. Mi punto de mira pasó por encima de mujeres y niños, pero no disparé. No pude. Manuel si lo hizo. Él disparaba a todo lo que se cruzaba por su mira telescópica. Vacié mi cargador y me dispuse a cargar este. Mientras introducía las balas una a una, desde el poblado sonaron disparos. Mis temores se confirmaron cuando Manuel me gritó "¡Mierda! ¡Los han descubierto y están disparando! ¡Date aire en cargar, joder!". Cargué lo más rápido que pude y volví a apuntar con mi arma. Vi como los hombres se apostaban en parapetos en la zona norte y disparaban. Sus disparos iban dirigidos a Eusebio y Andrés, los cuales corrían entre los matorrales, ocultándose y devolviendo el fuego. Dirigí mis disparos hacía aquellos hombres apostados y Manuel hizo lo mismo. Los que estaban a la vista fueran abatidos, pero nos fue imposible acertar a aquellos que se escondían en las casas. Entonces fue cuando desde la posición de Eusebio y su sobrino salió un fogonazo seguido de un proyectil que impactó en una de las chabolas, la cual explosionó y salto a trozos. Acababan de utilizar un lanzacohetes de mano. Manuel gritó de alegría y en ese mismo instante, una ráfaga de balas alcanzó nuestra posición. Yo agaché la cabeza mientras las balas impactaban en las piedras y me saltaban trozos de estas. Le grité a Manuel que nos habían descubierto, pero cuando lo miré... cuando lo miré estaba tumbado bocabajo y con media cabeza destrozada por un impacto de bala. Los maldecí todo lo que pude y más, mientras que una nueva ráfaga de balas llegaba hasta mi posición. Si no cambiaba de posición era hombre muerto, así que retrocedí arrastrándome entre los matorrales y busqué nueva posición de tiro. Mi nueva posición fue en un ribazo, entre unos arbustos y bajo un pino, en el lateral de la colina. Desde aquí busqué a quienes nos habían descubierto y disparado. No tardé en encontrar a quienes eran. Desde el techo de varias chabolas se encontraban apostados varios hombres con ametralladoras pesadas de posición. Estos hijos de puta se habían estado preparando bien para un asalto de este tipo. Uno de estos individuos seguía disparando con la ametralladora a mi antigua posición. Le apunté y disparé, pero mi disparo no le alcanzó y este descubrió mi nueva posición. Mientras lo encañonaba de nuevo, él me disparó una ráfaga que no me dio de milagro e impactó por mi alrededor. Una o unas de estas balas impactaron en el tronco del pino donde yo me resguardaba, partiendolo y cayéndome el árbol prácticamente encima. Menos mal que este pino era un árbol joven y no pesaba lo suficiente como para aplastarme. Disparé de nuevo y esta vez si que alcancé a mi objetivo. El individuo cayó derribado y se quedó colgando de la ametralladora. Otra nueva explosión hizo saltar por los aires otra chabola. Mientras los individuos de las ametralladoras centraban su fuego en Andrés y Eusebio, yo los fui eliminando uno a uno con disparos certeros. Cuando acabé con ellos, los disparos en el campamento cesaron. Ahora reinaba la calma entre el fuego y los escombros. Dudé en si seguir ahí agazapado o bajar. De repente, escuché algo que provenía de mi antigua posición. Era como una voz. Pensé que era imposible que Manuel siguiera vivo, ese tiro había sido mortal de necesidad. Subí la colina silenciosamente, entonces descubrí que la voz provenía del walkie de Manuel. Con cuidado, di la vuelta al cuerpo y le desenganché el walkie del cinturón. Volvió a sonar la voz. Era Eusebio, diciendo "¿Manuel? ¿Estáis por ahí?". Contesté un "Sí" y me dijo "Bajar al poblado con cuidado. Parece que hemos acabado con todos, pero no nos podemos fiar. Nos encontraremos en la chabola donde guardan el material". No tuve valor a decirle que Manuel estaba muerto. Me guardé el walkie y comencé a bajar colina abajo. Cuando llegué abajo, dejé el rifle entre unos matojos y saqué mi pistola. Para esta ocasión era más cómodo y ligero utilizar la pistola. Poco a poco me fui acercando al poblado. Parecía una fosa común. Los cadáveres estaban desperdigados por todas partes y tenía que ir sorteándolos a mi paso. Cuando llegué al punto de reunión, me sobresalté al ver que de esa chabola salía alguien. En seguida apunté mi arma, pero era Andrés, el cual me dijo "Eeeh, baja el arma, forajido. ¿Donde esta Manuel?". No supe que contestar, pero mi silencio habló más que si lo hubiese dicho claramente. Su cara se transformó por momentos. Me dijo "No le digas nada a mi tío. No todavía". De la chabola salió Eusebio y se me quedó mirando. En ese instante pensé que había escuchado todo, pero no. Dijo "¿Y mi hijo, Erik?". No sabía que decir. Andrés se me adelantó, diciendo "Se ha quedado en la colina. Nos esta cubriendo". No sé hasta que punto es bueno mentir en estos asuntos, ya que tarde o temprano hay que decir la verdad y entonces el golpe es más fuerte. Andrés dijo "Voy a por la ranchera. La cargamos y nos vamos pitando de aquí" y se alejó. Eusebio me pidió que le ayudara a sacar las cajas de la chabola. Al entrar, vi allí tendido en el suelo el cadáver de aquel gordo que se reía a carcajadas de nosotros en nuestra anterior visita. Este tenía un tiro en la cabeza. Comencé a ayudar a Eusebio a bajar cajas y mirar el interior de estas. Al final dimos con las que buscábamos. Dos grandes cajas repletas de cajetillas de insulina. Seguimos buscando y encontramos una más. Cogimos las cajas y las sacamos al exterior. Estábamos dejándolas en el suelo, cuando un ruido nos sorprendió. Miramos rápidamente al frente, pero no nos dio tiempo a nada. Absolutamente a nada. Del techo de la chabola más cercana a nosotros había una ametralladora apuntándonos, la cual soltó una ráfaga de plomo. Pude ver como la mayor parte de los disparos impactaron en el cuerpo de Eusebio, el cual salió volando hacía atrás envuelto en sangre. Las últimas balas de la ráfaga fueron para mi. Sentí como el plomo candente me atravesaba el hombro, parte del brazo y el muslo derecho. Caí derribado al suelo. Desde aquí y aguantando como podía el intenso dolor, levanté el brazo para apuntar mi pistola, pero era imposible. Sentía un tremendo peso en el brazo que me impedía levantarlo y apuntar. En la ametralladora pude ver a Josué. Su mirada era una mirada cargada de odio. Por su frente brotaba un reguero de sangre que había empapado su camiseta. Me dedicó estas palabras "Mardito hijo de una hiena" y movió la ametralladora, encañonándome. No tuvo tiempo a más. Antes que él disparara, una bala atravesó su cabeza, seguido del sonido de un disparo lejano. Su cadáver cayó de lo alto de la chabola al suelo. En ese momento, me retorcí de dolor en el suelo mientras me apretaba con fuerza la herida del hombro. Por si fuera poco, un par de cadáveres que había a mi alrededor comenzaron a reanimarse. Me arrastré hasta la pared de una de las chabolas y empuñando la pistola con mi mano izquierda, les disparé. Necesité nueve disparos para acabar con los dos merodeadores. La ranchera con Andrés al volante hizo aparición. Este bajo con un Dragunov en sus manos y corrió hacía mi. Me preguntó que si estaba bien y me dijo que él había abatido a Josué. Cuando descubrió el cadáver de su tío, estalló a llorar. Tardo en calmarse, pero cuando lo hizo, me subió a la parte trasera de la ranchera y cargó las cajas. Después se subió al vehículo y comenzó a conducir rumbo al refugio. Yo pasé todo el camino retorciéndome de dolor.

Cuando llegamos al refugio, me sacó de la parte trasera del vehículo y cargó conmigo a hombros. Pude ver el tremendo charco de sangre que había dejado en la ranchera. Mientras me llevaba por los pasillos del refugio, vi a las mujeres al fondo de este. Estas comenzaron a chillar y Andrés les gritó que escondieran a los niños. Llegamos al salón y Andrés me tumbó sobre la mesa. Las tres mujeres comenzaron a preguntar por Eusebio y Manuel, y Andrés gritó "¡Muertos! ¡Todos muertos!". Ellas estallaron a llorar y la mujer de Eusebio se apoyó en una esquina de la habitación, dejándose caer. Continuó en un tono más relajado "Y si no hacemos algo por este chico, también estará muerto en breves. Traerme agua limpia, pólvora del almacén y gasas, muchas gasas". Ninguna se movió, era como si no lo hubieran escuchado. Lo siguiente que recuerdo es a Andrés lavándome las heridas y diciéndome "Tienes suerte, la bala del brazo y el muslo te han dado de refilón. Sin embargo, la del hombro te ha impactado de lleno, pero aún así, has seguido teniendo suerte. La bala te ha atravesado y ha hecho orificio de salida. Muerde este trapo, esto te va a doler". Me metió un trapo en la boca y con una navaja abrió una bala. Vertió la pólvora en la herida del hombro y la prendió con un mechero. No me dio tiempo a nada, solo a pegar un berrido y a retorcerme, mientras el me sujetaba con fuerza y me decía "Aguanta. Esto ha sido para cauterizarla. Cortará la hemorragia". El dolor fue tan intenso que me desmayé. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una cama que no era la mía. Una habitación mucho más decente. Al abrir los ojos, descubrí junto a mi cama a una niña de cabellos rubios, observándome. Me asusté e intenté moverme, pero un punzante dolor recorrió mis heridas. Esta niña, al ver mi reacción, cogió una muletas y se fue a toda prisa por la puerta. En seguida apareció Andrés, el cual me dijo "Vaya, ya estas despierto". Le pregunté cuanto tiempo había estado dormido, Su contestación me dejo boquiabierto: "Casi dos días. Los has pasado delirando, pero al final, conseguimos que te bajara la fiebre. Por cierto, esa niña era mi hija". Le dije que me alegraba que su hija estuviese bien por fin y el se sentó a los pies de mi cama. Comenzó a hablarme: "Si, ha mejorado bastante desde que tiene su insulina. Pero aún no esta bien del todo. Quiero agradecerte todo lo que has hecho por nosotros y siento haberte tratado tan mal desde que llegaste. Se que no tengo escusa, pero espero que al menos comprendas la situación por la que estaba pasando. Mi hija se moría y yo no podía remediarlo. Al final, hemos podido solucionarlo, pero a que precio...". Aquí agachó la cabeza y derramó varias lágrimas. Le pregunté que tal lo estaban llevando los demás. Me miró y me dijo "¿Tú como crees? Pues fatal. Mi tía intento suicidarse ayer. Le quité el cuchillo de las manos cuando se iba a cortar las venas. La mujer de Manuel no ha salido de la habitación desde entonces, ni siquiera para atender a sus hijos. Me toca vigilarla para que no haga ninguna locura. Mi abuela no habla con nadie. Los niños no paran de preguntar por el abuelo y los hijos de Manuel, por su padre. Se ha roto la familia. Es el segundo golpe que nos llevamos desde que mi otro primo murió en Tarragona. No se si superaremos esto. Y yo tengo que sacar fuerzas de donde no las tengo, porque ahora yo soy el líder de la familia y si me desmorono yo, todo se ira a la mierda. Espero que no pases nunca por mi situación. Ayer tuve que volver al campamento de nuevo para acabar con el cadáver reanimado de mi tío, coger el cadáver de Manuel y darles sepultura a ambos. ¿Como crees que me siento yo después de hacer todo esto? Como una puta mierda. Y encima me siento culpable. No paro de pensar que era yo y solo yo quién debió solucionar el tema de mi hija. Así, al menos, ellos estarían vivos y mi familia solo habría tenido que soportar una perdida en el peor de los casos. Si no fuera el pilar de la familia, ahora mismo me volaría los sesos. Pero no puedo. Ni puedo ni debo". Después de esta pequeña charla, en la que lo intenté consolar, Andrés se marchó de la habitación y yo me quedé a solas con mis dolores.

Los días han pasado muuuuy lentos. Demasiado. He pasado varias semanas encamado, sin apenas moverme y con fuertes dolores. Después, comencé a hacer pequeñas salidas para comer en el salón. Luego comencé a pasear por el refugio. Hace unas pocas semanas que he salido a los exteriores del refugio. Tras tantas semanas aquí encerrado sin ver la luz del sol, cuando por fin salí, apenas podía abrir los ojos. Me dolían horrores, ya que estaban acostumbrados a la oscuridad. Mis heridas ya han mejorado bastante, sobretodo la herida del hombro. No hace mucho, Andrés me quitó los puntos. Me esta quedando una cicatriz horrenda, pero eso es lo de menos. Con respecto a los ánimos de todos, la cosa no ha mejorado mucho. La mujer de Eusebio es prácticamente un alma en pena y su madre, más de lo mismo. Normal, se ha desquebrajado la familia. La mujer de Manuel tampoco es una excepción, pero ella ha canalizado su dolor centrándose en sus hijos. Hace todo lo posible para que estos no tengan tiempo en lamentar la perdida de su padre. Ella carga con las penas de todos ellos. Y Andrés... Andrés se mantiene muy ocupado en velar por todos. Lo noto aliviado por ver a su hija bien, pero hundido por la perdida de su tío y su primo. Por otro lado, es espectacular el cambio que ha realizado este chico desde que lo conocí. Ha pasado de ser una persona irascible a alguien que se preocupa por todos. Ahora, su trato conmigo es exquisito. En todo este tiempo que he estado aquí, no ha parado de preocuparse por mis heridas y cambiarme las gasas periódicamente.
Desde que me levanté de la cama y comencé a volver a la normalidad, he estado meditando algo. Voy a abandonar la búsqueda de Iván. En cuanto salga de aquí, me voy directo de vuelta al lado de Belén y los demás. Es mucho tiempo que no saben nada de mi, algo que no entraba en mis planes, y Belén lo estará pasando mal. Es posible que me haya dado por muerto. Lo siento mucho por Iván, pero he hecho todo lo que ha estado en mi mano. Además, con el tiempo que ha pasado, si no ha vuelto a la 'Iglesia' es que le ha ocurrido algo. Me duele pensarlo, pero es lo que hay.

Tal cual veo mi estado y como he mejorado, creo que esta semana o la siguiente podré retomar mi rumbo. No ansío otra cosa que volver junto a Belén y poder besarla. Paciencia... Es cuestión de unos pocos días.


- Erik -


lunes, 12 de julio de 2010

+ 12-07-10 + Tras la pista

El día 5, tras acabar la entrada y comenzar mi viaje hacía la casa de los abuelos, el tiempo dio un cambio brusco. El cielo se encapotó de nubes en cuestión de minutos y comenzó a caer una lluvia torrencial que parecía un diluvio. Por una parte, esto me vino muy bien, ya que como siempre, los merodeadores se quedaron inactivos bajo la cortina de agua y deshice mi camino sin problemas, sin correr ningún peligro. En ese momento, el peligro residía en la calzada, la cual parecía una pista de patinaje cuando yo tocaba el freno de la moto. Para evitar riesgos innecesarios, moderé bastante la velocidad. Salvo porque yo me estaba empapando y parecía una sopa, no tenía ningún tipo de prisa. Recuerdo el paisaje. Era espectacular, digno de sacarle una fotografía. El cielo cubierto de nubes negras como el carbón, descargando cada diez segundos luminosos relámpagos que eran acompañados de rayos que surcaban el cielo envueltos en un atronador trueno. Y todo esto, rodeado de montañas y naturaleza. Impactante, creerme. También tenía un toque siniestro que me erizaba los pelos de la nuca cuando los cegadores relámpagos iluminaban la carretera y, con este aporte de luz extra, podía ver la inmensidad de autovía plagada con miles de cadáveres vivientes allí plantados, inmóviles bajo la lluvia.

Como iba diciendo, estos permanecieron como simples adornos del paisaje hasta que ceso de llover. Cuando cayó la última gota, todos los merodeadores comenzaron a reactivarse lentamente y a intentar atrapar a esa cosa comestible motorizada que era yo. Solo basto con arriesgarse sobre el suelo mojado y darle caña a la moto. Solo que tuve mala suerte cuando pasé junto a un grupo de seis andantes. Nada más pasar junto a estos, noté un fuerte golpe en la espalda. Al principio pensé que alguno consiguió tocarme cuando pase a toda velocidad junto a ellos, pero me comencé a preocupar cuando noté que me tiraban de la mochila. Por unos instantes, quité la mirada de la carretera y giré la cabeza para ver que ocurría a mi espalda. Mi sorpresa fue ver a un jodido merodeador, una vieja demacrada, huesuda y consumida por la putrefacción para ser exactos, agarrada a mi mochila con una mano y el resto del cuerpo ondeando en el aire como una bandera. Luchaba contra el viento, intentando acercarse para morderme, pero le era imposible. Alarmado por esta situación, en ese momento lo único que se me ocurrió hacer fue eses con la moto con la esperanza de que se soltara. Hice esto mirando una y otra vez hasta que conseguí que se desprendiera de mi espalda. Por uno de los retrovisores pude ver como la deje atrás y se hizo pedazos al chocar y rebotar contra el suelo. Ese fue el único percance del viaje y todo transcurrió dentro de la normalidad hasta que llegué a la casa de los viejos.

Cuando llegué a esta zona, comprobé que estaba tal cual como siempre: limpia de merodeadores. ¿Que narices tiene esta zona que parece que los repele? A pesar de esto, no me pareció prudente dejar la moto en el arcén de la autovía, ya que si iba a pasar la noche en la casa, la cual esta alejada de la autovía, prefería tener esta en la puerta de la casa por si tenía que salir de allí pitando. Como pude, baje la moto por el terraplén que hay entre el arcén y el campo, y una vez aquí, conduje muy despacio. Cuando por fin llegué hasta el porche de la casa, paré la moto y observé todo a mi alrededor. Me resultó muy extraño que Joaquin no saliese escopeta en mano alarmado por el rugir de la moto. Pensé que estaría en el granero, aunque estaba anocheciendo. Llamé a la puerta con tres sonoros golpes. Mientras esperaba que él o Mercedes me abriera la puerta, me percaté que a varios metros de la casa habían seis tumbas. Rápidamente comprendí de quienes se trataban. Eran de la familia reanimada que Joaquín y Mercedes guardaban con celo bajo llave en una habitación y por culpa de la imprudencia de Iván y Elena tuvimos que acabar con ellos. Volví a llamar a la puerta mientras intentaba recordar si matamos a todos o quedó alguno en la habitación. No estaba seguro, pero me sonaba que no matamos a todos. Si no fue así, ¿por qué son seis tumbas las que hay? ¿a caso Joaquin terminó el trabajo? Llamé una vez más y salí de mis pensamientos. Viendo que nadie me abría, empuñé mi arma y giré el pomo. La puerta se abrió y entré con cautela, temiendo lo peor. Pero vi el comedor intacto, tal cual estaba cuando nos fuimos, sin signos de lucha, tan solo los agujeros de bala que dejamos en las paredes. Pero la pareja de ancianos no estaban en el salón y tampoco en la cocina. Los llamé en voz alta por sus nombres, pero no obtuve respuesta. Solo silencio. Pensé que quizás, con todo lo que había ocurrido, decidieron marcharse al poco de irnos nosotros. Pero, ¿a donde se podían haber dirigido una pareja de ancianos, solos y con todo lo que había fuera? Lentamente, subí las escaleras dirección al piso superior. Mi primer destino fue la habitación de Joaquín y Mercedes. Al abrir esta, comprendí todo. Nada más abrir esta puerta, el fuerte olor casi me tumba. Si algo he aprendido es que siempre que mi nariz huele este hedor a muerte, tengo que apuntar mi arma y prepararme para lo peor. Pero en esta ocasión no hacía falta que me pusiese en guardia. Tendida sobre la cama, bocarriba y con un impacto de escopeta en la cabeza, estaba Mercedes. La anciana yacía sobre las sábanas empapadas de sangre seca y parecía que en el momento de la muerte, estaba durmiendo o, en su defecto, esperando el tiro en la posición más digna posible. El resto de la habitación estaba impoluto y sin ningún destrozo. Salí de la habitación preguntándome que había pasado aquí y donde estaba Joaquín. Lo busqué por todas las habitaciones y no dí con él hasta que no llegué a la última habitación del piso superior, la habitación donde ocurrió el pequeño incidente con la familia reanimada de los ancianos. Nada más abrir la puerta, vi que la sala estaba envuelta en penumbra, tan solo iluminada por unos rayos de sol del ocaso que se colaban por las rendijas de la persiana. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude vislumbrar en la oscuridad una silueta en una esquina de la habitación. Aun así, no distinguí más, así que busqué en mi mochila mi linterna y cuando la encontré, hice uso de ella. Nada más alumbrar la habitación, me pegué un tremendo susto. Esa silueta de la esquina era Joaquín. Más bien, lo que quedaba de él. Sentado en una esquina, tenía la escopeta enganchada de una mano y su rostro... el rostro del anciano era irreconocible. Se había suicidado pegándose un tiro en la cabeza y el impacto le había arrancado medio rostro. El lado izquierdo de su cabeza era un mejunje de sangre seca y trozos de hueso, con la mandíbula colgando tan solo por un trozo de carne. El olor era inaguantable. Habría salido de la habitación si no fuera porque junto a su cadáver había un folio de papel que me llamó la atención y el cual me acerque a inspeccionar. Cuando lo tuve en mis manos confirme mis sospechas. Era una nota escrita del puño y letra de Joaquin. La nota de reglones torcidos y temblorosa escritura, decía:

"No hay motivo para seguir viviendo. Satán vino con aquellos forasteros, ellos destrozaron nuestro pequeño santuario, ellos lo mancillaron, nos arrebataron a nuestra familia. Ya no hay motivo para seguir en este mundo y solo espero que Dios perdone lo que he hecho y voy a hacer. Mercedes no lo aprobaría, por eso he acabado con su sufrimiento mientras dormía. Para ella ya ha terminado esta agonía terrenal y se ha ganado la entrada al reino de los cielos, pero yo, con ese acto y el siguiente que voy a realizar, me he ganado el tormento eterno. Me voy a quitar la vida. Oh, Dios misericordioso, ten compasión de mi alma y perdona estos dos pecados"

Nada más terminé de leer la nota, miré el cadáver de Joaquín. Me invadió la pena y el sentimiento de culpa en ese instante. Pero esté desapareció en cuanto el cadáver de Joaquín abrió su único ojo y lo clavó en mi. Me sobresalté y la linterna cayó de mis manos, rodando por el suelo. Reculé rápidamente mientras oía como se levantaba el cadáver de Joaquín. Descolgué el rifle de mi hombro y apunté hacía donde supuse que se encontraba Joaquín. El disparo ilumino la habitación. Ese destello me permitió ver la posición de este, pero no hizo falta un segundo disparo. Un golpe seco en el suelo me confirmo que había acertado en el blanco y se había desplomado en el suelo. Cogí la linterna y alumbré para ver que estaba en lo cierto. Tendido en el suelo yacía Joaquín. El disparo le había impactado en el cuello y prácticamente le había cercenado la cabeza. Aparté la mirada horrorizado. En ese instante, tuve mi segunda sorpresa. Unos pasos a mi espalda me alertaron de que no estaba solo. Me giré y descubrí que tras de mi estaba Mercedes, con los brazos extendidos hacía mi y la boca desencajada. De un rápido movimiento, le propiné un culatazo con el rifle en la cara y conseguí tumbarla. No le dí tiempo a levantarse y le disparé en la cabeza. La bala atravesó su frente y se clavó en el suelo de madera. Después de esto, salí a toda prisa de la habitación, cerré la puerta y me baje al salón. Allí me senté en un sillón y me quedé en silencio durante una hora. Me sentía fatal, fatal porque le arruinamos la vida a esa pareja de ancianos que vivía apaciblemente antes de nuestra llegada, fatal porque acababa de dispararles... Me sentí destrozado, pero de mis ojos no brotó ni una lágrima. Quizás es porque ya he derramado tantas desde que esto empezó que ya no me quedan. No se ni como ni cuando, pero me quedé profundamente dormido. Tampoco se cuanto dormí, 3 o 4 horas quizás, pero lo que si que sé es porque me desperté. El sonido de cientos de cristales rompiéndose me alarmaron. Por unos instantes, aturdido por el sopor, no supe donde me encontraba. Cuando me ubique, encendí la linterna, ya que ya había anochecido y estaba rodeado de oscuridad. Los ruidos de cristales seguían sonando y al primer lugar donde enfoqué fue a las ventanas. Lo primero que vi fueron varios brazos que habían atravesado el cristal de la ventana y se agitaban violentamente. Las otras dos ventanas de la izquierda estaban igual. El sonido de otro cristal rompiéndose me volvió a sobresaltar. Enfoqué a mi derecha y vi que en la ventana del fondo del salón asomaba la cabeza de un merodeador, junto a varios brazos más. De un rápido movimiento, este merodeador descolgó el cuerpo por la ventana y se dejó caer al interior del salón. Empuñe mi rifle y le disparé, impactándole el proyectil en el pecho. Solo conseguí frenarlo y ganar tiempo. Corrí en dirección a la puerta de la casa, pero tras ella pude oír como la estaban golpeando. Viendo que escapar por la única salida de la casa era imposible y que los merodeadores estaban comenzando a entrar en la casa por las ventanas, solo se me ocurrió correr en dirección a las escaleras y subir al piso superior. Una vez allí y escuchando los gemidos de los merodeadores, cogí un aparador y lo lancé escaleras abajo, con el fin de entorpecer y retrasar a los merodeadores que no tardarían en subir. Hice lo mismo con otro aparador de una de las habitaciones. Cuando alumbré hacia el piso inferior, descubrí que el salón estaba repleto de merodeadores que caminaban hacía las escaleras y por las ventanas no paraban de entrar más y más. De nada iba a servir que siguiera tirando muebles por las escaleras. Nada los iba a frenar. Ascendí al último piso y entré a la habitación donde estaban los cadáveres de Joaquín y Mercedes. Cerré la puerta y la bloqueé con un armario. Acto seguido, corrí al fondo de la habitación, tomé posición tras una cama y, fatigado, recargué el rifle. Permanecí apuntando hacía la puerta mientras la luz de la linterna enfocaba hacía esta. Iluso de mi, tuve esperanza de que cuando subieran y no me encontrarán, se marcharían. No fue así. No tardaron en comenzar a golpear la puerta. Primero, golpes que poco a poco fueron aumentando en número, hasta convertirse en terribles embestidas que hacían temblar el armario. Este, por cada embestida, se iba separando de la puerta y esta no tardó en abrirse, haciendo que el armario cayese volcado, chafando el cadáver de Mercedes. Disparé hasta agotar el limitado cargador. Abatí a unos cuantos, pero habían muchisimos. Solo me quedaba una escapatoria y la aproveché. Me levanté y corrí hacia la ventana, rompí el cristal, rompí la persiana y enfoqué la linterna al vació. Era una considerable caída, pero no tenía otra opción. Eso o ser devorado por los merodeadores. Enfoqué nuevamente a mi espalda y pude ver que todavía estaban al fondo de la habitación. Busqué en mi bolsillo el mechero y, lo más rápido que pude, prendí una de las cortinas. El fuego avanzó rápido por estas y, acto seguido, lancé mis pertenencias al vació y salté. No se ni como sobreviví a esa caída. Quizás, el suelo embarrado amortiguo mi caída. Fuese como fuese, tuve suerte y ni siquiera me rompí un hueso, solo me hice daño en los pies y en las costillas al rodar por el suelo. Nada más. Cogí mis cosas y me asusté al ver la gran cantidad de merodeadores que había agolpados en las ventanas de la casa. Pero estos estaban tan concentrados en entrar que no repararon en mi. Corriendo, busqué mi moto, monté, arranqué, y me marché campo a través. De camino hacía la autovía me encontré a varios merodeadores que iban rumbo hacía la casa. Como pude, los esquivé. Cuando llegué a la autovía, miré hacía la casa. En la oscuridad de la noche, se alzaban las anaranjadas llamas que estaban consumiendo la casa. Estas se habían propagado por parte del piso superior, pero no tardarían en consumir la casa entera. Permanecí durante unos minutos observando las llamas y me marché. Ese fuego alertaría a todo el que lo viese a kilómetros a la redonda y no era de extrañar que algún grupo de indeseables acudiese a husmear, en el cual incluyo al Skull Korps, así que me marché en seguida. Me marché con la pena de no poder dar un entierro digno a la pareja de ancianos. A ellos les habría gustado descansar junto a su familia, la cual descansa enterrada cerca del porche...

Como me indicó Iván en su mensaje, me he dirigido hacia el norte. Estoy a varios kilómetros de donde se encuentra Belén y los demás, para ser más exactos, bastante cerca de Tarragona. He permanecido estos días buscando pistas que me ayuden a encontrar a Iván y he encontrado restos de actividad humana. Hace unos días, en el arcén de la carretera, encontré cenizas de una hoguera junto a unas latas de cerveza vacías y restos de comida. Al poco de esto, encontré en plena autovía varios casquillos de bala y dos merodeadores abatidos no hace mucho. Mi último hallazgo ha sido hoy. He encontrado las marcas de un frenazo de moto. El diámetro del neumático es el mismo que el de mi Harley, por lo cual, estoy casi seguro de que se trata de la moto de Iván.

Siento que estoy cada vez más cerca de él...


- Erik -



lunes, 5 de julio de 2010

+ 05-07-10 + Partiendo en silencio

Solo hace unos días de que hice saber a todo el grupo mi intención de ir a buscar a Iván. Como era de esperar, la noticia fue aceptada con desacuerdo. Solo Elena apoyo mi idea. Los demás me lo intentaron quitar de la cabeza prácticamente al momento de exponer mi idea. Belén me dijo que ni se me ocurriera, que por nada del mundo iba a permitir que me marchase a buscar a Iván, ni solo ni acompañado. Remató su opinión diciendo que Iván, si no había vuelto, es porque casi seguro había muerto y que su vida no merecía poner en peligro las nuestras saliendo en su busca. Eduardo, la siempre voz madura y razonable del grupo, le dio la razón a Belén, matizando que mi intención era buena solo si tuviésemos la certeza de que Iván esta vivo, pero que no es así, no sabemos si esta vivo o muerto. María, moviendo la cabeza de lado a lado en forma de negativa, pronuncio tan solo un "Quitatelo de la cabeza, Erik. No merece la pena". Hans, clavando sus ojos azules en los míos, con expresión de impotencia, dijo "Yo empiezo a estar demasiado mayor para estos trotes...". Solo Elena dijo que estaba dispuesta a acompañarme con tal de que la misión se realizase. Por lo visto, echa más de menos a Iván de lo que yo pensaba. Cuando esta se ofreció a acompañarme, Belén le lanzó una mirada de odio y le dijo en tono amenazante "Ni lo sueñes. Tu no te vas con mi chico a ninguna parte". Antes de que la niña tuviera tiempo de replicar, les dije que lo olvidaran, que me lo quitaba de la cabeza. Belén me sonrió al oír esto. Después de esta conversación y sintiéndome mal por decir algo que no pensaba hacer, y, sobretodo, por mentir a Belén, me aleje para sentarme en las escaleras de la entrada. Allí permanecí un buen rato, dándole vueltas al asunto. Había estado estudiando los mapas y trazando rutas a escondidas los días anteriores. Más o menos, me había hecho una idea de hacía que lugares podía haberse dirigido Iván. En ese momento, vi a Eduardo caminando hacía mi posición. Cuando llegó a donde yo me encontraba, se sentó a mi lado y me dijo "¿Sabes una cosa? En todo este tiempo que llevamos juntos, he llegado a conocerte mejor que si te hubiera parido. Antes de que des un paso, ya se a donde te vas a dirigir, antes de que hables, ya se lo que vas a decir, antes de que pienses algo, ya se que vas a pensar. Y no es que seas predecible, créeme. Por ello, ya se que estas tramando, ya se que te ronda la cabeza. Cual asno testarudo que eres, se que te quieres marchar solo en busca de Iván. ¿A que he dado en el clavo?". Sorprendido y con miedo de que se lo dijera a los demás, le contesté que no, que en ningún momento se me había pasado por la cabeza marcharme solo. Segunda mentira. Era mi idea desde un primer momento. Eduardo soltó una carcajada y me dijo "Eso no te lo crees ni tú. Ahora me dirás que nunca lo has hecho. No vengo a recriminarte que tengas pensado eso y mucho menos a sonsacarte para decírselo a los demás. Se que eres un gran tío, muy noble, y te reconcome pensar que hay un compañero que puede estar en apuros y tú estas aquí sin hacer nada. Esa es una de tus virtudes. Por eso quiero que, antes de hacer eso, sepas que yo te acompaño. Sabes que opino igual que los demás, pero por ello no voy a dejar a un amigo en la estacada y a su suerte. Necesitaras a alguien que te cubra la espalda, ¿no?. Pues ante eso no hay nada. Así que, antes de hacer la locura de irte solo, cuenta conmigo, ¿vale?". Contesté un "Claro" sonriendo y le di una palmada en la espalda, la cual me devolvió antes de levantarse y marcharse. Tercera mentira. Aunque le agradezco su ofrecimiento, ya dije en la entrada anterior que no pensaba poner en peligro la vida de nadie por una decisión mía. En ese momento, decidí cuando poner en marcha mi plan. Lo haría el día 5 y antes de que amaneciese. Y así lo he hecho.

Hoy, día 5, no he pegado ojo en todo la madrugada. El día anterior, durante la cena junto a mis compañeros, sentí un fuerte pesar. Mientras Belén me hablaba como si nada, cuando me besaba, cuando Eduardo me decía de ir hoy a darnos un baño al río situado a 2 kilómetros de aquí, cuando todos reían, yo no paraba de pensar en que hoy tenía planeado marcharme sin decir nada. No me quería ni imaginar sus caras de asombro cuando descubriesen de que me había ido y lo que me parte más aun el alma, saber el tremendo disgusto de Belén y las lágrimas que iba a derramar por mi. Por ello, ayer por la mañana, en un descanso de las tareas del campo, me alejé para sentarme bajo un pino y allí le escribí la carta que hoy le he dejado a Belén en la mesita de noche. El contenido de la carta es este:


Estimada Belén:

Te preguntarás el porque hoy no he amanecido en la cama junto a ti como todas las mañanas. Quizás hayas pensado que me he levantado más temprano y estoy en el salón comedor. Pero al leer esta carta, te habrás dado cuenta de que no es así. Antes de nada, quiero decirte que no quiero ni que derrames una lágrima, ya que no hay motivo para que lo hagas. No me he muerto ni me he marchado para siempre. No se si recordaras que hace unos días os hable de mi intención de ir a buscar Iván. Bueno, nadie mejor que tú sabe la de vueltas que le he dado a esto desde que terminó el plazo en el que Iván tenía que estar de vuelta. Bien. Me he marchado en su busca. Cuando os hable de esto, no era para organizar un equipo de búsqueda. He tenido muy claro desde un primer momento que a esta misión tenía que marchar solo. ¿Por qué? Pues porque estoy harto de ver como no paran de morir compañeros, personas que poco a poco se han ido convirtiendo en nuestra única familia y de la noche nos han sido arrebatadas. No me acostumbro, cariño. No me acostumbro al mundo que vivimos, al hilo tan fino que separa la vida de la muerte. Siempre que ocurre esto, siento como si me golpearan el alma con una maza. Siento que, tal cual caen estas personas, puedes ser tú la siguiente que me abandones. Todo esto me atormenta. Por el mismo motivo que marcho a buscar a Iván, no os dejo participar en la búsqueda.

Se que ahora estarás diciéndome de todo por haberte hecho esto. Y te comprendo. Yo haría lo mismo. Pero ya sabes como soy. Me pierden mis principios. Pero no te preocupes. No me va a pasar nada y en cuanto zanje este asunto, para bien o para mal, vuelvo junto a ti (se que me recibirás con un buen sopapo, el cual me merezco :P) y no me vuelvo a separar de tu lado jamás.
No se cuantos días me llevará esto. Es posible que unas semanas, todo depende de como transcurran los días y me duren las provisiones. Por lo demás, estate tranquila. Voy armado y con suficiente munición, por lo cual, no hay nada que temer. Ya sabes que en todo este tiempo, todos hemos aprendido lo suficiente como para salir airosos de situaciones difíciles. Así que no padezcas. Y... si en el peor de los casos, sucede lo que NO va a ocurrir, o sea, que yo no vuelva, cosa que, repito, NO va a ocurrir, quiero que sepas algo. Lo eres todo para mi. Si del apocalipsis dependiese que nos volviéramos a conocer, no dudes que firmaría porque ocurriese de nuevo. Eres lo que siempre he buscado, el equilibrio que ha faltado en mi vida desde que existo. Ese equilibrio que me ha devuelto las ganas de vivir, las ganas de ver un nuevo amanecer, de respirar un día más, de EXISTIR. Ese algo que nunca tuve y que no pienso renunciar ahora que por fin lo he encontrado. No hay día que no recuerde la primera vez que te vi. Tu hermoso pelo, tus preciosos ojos, tus labios, me enamoraron desde un primer momento. Eras un ángel en medio del infierno. Lo último que esperaba encontrar entre tanto horror. Y mucho menos esperaba que ese ángel fuese para mi. Quien me lo iba a decir... Por todo eso, no pienso permitir que me arrebaten de tu lado. No ahora. Así que solo te pido que me esperes y que no pierdas la esperanza, ya que volveré en cuanto menos te lo esperas. Te lo prometo, cariño. Tú solo espérame.

Te amo, cielo.

Erik


P.D. Explícales a todos porque me he marchado sin avisar. Sobretodo a Eduardo, y pídele perdón de mi parte, por faltar a mi palabra. ¡Ah! ¡Lo olvidaba! Ni se os ocurra salir en mi busca. No lo hagáis, por favor. Se lo que me hago.


La carta la he dejado en la mesita de noche, junto a la lámpara, lo suficientemente a la vista para que Belén la vea. En el momento de marcharme, he sido lo más silencioso posible para evitar despertarla. Antes de salir por la puerta, he mirado a Belén. Ella estaba tan bonita como siempre, durmiendo y ajena a todo lo que yo me disponía a hacer. He sentido una tremenda nostalgia y las lágrimas han saltado de mis ojos. No he podido contenerme y me he acercado a ella, le he acariciado el pelo suavemente y le he besado la mejilla muy despacio. Quizás sería la última vez que la viera. En ese momento, le he susurrado que volvería antes de que empezara a echarme en falta, que se lo prometía. En ese mismo instante, Belén, entre sueños, ha empezado a hablar. Era como si estuviera asustada y repetía mi nombre una y otra vez. Con mucha delicadeza, me he alejado de la cama y he salido por la puerta. Entre la oscuridad del pasillo, he andado en dirección al cuarto trastero donde guardamos parte de nuestras armas. Este esta ubicado al fondo del pasillo, cerca de la puerta de la habitación de Miguel. Mientras me iba acercando a esta habitación, he comenzado ha distinguir una serie de ruidos y voces que me ha llamado la atención. Al principio, me hicieron dudar de si seguir o abortar la misión, pero decidí continuar. Parecía que se trataba de una discusión en alguna de las habitaciones, nada más. Mi sorpresa ha sido cuando he averiguado de que habitación se trataba: los ruidos provenían de la habitación de Miguel. He sentido tanta curiosidad por lo que estaba pasando que no he podido resistirme a pegar la oreja en la puerta. Era como si allí dentro hubiese una batalla campal. Pude distinguir como si alguien estuviese rompiendo todo el mobiliario de la habitación. De repente, los ruidos cesaron y unos lamentos se hicieron oír. Era Miguel. Este comenzó a decir: "Señor, ¿por qué? ¿por qué me has abandonado cuando más te necesito? ¿por qué ya no te revelas ante mi, tu humilde siervo? ¿que estamos haciendo mal? ¿por qué hemos despertado tu cólera hacia nosotros? Dímelo, hazme una revelación y yo enmendaré el error...". Después de esto, Miguel ha estallado a llorar desconsoladamente. Ahora ya no me cabe duda de que hasta él mismo se creé su propia historia. Al menos, si es así y la cosa no cambia, seguirá siendo un simple inofensivo beato. No he querido arriesgarme a escuchar más y he continuado hasta llegar al cuarto trastero. Como yo esperaba, las armas seguían en su sitio y ni siquiera nadie las había tocado. Cogí el rifle semi-automático, llené la mochila con toda la munición que pude y me marché camino a la salida del edificio.

Cuando he abierto la puerta, he visto una silueta prácticamente encima mía que me ha sobresaltado y me ha hecho encañonar mi arma rápidamente. Menos mal que no hice caso a mi instinto y no abrí fuego. Se trataba de Eugenia, la famosa chica que no hablaba. Ésta, al verme apuntándole se ha sobresaltado y ha puesto cara de espanto. Rápidamente he bajado el arma y la he comenzado a tranquilizar. Ésta se ha alejado de mi y se ha acurrucado en una esquina, como si temiera que le hiciese daño. Le he preguntado que hacía sola en el exterior del edificio a esas horas, que no había amanecido y que era peligroso. Obviamente, no contestó. Le dije que se metiera dentro del edificio y, antes de que acabará la frase, corrió hacia el interior. Sin tiempo que perder, me he dirigido hacía el que sería mi vehículo: la Harley-Davidson. Aún conservaba las llaves que me dio Iván antes de su partida. Sabía que poner en marcha la moto en el mismo aparcamiento iba a ser una locura, ya que si las Harleys son conocidas por ser unas motocicletas preciosas, también lo son por su inconfundible y ruidoso rugido, por eso me he alejado del lugar llevando la moto apagada. La he puesto en marcha cuando he calculado estar lo suficientemente alejado. Habría andado un poco más, pero andar este camino en plena oscuridad me ponía cada vez más nervioso. No he parado de pensar que enfrente de mi podía haber un merodeador y no lo iba a ver hasta que lo tuviera mordiéndome el cuello. Cuando metí la llave y la giré, esta arrancó sin problema. Una vez encima, he comprobado que el depositó estaba prácticamente lleno, he acelerado y me he alejado a toda velocidad. Con el viento acariciando mi cara, he recordado la última vez que cogí una motocicleta de este calibre. Como recordaréis, el desenlace no fue nada bueno y todo por mi exceso de confianza al manillar, por lo cual, hoy he conducido de forma prudente y sin excederme en la velocidad. En esta ocasión no me acompaña Thor para sacarme las castañas del fuego.

He permanecido toda la mañana conduciendo y mi primera parada ha sido la gasolinera en la cual Iván encontró la hebilla del Skull Korps. Si me he dirigido aquí ha sido con la esperanza de encontrar alguna pista que me conduzca a donde se ha dirigido Vladimir (por mucho que diga Iván, sigo sin creerme que este vivo) y sus hombres. Averiguando esto, me haría una idea de hacía donde se había dirigido Iván. Llegar a la gasolinera me ha costado varias horas, y por el camino me he encontrado con multitud de merodeadores vagando por la carretera y con alguna pequeña horda que me ha obligado a desviarme. Cuando he llegado a mi destino y después de comprobar que la zona estaba despejada, he comenzado a indagar. He comenzado por el exterior. La zona, aparentemente, estaba igual que el día que llegamos por primera vez. No parecía que nadie hubiese ido después. Me he fijado en todos los detalles y solo algo ha llamado mi atención. Había un charco de aceite de motor y unas pisadas de bota que habían chafado el charco, dejando varias huellas. En seguida he pensado en Iván y las botas que calza, pero luego he recordado que esa clase de botas y similares también las calzara el Skull Korps al completo, por lo tanto, no se si esas pisadas son recientes o posteriores a nuestra visita. Viendo que no encontraba nada, he entrado al comercio de la gasolinera. Aquí, el aire era prácticamente irrespirable. Un pútrido hedor envolvía la sala y era imposible permanecer aquí sin taparse la nariz. A varios metros de la entrada, cerca del mostrador, yacía el cuerpo inerte del merodeador al cual Iván le cogió la hebilla. Este ya era una masa pútrida y purulenta, embadurnada en líquidos pegajosos y de diversos colores parduzcos. Casi vomito cuando he visto que estaba completamente lleno de gusanos y tenía un brazo separado del cuerpo. Por lo visto, las alimañas se habían dado un festín con él. He inspeccionado la sala lo más rápido que he podido, pero no he encontrado nada que me llamé la atención. No, al menos, hasta que me he girado para salir. En la pared y escrito con spray de pintura negra, ponía: "ERIK, CABRONAZO, TE DIJE QUE NO ME BUSCASES. POR SI TE INTERESA, ESTOS PERROS SE FUERON HACIA EL NORTE, DIRECCIÓN TARRAGONA-REUS. NO ME PREGUNTES COMO LO SÉ. IVÁN 18/06/10". Al parecer, esto lo escribió a los siete días de irse. Y como no, sabía que iba a ir en su búsqueda. Mucho ha llovido desde entonces. Si al menos hubiese sido un escrito reciente, podría saber que sigue vivo.

He perdido casi todo el día trazando nuevas rutas en los mapas. Esta pista me ha obligado a cambiar todas las rutas que pensaba tomar y que había trazado días anteriores. Al menos, ya se algo, y es que se ha dirigido en dirección norte, por lo tanto, me toca desandar todo lo andado. Aun me quedan horas de luz, pero creo que no voy a seguir por hoy con el camino. Quiero buscar algún lugar seguro para pasar la noche. Y creo que se donde me voy a dirigir. A la casa de los abuelos. Se que lo que ocurrió durante nuestra estancia allí hizo que se cabrearan bastante con nosotros, por lo cual nos echaron, pero quizás me dejan pasar solo una noche allí y, ya de paso, les informaré de la 'Iglesia del fin de los tiempos'. Quizás, cuando les hablé de que son religiosos como ellos y demás, accedan a ir. La verdad, dejar a esa pareja de ancianos allí, es una espinita que se me ha quedado clavada. Y más después de la metedura de pata que hicimos. Si no me dejan pasar noche en la casa, dormiré en su granero sin que ellos se enteren. Ya comprobamos que esa zona es segura, además, es la mejor opción, ya que tengo que pasar por esa zona de todas formas.

Bueno, os mantendré informados.


- Erik -


martes, 29 de junio de 2010

+ 29-06-10 + Temores confirmados

No me he equivocado. Y no soy ni adivino, ni un profeta, ni un enviado de Dios. Todo lo que me temía y os comente en mi última entrada, se ha cumplido. Después del ataque del día 23 han habido varios acercamientos más de merodeadores. El día 24 fueron dos los que se adentraron en la zona. Aparecieron por la mañana rondando por la entrada del edificio. El día 25 fueron cinco y aparecieron en diferentes intervalos. Dos por la mañana, los cuales nos alertaron mientras desayunábamos, ya que comenzaron a golpear la puerta principal, otros dos al mediodía, mientras trabajábamos en el campo y el último bien entrada la noche. Este se coló por una ventana del vestíbulo y sorprendió a una chica de la comunidad. A Dios gracias, no hemos tenido que lamentar ninguna muerte. Entre el día 26 y 27 contamos al menos quince merodeadores que se acercaron. Viendo el peligro que suponía esto, Miguel suspendió las actividades al aire libre y pidió que toda la comunidad rezase e implorase a Dios que los ataques cesen. Toda la comunidad ha pasado estos días rezando prácticamente sin descanso mientras Miguel y varios miembros más no han parado, capturando a todos estos merodeadores y encerrandolos en la granja de podridos. Como es obvio, nosotros no hemos rezado. Todo lo contrario han hecho Juanca y Esther, los cuales, todo sea dicho, se han alejado de nosotros hasta tal punto que ni siquiera nos miran ni dirigen la palabra. Ayer, día 28, ha sido el peor de todos. Los días anteriores no han sido nada comparados con ayer...

El día amaneció tranquilo. En el exterior no había ni rastro de merodeadores. Todo parecía seguro. Aun así, Miguel pidió que nadie saliese al exterior hasta que él y su séquito se cerciorase de que salir era seguro. Antes de que realizasen dicha tarea, Miguel nos dio una pequeña charla a toda la comunidad en el salón comedor. Resumiendo, lo que dijo fue:

"Hermanos y hermanas, mis peores temores se han confirmado. Cuando sucedió el primer ataque, pensé que Dios había enviado a esos tres reanimados para llevarse a un hermano. Pensé que Dios lo arrebató de esta comunidad por alguna deuda pendiente, por alguna causa que desconozco, el altísimo decidió que no era digno de permanecer en esta comunidad. Pero no. No era así. Después de ese fatídico día, Dios ha seguido enviándonos a huestes de su ejercito divino. Él quiere castigarnos..." Al escuchar estas palabras, la comunidad se ha asombrado y ha comenzado a murmurar. Miguel ha continuado "...quiere hacernos pagar algún error que hemos cometido. No esta de acuerdo de como están funcionando las cosas en la comunidad. No esta de acuerdo con algo. Y ese algo lo desconozco. ¿Por qué lo desconozco? Porque hace más de una semana que no me hace ninguna revelación. Ha dejado de comunicarse conmigo. No me hace entrar en ese trance en el cual él se pone en contacto conmigo. He rezado todo este tiempo, he pasado noches en vela implorándole que me haga una revelación, que me diga cual es el motivo de su enojo. Pero nada. Dios nos ha dado la espalda porque hemos hecho algo mal y, por lo cual, seguiré rogándole que me haga saber para poder enmendarlo. Mientras el altísimo siga castigándonos, os pido, os suplico que no abandonéis la fe. Quizás, todo esto sea una prueba más de las muchas que nos hace superar. Una definitiva para terminar de separar las malas hierbas de las flores puras. Hasta entonces, no temáis, mantener la fe y pedir en vuestras oraciones que el castigo cese y que todo vuelva a ser como antes...".

Cuando ha acabado el discurso, se ha dirigido a la puerta principal seguido de cuatro hombres más ataviados con túnicas. Toda la comunidad ha comenzado a cuchichear. Estaban totalmente horrorizados por la revelación de Miguel. Hasta pude ver a varias mujeres y algún que otro hombre llorar desesperados. Nosotros, alejados y ajenos al barullo, solo nos miramos y comprendimos que estas personas habían estado mucho tiempo alejadas del mundo real, ya que por lo que hoy se estaban alarmando, para nosotros, antes de llegar aquí, era el pan nuestro de cada día. Salimos del salón comedor cuando todos se pusieron de rodillas y comenzaron con uno de sus rezos en comuna. Al salir de la sala, distinguí a Esther entre el populacho, rezando como una más.

Miguel y sus cuatro acompañantes han tardado al menos unos 20 minutos en volver. Casi toda la comunidad estaba en el amplio recibidor en ese momento, los cuales, nada más acabar de rezar, se han concentrado aquí. Miguel, al cruzar la puerta, ha pronunciado en alto con una sonrisa en la boca: "No hay rastro de reanimados. Dios ha perdonado lo que solo él sabe que hicimos mal. Salir en paz. Ya no hay nada que temer". Al escuchar estas palabras, toda la comunidad comenzó a exclamar alabanzas y a abrazarse entre ellos. Nosotros asimilamos estas palabras con más recelo y desconfianza que otra cosa. Miguel cruzó la multitud, la cual comenzaba a salir al exterior, y comenzó a alejarse por el pasillo en dirección a su habitación. Yo me dirigí a mis compañeros, que aguardaban junto a mi. Les dije "Voy a hablar con Miguel. Esta muy equivocado. Que no haya visto merodeadores ahora no quiere decir que no siga existiendo un peligro latente. Debo hablar con él. Quedaros por aquí y, si salís, hacerlo con mil ojos. No os fiéis de la calma que hay ahí fuera". Eduardo asintió al oír mis palabras y, después de darle un beso a Belén, comencé a andar a paso ligero por el pasillo, dirección a la habitación de Miguel. Al llegar a esta, llamé insistente a la puerta hasta que Miguel abrió y me invito a pasar. Una vez dentro y contestando a su pregunta "¿En que puedo ayudarte, Erik?", le dije: "Miguel, te estas equivocando. Que no hayáis visto merodeadores fuera, no quiere decir que no estén merodeando cerca o mucho peor, que se estén acercando hacía aquí. Deberías dar orden de que todos vuelvan al edificio y esperemos al menos un día...". No me dejo acabar. Dijo "Te agradecería que no pronuncies la palabra "ordenar". Aquí nadie ordena. Ni yo, ni tú... nadie. Solo Dios. No somos nadie para tomarnos la libertad de dar ordenes. Sobre lo que me pides, no, no hay ningún peligro. Dios lleva varios días mandándonos a sus huestes, los cuales nos han hostigado desde las primeras luces del alba hasta las últimos rayos de sol. Que esta mañana los reanimados brillen por su ausencia quiere decir que Dios ha cesado de castigarnos. No se que hemos hecho para enojarlo de esa forma, y no dudare en preguntárselo en cuanto se decida a darme una revelación, pero sea lo que sea, es una deuda que ha sido saldada y nos tenemos que tomar todo esto como un aviso. Un aviso para que midamos nuestros actos y aprendamos de que si no seguimos en la senda correcta, Dios nos dará el mismo trato que a cualquier infiel. Doy por zanjado este tema, Erik. Por cierto, quería hablarte de una cosa...". Tras estas palabras, ha abierto un cajón de su escritorio, ha sacado algo y lo ha dejado en la mesa para que yo lo viera. Era una caja del famoso inyectable que cogí de su habitación. Una caja de "Replagal 1 mg/ml". Al ver que dejaba eso sobre la mesa y me preguntaba "¿Sabes lo que es?", el corazón me ha dado un vuelco. He contestado un "No". Miguel ha continuado "No suelo hablar de esto, pero contigo haré una excepción. Toda la comunidad sabe que estoy enfermo. Enfermo crónico. Desde hace muchos años, padezco una grave enfermedad, tan grave como rara. Mira...". En ese momento, Miguel se arremango la túnica y me enseño su brazo. Este estaba lleno de puntos y manchas rojas que recorrían todo el antebrazo hasta donde tenía la túnica arremangada. Continuó "...este solo es uno de los síntomas de mi enfermedad y el más leve. Padezco de fuertes dolores generales, mareos, problemas cardíacos y renales... Llevo años con esto y los médicos me dijeron que esta rara enfermedad la padecería hasta el día de mi muerte. Solo pudieron recetarme este medicamento junto a unas cuantas pastillas más. Todo esto solo consigue aliviarme un poco el dolor y alguno de los otros síntomas, pero nada más. ¿Pero sabes qué? Los médicos olvidaron recetarme el mejor medicamento y la única cura existente para cualquier mal. La fe. Desde que encontré a Dios y a mi mismo, mis síntomas han ido disminuyendo. Los dolores son más leves y, en ocasiones, inexistentes. A pesar de todo esto, sigo tomando el medicamento. Lo sigo haciendo por costumbre, son muchos años administrandome el medicamento, pero muy pronto voy a dejar de tomarlo. En cuanto me sienta preparado, lo haré. Dios me ayuda en todo momento...". En cuanto tuve oportunidad, le pregunté "¿Por qué me cuentas todo esto?". Su respuesta fue "La pregunta es, ¿por qué no debo contártelo? No tengo nada que ocultar. Soy transparente y limpio, como el agua que corre por los ríos. Y tú y los tuyos, aunque no creyentes, mis hermanos, así que me siento obligación de contarte todo esto". Cuando acabo de decirme eso y algo confuso, le dije que me marchaba a realizar mis tareas diarias. Miguel, sonriendo, me dijo que fuera tranquilo, que no había nada más que temer ahí fuera. Ande hacía la puerta, abrí esta y cuando estaba a puto de salir, me dijo "¡Ah! ¡Por cierto! Si encuentras por el edificio una cajetilla de este medicamento, no olvides traérmela. Es que la he perdido". Sorprendido por estas palabras, me giré y lo miré. Seguía con su sonrisa, aun más acentuada. Se había enterado de que yo le había sustraído una caja del inyectable hace unos días y esa era su forma de hacérmelo saber. Nervioso, conteste un "Por supuesto" y salí de la habitación. ¿Como ha podido averiguar que le falta una caja de medicamento? Puede tenerlas contadas, pero, ¿como ha averiguado que soy yo el culpable? ¿Acaso me vio? Imposible. Estaba al otro lado de la puerta en ese momento. Quizás... quizás... Esther ha sido quién se lo ha chivado. Esta opción me cuesta mucho de creer, pero viendo en el estado que estaba después de discutir conmigo y sabiendo que a ella le dije que había cogido ese medicamento de la habitación de Miguel, sin olvidar su reacción, por mucho que me cueste de creer, debo considerarlo como la opción con más peso, al menos, por el momento. Si confirmo que ha sido ella quién ha ido corriendo a Miguel para delatarme, me sentiré muy decepcionado y muy difícilmente serán con ella las cosas como lo han sido hasta ahora. Es más, yo mismo la dejaré atrás cuando llegue el momento de marcharnos de aquí. Espero que me este equivocando. Por el momento voy a seguir sin contar mis sospechas a los demás miembros del grupo.

Bien. El plato fuerte viene ahora. No había llegado al final del pasillo cuando un grito procedente del exterior me sobresalto. Alarmado, me aupé en el ventanal de la pared y miré que ocurría. Desde esta perspectiva podía ver todo el campo y los alrededores. Y no era lo único que podía ver. Ya en el primer campo y cubriendo toda mi perspectiva del horizonte, había una inmensa horda de merodeadores, una colosal muchedumbre de incontables andantes desmembrados marchando hacía un objetivo: los miembros de la comunidad que permanecía allí, atónitos y asustados. Algunos corrían hacía el edificio aunque la gran mayoría estaba allí petrificada. No perdí más tiempo y corrí por el pasillo hacía la puerta de salida. Cuando llegué a esta, la abrí prácticamente de un golpeé y de un salto me planté en el exterior. Desde aquí, la visión fue más aterradora aun. Muchos miembros de la comunidad se habían postrado de rodillas y habían comenzado a realizar su inútil acto de rezar. Lo que me hizo reaccionar fue cuando vi que cuatro merodeadores se abalanzaron sobre un hombre que estaba de rodillas y, entre gritos y chorretones de sangre, comenzaron a devorarlo. Esto me hizo correr hacía la gente e instigarlos a entrar al edificio. Eduardo y Belén salieron a mi encuentro. Ambos estaban exhaustos. Sin tiempo que perder, les pedí que fueran a por las armas mientras yo convencía a la gente de que entrara al edificio y mantenía a raya a los merodeadores. En ese momento no pensé que eso último era prácticamente imposible, porque eran tantos como hacía tiempo que no veía. Un centenar al menos. Mientras levantaba a estirones a dos mujeres y les gritaba que se escondieran, vi como varios merodeadores se abalanzaban sobre dos hombres y otros tres andantes fijaban sus ojos en mi. Cogí una azada del suelo y se la incruste en el pecho al que tenía más cerca. Este, con la azada clavada en el pecho, vacilo unos pasos pero siguió en pie. Retrocedí corriendo y seguí levantando a los ignorantes que allí permanecían. Algunos, al escucharme, reaccionaban y huían hacía el edificio, otros volvían a clavar sus rodillas en el suelo y me ignoraban. Hasta uno me empujó y me dijo "¡Déjame, infiel!" momentos antes de ser devorado por cinco merodeadores. Mientras estos lo desmembraban, él gritaba "¡Dios! ¡Dios! ¡Apiádate de mi! ¡Apiádate!". Siento pena por él... Su fanatismo lo ha llevado a la tumba. Eduardo y Belén no tardaron en volver a aparecer, ¡pero sin las armas!. Cuando les dije que donde estaban las armas, una voz a mi espalda me respondió: "No lo he permitido yo. No vais a utilizar las armas. Ir al edificio. ¡Que todos se refugien en el edificio! Yo soy el único en la tierra que puede frenarlos". Era Miguel. Ver a ese regordete entrado en años decir eso fue casi gracioso. No perdimos tiempo y corrimos hacia el edificio. No fuimos los únicos, todos los miembros de la comunidad que habían escapado de los merodeadores y antes rezaban, ahora obedecían a Miguel. Cuando nosotros tres llegamos a la puerta fuimos quienes dirigimos ordenadamente a la marea de personas al interior. A lo lejos, entre la horda, pude ver a Miguel. Este, invisible a los ojos de los merodeadores, como siempre, los cogía y a empujones lo movía en dirección a la granja de podridos. En ese instante pensé que si él solo tenía que cogerlos uno a uno y meterlos allí, iba a tardar todo el día. Y así fue. Pasaron varias horas y mientras toda la horda se agolpaba en la puerta, Miguel los cogía de dos en dos y se los iba llevando. Mientras, toda la comunidad y nosotros permanecíamos en el recibidor del edificio, viendo a los merodeadores agolpando sus podridos cuerpos contra el gordo cristal de las puertas. Por suerte, el cristal de las puertas, las cuales habíamos cerrado con llave y parapetado con sillas y muebles, parecía aguantar. No podía quedarme de brazos cruzados, y si no nos estaba permitido acabar con los merodeadores, alguna forma habría de ayudar. Le pregunté a un hombre de túnica que había a mi lado que donde estaban los palos de lazo que utilizaban para inmovilizar a los merodeadores. Este me dijo que lo siguiera, que me llevaba a la habitación donde se guardaban. Belén intento detenerme, ya que en seguida se imagino que se me estaba pasando por la cabeza. Le dije que estuviera tranquila, que sabía lo que me hacía y que no me iba a pasar nada. Me dejo ir, pero se quedo bastante preocupada y enfadada por mi decisión. Eduardo insistió en acompañarme. Era de esperar.

Cuando llegamos a la habitación, nos hicimos con dos palos de estos y Eduardo y yo salimos al exterior por una ventana que daba al patio trasero. Cuando llegamos a donde se concentraba la horda, estos no se percataron de nuestra presencia. Estaban demasiado obcecados con entrar al interior del edificio. Algunos de la última fila si que repararon en nosotros, pero en seguida los lazamos por el cuello y comenzamos a arrastrarlos camino a la jaula. Miguel, al vernos, nos dijo que nos marcháramos al edificio. No le hicimos caso y continuamos ayudandole. Se le notaba exhausto. Solo pudimos ayudarle durante poco más de media hora, ya que cada vez eran más los que reparaban en nuestra presencia y la cosa comenzó a ponerse fea. A pesar de que llevamos a bastantes a la jaula, aun seguían quedando un gran número. Miguel terminó la tarea al anochecer. Por esa hora, ya había encarcelado a todos los merodeadores y no quedaba ninguno. Ahora, la granja contenía una verdadera horda que había duplicado su número en cuestión de horas. Miguel, antes de marcharse a su habitación, pronunció unas palabras a toda la comunidad, la cual permanecía a la espera de que su líder hablase. Este dijo con voz entrecortada por el cansancio "Me he equivocado. Dios sigue enojado con nosotros. Y cada día parece estarlo más. O averiguo el motivo de porque nos castiga o su ejército terminara acabando con nosotros. Lo de estos días solo ha sido un aviso. Pedir en vuestras oraciones que todo esto acabe". Acto seguido, se alejo lentamente por el pasillo mientras toda la comunidad murmuraba horrorizada.

Tal como predije, los ataques anteriores fueron un aviso de lo que hoy ha ocurrido. Y no descarto que en próximos días se vuelvan a repetir nuevos y peores ataques. Así que las cosas se están poniendo bastante feas. Los días tranquilos han terminado, ya que por cualquier razón, los merodeadores comienzan a saber que aquí se esconde una gran cantidad de "comida" fácil. He hablado con Eduardo y hemos llegado a la conclusión que permanecer aquí comienza a ser arriesgado, ya que el lugar ha dejado de ser seguro. Pero por el contrario, no nos podemos marchar, ya que Iván sigue sin volver. Así que solo hay una solución. En contra de lo que le dije a Iván, voy a salir a buscarlo en los próximos días. Se que sigue vivo y no nos podemos marchar sin antes localizarlo y hacerle saber nuestra intención de retomar el camino a Reus. Estos días voy a comenzar a trazar en el mapa las rutas que voy a tomar y donde lo voy a buscar. En el caso que no lo encuentre, volveré y comenzaremos los preparativos para marcharnos de aquí. Y pienso ir a buscar a Iván solo. No voy a arrastrar a nadie conmigo.


- Erik -